Charlas, cenas y más (1era. Parte)

2084 Palabras
Tres días después New York Joane A lo largo de nuestra vida escuchamos toda clase de disparates y aciertos, desde consejos bienintencionados hasta ideas que rayan en lo absurdo. Hay momentos en que las palabras de alguien nos dejan tan sorprendidos que no sabemos si reír, llorar, o simplemente asumir que estamos atrapados en una broma pesada o una pesadilla. Sin embargo, lo complicado no está en lo que escuchamos, sino en lo que decidimos hacer con ello. Tal vez optemos por ignorarlo, como si no hubiera sucedido, esperando que el tiempo lo borre. Pero otras veces, en un arrebato de coraje, nos lanzamos de lleno hacia lo desconocido, con el corazón acelerado y la incertidumbre como compañía. Lo único que queda es aferrarnos a la esperanza de sobrevivir al salto, de aprender algo en el camino o, al menos, de no arrepentirnos demasiado. Lo curioso es que a menudo cambian nuestra vida de formas que no podríamos imaginar. Porque, al final, no importa si lo que escuchamos era un disparate o una verdad incómoda: lo que realmente define quiénes somos es cómo elegimos enfrentarlo. En lo personal, he escuchado un montón de estupideces en mi vida. Cosas tan descabelladas que ya nada debería sorprenderme. Pero admito que, por primera vez, una propuesta lograba dejarme sin palabras. Del mayor idiota que conozco, nada menos. Ahí estaba Dexter, con esa sonrisa descarada que casi me retaba a no tomarlo en serio, proponiéndome ser su novia falsa a cambio de unos cuantos consejos para encontrar a alguien decente. Por un instante, no sabía si reírme en su cara o lanzarle el café que estaba sosteniendo. ¿Era en serio? Observé su rostro con recelo, buscando alguna señal de que esto era una broma, algo que me permitiera recuperar mi sentido común. Pero no, allí estaba el descarado, mirándome con esos ojos verdes en los que, por un segundo, me pareció ver algo más. ¿Tristeza, quizás? Aunque tal vez era solo mi imaginación jugándome una mala pasada. Respiré hondo y dejé la taza sobre la encimera con un leve golpe antes de cruzarme de brazos. El silencio se alargaba entre nosotros, pero él parecía disfrutarlo, como si supiera que, al final, iba a morder el anzuelo. —Dexter, antes de darte una respuesta a tu brillante idea, quiero saber algunas cosas —comencé, dejando que el sarcasmo impregnara cada palabra—. Para empezar, ¿no sería más fácil pedirle a alguna de tus amiguitas que se haga pasar por tu novia? ¿O, mejor aún, dejar de ser un vago y trabajar como cualquier persona responsable para que tu papá te deje en paz? ¿No te parece más lógico? Lo vi apretar los labios antes de soltar un suspiro exagerado, como si cargar con mi sentido común fuera una tortura para él. Se recargó contra la mesa, mirándome con ese aire de ¿por qué me haces esto? que me sacaba de quicio. —¿Por qué me deseas el mal? ¿Qué te hice? —soltó al fin, poniendo los ojos en blanco antes de continuar—. No es una opción pedirle eso a cualquier mujer. Podría confundirse y creer que en serio tenemos una relación. En cambio, tú… —me señaló con un gesto teatral—, tú me aborreces. Contigo no corro el riesgo de que esto se vuelva real. Ni que te enamores de mí, por supuesto. —Su sonrisa era tan descarada que me dieron ganas de golpearlo—. Y sobre mi padre… hay cosas que no entenderías. Créeme, no le bastaría lo que propones. ¿Satisfecha ahora? Lo miré de reojo, buscando algún resquicio de sinceridad en sus palabras, aunque no del todo convencida. Me mordí el labio antes de contestar. —No del todo —respondí, y su ceja arqueada me dejó claro que no esperaba menos de mí—. Igual, si vamos a hacer esto, pongamos algunas reglas. En las citas dobles quiero opiniones sinceras y objetivas. Nada de burlas ni sarcasmos. Tampoco puedes plantarme para irte a revolcar con tus conquistas. Los lugares los elijo yo, y no quiero quejas. Su sonrisa se ensanchó, como si hubiera estado esperando esto. Dio un paso hacia mí, apoyándose en la isla de la cocina con una confianza irritante. —Perfecto, pero yo también tengo reglas. —Su tono bajó un poco, adoptando un aire más serio, aunque no dejó de mirarme como si fuera un juego—. Debes acompañarme a cualquier evento familiar sin excusas. Lo primordial: comportarte como mi novia. No voy a pedir besos, pero sí palabras cariñosas