Eir Me sentía extremadamente mal por lo que estaba pasando. «Y, ¿lo peor? Quizá, que no lo podía hablar con nadie.» La culpabilidad me carcomía hasta los huesos, pues intuía que el interés de la Máverus en Astlyr se debía precisamente a que ella no era como ninguno de nosotros. Imaginaba que existía algún tipo de conexión en ello, pero eso era algo que, simplemente, yo no podía revelar. Era una verdad que no me correspondía a mí, pero que me había pesado durante muchos años. Conocí a Stellan en el año 1526. Vivíamos en Noruega en aquel tiempo, llevábamos un par de meses asentados en el pueblo de Tønsberg cuando, en uno de mis paseos, vi a aquel chico de cabello rubio sentado en la orilla de la costa, completamente solo. A simple vista, pude notar lo triste que estaba. Y, cuando empezam

