Al llegar al lugar un nudo de melancolía me inundó, tenía la ligera sensación de haber vivido en esta casa, de haber corrido por el enorme jardín junto a mis hermanos mayores, pero por más que lo intente ningún recuerdo pudo llegar.
El auto se frenó en la entrada y todos bajamos, un hombre, algo viejo, salió de la casa y se acercó a donde nos encontrábamos, yo aún sostenía a la soldado.
—¿La número tres está herida?— miró al pelinegro.
—Lo siento, señor. Ella quiso arriesgarse— el pelinegro susurró agachando la cabeza.
—Ya no importa— me miró, ahora a mi. —¿Tu eres la pequeña Moira?— su rostro se alegró.
—¿Quién es usted?— pregunté confundida.
—Soy tu padre— sus ojos se le llenaron de lágrimas.
Me quede parada en mi lugar sin comprender aún el asunto. El hombre se giró y comenzó a caminar, ordenó que alguien ayudara a la soldado y que me acomodaran en una de las habitaciones.
No iba a dejar sola a la soldado en primer punto, en segundo punto aún no confiaba en esas personas y tercer punto no seguiría a nadie a ningún sitio.
Trate de entrar a la mente del hombre y de los demás que me rodeaban, pero no pude hacerlo. Ellos eran como la soldado así que no seguí intentando.
Llegamos hasta una enorme habitación, el hombre la abrió y entró —Aquí será tu nueva habitación— me miró.
Asentí y lleve a la soldado hasta la cama, la recosté y dejé que se mejorara. Un hombre más entró a la habitación y se acercó a donde la soldado se encontraba y comenzó a revisarla.
—Ella ya se encuentra mejor, señor— habló el hombre —Sus heridas están sanando rápidamente y en poco tiempo estará como nueva, no sé qué es lo que pase en su cuerpo.
En efecto ella se encontraba mucho mejor, gracias a que le obsequié un poco de mi energía. Eso era parte de mi poder, yo podía dar energía a los demás para sanar heridas.
El médico se giró y salió de la habitación, luego, el hombre que decía ser mi padre se acercó a mi —Ven conmigo— pidió, pero yo me negué.
Me senté en la silla junto a la cama y no me despegué de ahí, quería estar al pendiente de la soldado. Entonces no me moví de ahí hasta que me dio sueño. Me acomode en la silla y ahí dormí hasta el día siguiente.
A la mañana siguiente me despertó el toquido de la puerta —¿Señorita?— una mujer llamó a la puerta —El jefe pide que baje a desayunar— su voz se escuchaba con un poco de miedo.
Al abrir los ojos lo primero que hice fue ver a la soldado, ella aún dormía así que me puse de pie y camine hacia la puerta, la abrí y tuve que desviar mi mirada hacia abajo ya que la mujer era demasiado baja.
—Guíame hasta ahí— salí de la habitación y cerré la puerta. La mujer asintió y caminó delante mío.
Caminamos hasta llegar al comedor, ahí se encontraban sentados el hombre viejo, el chico de lentes, la castaña, el pelinegro y el chico alto. También estaba otro chico al cual no había visto antes, este tenía los ojos claros y el cabello ondulado.
Otra mujer me sirvió el desayuno, eran unos panqueques de chocolate, un vaso de leche y un pequeño plato de fresas y otro más de sandía.
Comencé a comer, ya que no había comido desde hace varias horas y moría de hambre. Al término del desayuno me puse de pie y volví a la habitación, esto era algo raro ya que por lo general jamás salía de mi habitación y prácticamente todo lo hacía ahí dentro.
Una vez estando en la habitación vi que la soldado ya se encontraba despierta —Al fin despiertas— camine rápidamente hasta llegar a donde ella se encontraba.
—¿Qué pasó?— preguntó intentando levantarse.
La detuve —No te levantes, tus heridas aún no sanan por completo— dije y me senté en la silla que estaba al lado —¿Cómo te sientes ahora?— pregunte mirándola.
—Con dolor— se tocó el abdomen.
Examine su herida con mi poder y vi que aún no sanaba, no podía darle más de mi energía ya que me agotaría y quedaríamos indefensas.
—Me alegro que ya estés mejor— sonreí.
—¿Donde está el señor George?— preguntó.
—¿Quién es él?— la mire confundida.
—Tu padre.
—¿Él?— mire hacia otra dirección—No lo sé, no he podido entrar a su mente— susurré.
—No importa, después hablaré con él— sonrió.
—Yo no sé qué hacer ahora— volví a susurrar.
Había salido de mi rutina y aquí en esta habitación no había un ajedrez, tampoco había libros para leer ¿Qué haría entonces?
—Puedes decirle a Olivia que te lleve a la biblioteca.
—¿Hay una biblioteca aquí?— pregunte. Una vez leí que en las bibliotecas hay todo tipo de libros y que es un lugar enorme.
La soldado asintió —Así es— habló feliz —Esta casa es muy grande y hay de todo.
—¿Quién es Olivia?
—La mucama, la mujer de cabello canoso.
—Ah, la mujer que me llamo por la mañana— recordé el rostro de la mujer. Me puse de pie y me giré en dirección a la puerta —Ahora vuelvo, iré por un libro— camine feliz y salí de la habitación.
Luego comencé a buscar a la mujer, me fue difícil ya que no pude entrar a la mente de las personas que estaban en la casa. Baje al primer piso, ahí se encontraba el hombre que era mi padre, al lado de él estaba el chico que vi por la mañana y al frente suyo se encontraba el hombre que condujo el auto hasta aquí.
Me acerqué a ellos y toqué el hombro de mi padre —Oh, mi hija querida ¿Qué ocurre?
—Quiero saber la ubicación exacta de la mujer llamada Olivia— hable un poco apenada.
—En este momento se encuentra en la cocina platicando con Isabella, o tal vez en el jardín junto a Robert, no lo sé— respondió el chofer —Comienza buscándola por la cocina, sino está ahí ve al jardín.
Asentí y con una sonrisa me fui. Busque la cocina, valla que este lugar era enorme y fácilmente te perdías.
Una vez estando en la cocina vi a la mujer vieja al lado de otra más joven, ambas reían y cuando me vieron entrar dejaron de reír y se acomodaron en su lugar.
—¿Qué se le ofrece, señorita?— preguntó la cocinera.
—Quiero que la mujer llamada Olivia me lleve a la biblioteca.
La mujer más vieja tragó saliva, miró a la cocinera y caminó lentamente. —Sígame— caminó delante mío y comenzó a llevarme hasta el otro lado de la casa, al lugar más apartado.
Llegamos a la última habitación, la mujer abrió la puerta y ambas entramos.
Yo sabía que las bibliotecas eran un mundo de ensueño, que no eran reales, pero lo eran y mis ojos miraban una ahora mismo. Me puse feliz, una enorme sonrisa se formó en mis labios y corrí a ver todos los libros que ahí estaban.