CAPÍTULO VEINTIUNO Oliver se movió. Notaba golpes en la cabeza. Con un gemido, abrió los ojos. Descubrió que estaba tumbado en las habitaciones contiguas al taller escondido de Leonardo da Vinci. Estaba en el mismo sofá en el que sus amigos habían estado durmiendo por turnos y alguien se había preocupado de taparlo con una manta de lana áspera. Se incorporó y miró a su alrededor, parpadeando. La habitación estaba oscura. Una vela pequeña ardía sobre la chimenea. A través de la ventanita que había por encima de su cabeza, Oliver vio que el cielo se había vuelto n***o como la boca del lobo. Unas estrellitas blancas brillaban a lo lejos. Con la cabeza dándole vueltas como si estuviera en un mar especialmente picado, Oliver se levantó. La manta resbaló de su regazo al suelo mientras él se

