Capítulo 6

1645 Palabras
Astlyr Conseguir un vestido y un antifaz no fue muy difícil. Cuando fui a casa a buscar mis cosas, tomé el dinero que alcancé a juntar de mi trabajo y había gastado muy poco de él en aquel tiempo. Mis necesidades se redujeron bastante siendo una Canníbel. Lo que necesitaba principalmente era alimentarme y no lo hacía de la misma forma que los humanos. Cuando me encontraba lúcida, se me revolvía el estómago al pensar en ello. Pero estando cerca de tantas personas, era difícil no verme tentada por las ideas que cruzaban mi mente. Tal como sucedía en ese preciso momento. Me encontraba a escasos metros de la entrada del lugar, con un vestido n***o que llegaba algunos centímetros más arriba de mis rodillas, ceñido en la cintura y más holgado en la falda. Las mangas eran largas, pero también un poco desahogadas y con transparencias. Era descubierto en la parte de la espalda, con un escote trasero que terminaba casi en mis caderas. Mi largo cabello rojo caía como una cascada detrás de mi espalda, mientras que el antifaz n***o con sutiles detalles plateados cubría la mitad de mi rostro, acompañado por el maquillaje oscuro en los ojos y los labios pintados de rojo. También llevaba unas sandalias altas. Había puesto esmero en mi atuendo de esa noche y suponía que eso había de debérselo a mi nueva vida. Había algo en mí que también cambió y que, también había de suponer, se debía a la naturaleza de los Canníbels. Nunca antes quise explotar mi sensualidad de ninguna manera, pero siendo una Canníbel me descubrí más desinhibida en muchos aspectos. Al menos, la antigua Astlyr jamás habría hecho lo que yo estaba a punto de hacer en aquel momento. Caminé con decisión directo hacia la entrada del local, siendo consciente de que llamaba la atención de muchos de los que aún hacían fila para entrar, pero ignorándolos campalmente. Mis ojos estaban fijos en uno de los dos hombres que custodiaban la entrada, eran ellos quienes recibían las entradas y permitían el paso. Por supuesto, yo no tenía una. Pero eso no era ningún impedimento para mí. Al llegar a donde él estaba, me di cuenta de cómo sus ojos realizaron un breve recorrido por mi cuerpo y también percibí cómo el ritmo de su pulso cambiaba, delatando sus pensamientos. Debía ser un par de años mayor que yo, solamente. —Señorita —murmuró. —Hola —dije, elevando el rostro en un quedo asentimiento—. Quiero entrar, pero no alcancé a comprar entradas. Él levantó las cejas en un movimiento muy débil. —Bueno..., se necesitan entradas para poder permitir el paso y... —Así que, ¿me vas a dejar aquí afuera? —pregunté, ladeando el rostro. Luego guardé un mechón de cabello detrás de mi oreja—. No creerías el tiempo que pasé arreglándome para lucir así. —Y te ves impresionante —respondió él, antes de tartamudear, nervioso—. Q-Quiero decir... Solté un corto bufido, en compañía de una sonrisa. Entonces, no dudé en acercarme a él y colocar una mano en su hombro, para hablarle cerca del oído. —Gracias —susurré—. Pero solo me halagarás realmente, si me dejas entrar. Me separé de él después solo un poco, mirándolo a los ojos y deleitándome de la fuerza con la que su corazón latía. Yo lo provoqué. «Y, qué bien debía saber.» Estaba atontado, hipnotizado por la misteriosa mirada que se escondía bajo mi antifaz, por mi dulce aroma y mi belleza. Era una presa fácil de atrapar. Pero no era mi objetivo esa noche. Con pequeños asentimientos, el hombre tragó pesadamente y esbozó una sonrisa; como si creyera que me gustaba, o me interesaba. Entonces, se hizo a un lado y me dejó pasar. —Gracias —expresé, con voz seductora—. Nunca olvido un favor, ¿sabes? —Y yo nunca olvido unos ojos tan hermosos como los tuyos —confesó él, haciéndome reír. Pero lo que me causó gracia no fue su halago, sino su ingenuidad. Me despedí de él con una enigmática sonrisa y entonces me adentré en el local. «Idiota», pensé. A mí ningún hombre me interesaba, más allá de que pudiera convertirlos en mis presas. Algunos habían caído así, con palabras coquetas, roces y miradas. Pero ni siquiera llegaba a besarlos. La sola idea me producía asco. No estaba en mis planes tener encuentros románticos de ninguna clase con ningún hombre. Para mí, eso había muerto. La chica que quería eso, murió en la cabaña. Aquella Astlyr que ahora se mezclaban entre la gente, convirtiéndose en una sombra fugaz, la cual se escabullía entre las personas bailando y la música, era otra. Y estaba luchando contra ella. No era nada sencillo estar ahí, entre tantas personas, percibiendo el aroma de sus pieles, escuchando los