"Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha!Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada ¡Eterno resplandor de la mente inmaculada! Cada rezo aceptado, cada deseo vencido." Alexander Pope.
Stefi era muy pequeña cuando vió por primera vez en su vida al que se convertiría en el esposo de su tía Sofía, Gian Marco lorenzetti.
Su tía lo había conocido por amigos en común y al poco tiempo habían comenzado a salir formalmente.
En ese momento Stefi estaba de vacaciones del internado, en su casa en una isla de Grecia junto a sus padres cuando su tía que tenía solo 18 años trajo con ella a este muchacho que a simple vista deslumbró completamente Stefi.
Marco, como luego se enteraría de que le gustaba que lo nombren, era un italiano de cabello castaño oscuro con unos reflejos naturales dorados, sus ojos eran castaños también pero del color de una nuez y su cuerpo era el de un dios griego, de hecho las facciones de su cara parecían haber sido talladas por los propios dioses.
— Mi hija parece haberse quedado flechada con tu novio — le dijo riendo, su padre Stavros Stakis a su hermana Sofía.
Ella no podía evitar sentirse deslumbrada por el joven y atractivo italiano de cabello y ojos oscuros.
La primera vez que se acercó a él directamente , sin ningún tipo de disimulo, fue a sentarse en sus rodillas.
— Hola. Yo soy Stefanía. Aunque todos me dicen Stefi — le dijo con su voz cantarina la niña gordita de cabello oscuro enrulado.
El sonrío por el atrevimiento de la niña regordeta y le contestó;
—Hola. Yo soy Gian Marco, pero todo el mundo me dice Marco, y soy el novio de tu tía Sofía.
La niña lo miró de costado y luego hizo algo, lo cual le causó aún más gracia a Marco.
— ¿Tienes historias de Grecia para contarme? — hizo una pausa y agregó — Porque mí abuelo me las cuenta...
Justamente Marco tenía pasión por la mitología griega.
En este momento Aristóteles pasó al lado del sofá por dónde estaban sentados su nieta predilecta, la única que tenía hasta ese momento, y su futuro yerno (un joven de familia adinerada italiana que él aprobaba completamente pues estaba realmente obnubilado por su joven hija Sofía).
— Te aviso que si empiezas a contarle una historia no te soltara jamás — le advirtió con gracia.
— Está bien no hay problema me gusta contar historias— le contestó Marco a su suegro.
La mansión de los Stakis en Grecia, se ubicaba en el Golfo Sarónico puntualmente en la isla Spetses. Era una mansión deslumbrante llamada "El Olimpo". La casa donde solían veranear o pasar sus vacaciones los Stakis.
Aunque Aristóteles, ateniense nacido y criado, tenía una mansión en la zona más exclusiva de Atenas. A pesar de tener otras casas en el mundo por ejemplo su mansión de Inglaterra, su Castillo en Francia y una casa en las afueras de Roma, Aristóteles se negaba a salir permanente de Atenas. Era su alma mater. Y lo más lejos que elegía ir para quedarse un largo tiempo era El Olimpo.
Aristóteles había sido el único hijo de una viuda que tenía un pequeño restaurante en Atenas y desde muy pequeño fue un niño muy curioso.
Al principio iba al puerto a jugar o hacer boberías de niño, y fue luego que empezó a trabajar allí. Así fue inmiscuyéndose en el negocio portuario y empezó con un pequeño barco hasta formar una increíble flota naviera que en ese momento era una de las más grandes de Grecia.
Pero él no se quedó allí . Siguió con negocios petroleros, medios de comunicación, una compañía química y también le gustaban los caballos. Cuando se decidía a dejar El Olimpo o su casa en Atenas, era solo cuándo en Inglaterra había algún torneo de polo. De hecho tenía un *haras allí y todo.
Fue justamente en Inglaterra, en un cóctel para gente de la alta sociedad, donde conoció Marco a la joven Sofía. Sofía al igual que su madre, la rusa Ekaterina Pavlova, era rubia y de ojos turquesas , de facciones hermosas y perfectas que denotaban su ascendencia eslava.
Por otro lado el joven Stavros, el mayor de los hermanos, era más parecido a su padre y menos agraciado al igual que este...sin embargo era un hombre muy carismático igual que su padre también, por eso pudo conquistar a la joven Evangelina Fernández una española muy bella de familia de mucho dinero.
Y contrario a lo que podía llegar a pensar la gente Evangelina estaba realmente enamorada de su marido, más allá de su posición social y económica. Su matrimonio era un matrimonio por amor.
Y esto podía verse reflejado en la joven Stefanía que era una niña muy feliz. Excepto cuando tenía que volver al internado qué no le gustaba para nada. Solía decir que las niñas no eran buenas con ella y solo se había hecho de una sola amiga allí.
La joven Stefi estaba esperando con sus ojos oscuros muy abiertos a que su nuevo tío le contara una historia
Marco, cómo vió la mirada expectante de la niña y no quiso decepcionarla ni caerle mal a su futura familia ya que estaba completamente enamorado de Sofía y dispuesto a casarse lo antes posible, empezó a contarle una historia tal y como quería la niña.
— Así que , ¿ qué sabes de la mitología griega? — dijo él haciéndose el misterioso.
— El abuelo a veces me cuenta — le dijo ella con una voz animada. — Nuestra casa se llama 'El Olimpo', como el lugar dónde viven los dioses — le respondió con su vocesita inocente.
— Hace muchos muchos pero muchos años existió una diosa, hija de Zeus y hermana de Apolo. Ella se llamaba Artemisa. Era una gran cazadora aunque también a veces vengaba a las sacerdotisas que habían sido ultrajadas.
Stefi no preguntó que era una sacerdotisa, ni Zeus o Apolo, porque ya lo sabía pero...
— ¿ Qué es un ultraje ? — le preguntó la niña con su tierna voz.
Marco lamentó haberse puesto él solo en ese incordio. El abuelo de la niña, aunque a unos metros, estaba atento. Él se percató de eso.
— A ver, un ultraje es cuando alguien le hace a otra persona algo muy muy malo— le contestó finalmente luego de meditarlo por un momento.
— ¿ Entonces era como una especie de vengadora? — le dijo la niña entusiasmada.
El sonrió ante la actitud de la jovencita.
—Podría decirse que sí...aunque más que vengadora ella era una diosa muy conectada con la naturaleza y le decían la cazadora... pero si a veces cometía actos de venganza.— admitió él.
— Cuando sea grande, me vengaré de los malvados, seré una caza-malos como Artemisa — dijo ella con la pasión e ingenuidad de sus 8 años, sin saber que esas palabras terminarían sellando su destino.