Se da vuelta, acomoda su cabeza en mi pecho y su pierna derecha sobre mis piernas. No podría estar así con otra mujer. Ella se ha ganado esto a pulso. Merece todos mis malditas noches. Recorro mi mano por su cara. La beso. Ella hace una mueca graciosa y abre los ojos. Sube su pierna derecha hasta que la coloca sobre mi sexo y hace presión. —¿Qué hora es? —pregunta. —Las ocho —le digo al mirar la pantalla de mi móvil. Se levanta como un resorte de la cama. —No jodas —comenta—. Voy tarde. La tomo de la mano y vuelvo a tirarla a la cama. —Y si no quiero que te levantes de esta cama —digo contra su boca. Ella continua el beso. —Lo siento —se vuelve a levantar—, pero tengo que trabajar. —Puedes trabajar aquí —le digo con una sonrisa. Se cuánto efecto causa en ella que yo sonría,