latidos de sus corazones aún por encima del ruido que causaba la música, y tener que controlarme. Me detuve un momento a la mitad del espacio y miré a todas aquellas personas; todos con los rostros cubiertos a la mitad por los antifaces, bailando, riéndose, bebiendo, tocándose o besándose. Cada uno de ellos siendo humanos, ignorando que estaban tan cerca de un letal peligro. Cerré los ojos por un instante y respiré hondo. «No estás aquí por ellos, Astlyr», me dije a mí misma. Mi razón de estar ahí tenía nombre y apellido: Kalen Solheim. Sabía que iría ahí a buscar nuevas víctimas. Necesitaba encontrarlo y lo haría. No había visto a ese maldito desde que me hirió y tenía una deuda qué saldar con él. No me iría hasta tenerlo cara a cara.   ✷✷✷    Benjamin Aún no entendía cómo fue que terminé accediendo a los caprichos de Eir. De verdad, ese empeño suyo eso de ir a una fiesta en el pueblo, cuando ni siquiera éramos bien recibidos ahí, era absurdo. Cuando llegamos al club, de inmediato nos convertimos en el foco de las miradas. No había un solo par de ojos que no se fijara en nosotros tres. Siempre era igual; miradas indiscretas, otras recelosas y algunas que eran... Diferentes. Algunas de las mujeres que se encontraban en la fila para entrar, nos miraban a Holmes y a mí con curiosidad y deseo. Podía percibirlo en el brillo sutil que aparecía en sus ojos y la forma en la que sus corazones latían. Pero yo no estaba interesado en lo más mínimo. Solo había una mujer en mi mente. Y me recriminaba estar ahí perdiendo el tiempo, en lugar de salir de Vantellier a buscarla. Tampoco me agradaba la idea de haber dejado a Agathe en el castillo, con todas las cosas que se le cruzaban por la mente. No quería darle ninguna oportunidad de hacer algo en contra de Astlyr. —¿Puedes quitar ya esa cara larga? —Me preguntó Eir, mientras acomodaba su cabello. Sus ojos celestes me miraban con apremio bajo su antifaz n***o. —Lo haré cuando regresemos —respondí. —Entonces, me temo que aún falta un buen rato para eso, porque apenas estamos llegando —dijo ella, esquinando una sonrisa. Después, giró sobre sus zapatos altos y comenzó a caminar hacia la entrada, no dejándonos otra opción a Holmes y a mí, que seguirla. Giré la mirada hacia el castaño a mi lado y él apoyó una mano sobre mi hombro, ofreciéndome una condescendiente sonrisa. —Solo será un rato, ¿sí? Concédele eso —Me pidió—. Hace mucho que Eir no sale a divertirse. —Creo que su idea de diversión y la mía son bastante diferentes —expresé, por lo bajo. Holmes negó con la cabeza, mientras sonreía. —Cuando menos lo pienses, estaremos de regreso —Volvió a palmear mi hombro—. Vamos. Levanté las cejas con cierto desdén y me decidí a caminar hacia donde Eir había ido. No tuvimos que hacer fila y la razón fue simple. Cuando el guardia se hizo a un lado para que entráramos, vi a su compañero guardarse en el bolsillo un fajo grande de billetes. La música adentro me atormentaba. Eso era algo a lo que, tal vez, nunca terminaría de acostumbrarme sobre las nuevas generaciones. Tenían que escuchar la música como si quisieran reventarse los oídos, con esas melodías tan escandalosas y que, para mí, no tenían ritmo. No entendía qué era lo que le veían de bueno. «Tal vez, no era más que un viejo amargado.» Eir, Holmes y yo nos detuvimos a algunos pasos de la entrada. Mi rostro se mantenía rígido y cabal, mientras observaba a ese grupo de personas ebrias bailando y saltando, algunos besándose en los rincones oscuros y otros apenas logrando sostenerse. —Necesito un trago —mascullé. Sin esperar respuesta alguna de Holmes o de Eir, me acerqué directo a la barra y pedí un vaso con ron. Luego de pagarle al hombre que atendía, tomé el vaso y me lo acabé de un trago. Sabía que era incapaz de embriagarme, pero necesitaba algo con lo qué distraerme mientras esa noche infernal se terminaba. Así que, pedí otro. Cuando me la sirvieron, me di la vuelta para observar la pista de baile y noté que Eir se había llevado a Holmes a bailar. Esta vez, le di un trago más pequeño a mi bebida y seguí mirando a la gente que estaba ahí. Fue cuando lo noté. Era diferente entre tantas personas; una larga melena roja cayendo en ondas por una espalda descubierta, inmaculada, que se contrastaba con aquel vestido n***o. Dejé el vaso sobre la barra y tragué pesado, sin poder apartar los ojos de aquella figura que se encontraba de espaldas a mí, atrayendo mi mirada como si fuese un imán. Sentí que mi corazón se detenía por un segundo y mi garganta se secó. «¿Astlyr...?»
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