como "amor", "mi vida" o "cielo". Y permitirás que entrelacemos nuestras manos o que te abrace por la cintura si la ocasión lo amerita. —¿Eso es todo? —ironice, levantando una ceja. —Creo que sí, pero si surge algo más, lo resolveremos sobre la marcha. —Extendió su mano hacia mí, sellando el trato como si fuera un contrato de negocios—. Entonces, ¿tenemos un trato o no? Lo miré un segundo más, intentando decidir si esto era la decisión más tonta o la más brillante que iba a tomar. Al final, apreté su mano con fuerza. —Hecho. Seré tu novia y tú mi consejero personal. —Mis palabras resonaron con una mezcla de desafío y resignación, mientras su sonrisa triunfante me recordaba que, de alguna manera, ya había perdido el control de esto. Al final, esta es mi primera cita doble, y con todos los nervios del momento aún me pregunto si puedo confiar en las opiniones de un sinvergüenza como Dexter. Pero ya es tarde para arrepentirme porque estoy llegando al restaurante con Lucas, mi cita de esta noche. Esbozo una sonrisa afable mientras él me ayuda a bajar del auto, sosteniendo mi mano con firmeza. Avanzamos hacia la entrada del lugar cuando su voz áspera rompe el silencio. —¡Comida árabe! —exclama Lucas, arqueando las cejas con sorpresa mientras ajusta su chaqueta—. No era lo que tenía pensado, pero ya que estamos aquí, me aventuraré. Por cierto, me dijiste que veríamos a tu… primo aquí. Su tono es educado, pero no puede ocultar cierta incomodidad. —Sí, mi primo insistió en venir —respondo con una sonrisa forzada—. Le encanta la gastronomía árabe. Por dentro, mi mente hierve. Ojalá ese idiota de Dexter ya esté aquí, porque si no, lo mato. No pienso hacer el ridículo después de convencer a Lucas de aceptar esta maldita cita doble. Mientras avanzamos entre las mesas, mis ojos recorren el lugar con rapidez. ¿Dónde está? Finalmente, lo veo en una mesa al fondo, riéndose a carcajadas con una mujer rubia que parece salida de un catálogo barato. Mis labios se tensan automáticamente. No, no son celos. Es frustración pura. —¡Joane! —grita Dexter, levantándose con una sonrisa tan amplia como descarada—. Me alegro de que hayas venido, y acompañada, nada menos. Su tono es tan despreocupado que me provoca querer golpearlo. Se gira hacia la mujer que está con él, quien se arregla el cabello como si estuviera en un comercial. —Déjame presentarte a Loraine, una amiga. Amiga. Claro, Dexter. Como si alguien te creyera. —Hola… un gusto, Loraine —murmuro, intentando sonar amigable mientras mi mandíbula se tensa—. Y este es Lucas. Trabaja en la bolsa de Londres. Es corredor. Un momento más tarde Loraine suelta una risita irritante, fingida, mientras Lucas sonríe complacido y empieza a contar otra de sus anécdotas llenas de detalles innecesarios. No puedo con esto. No puedo. —Discúlpenme un momento —digo, poniendo mi mejor sonrisa antes de retirarme al baño. En cuanto cierro la puerta, dejo escapar un suspiro largo y profundo. ¿Por qué acepté esto? Cierro el grifo del lavamanos, cuadro mis hombros y me doy un último vistazo al espejo, buscando recuperar algo de compostura. —Te ves bien, Joane. No necesitas más labial… La voz de Dexter me sobresalta, cortando mis pensamientos. Me giro bruscamente, fulminándolo con la mirada. —¿Qué demonios haces aquí? —me quejo, mi voz irritada en cada silaba. Dexter se apoya despreocupadamente contra el marco de la puerta, con una sonrisa de suficiencia que me hierve la sangre. —Me cansé de escuchar las historias de tu corredor de bolsa presumido —exclama con un tono sarcástico, mientras juega con las llaves de su auto—. En serio, lo que tienes que hacer es terminar la cita ahora mismo. —¡Lucas no es presumido! —respondo, alzando la voz, mis mejillas ardiendo de indignación—. Lo que pasa es que no soportas no ser el centro de atención. —Te hablo en serio, Joane —insiste, frunciendo el ceño mientras su voz se vuelve más grave—. Ese tipo no está aquí por ti. Solo busca una esposa trofeo para presumir con sus amigos y escalar en su trabajo. Y si no me fallan mis instintos, es gay. Parpadeo, incrédula. —¿Qué? —pronuncio con mi voz escandalizada. Dexter levanta las manos en un gesto de aparente inocencia. —¡No me mires así! Estuvo hablando del último musical en Broadway como si fuera la cúspide de la cultura. Y no es todo: ¡me invitó a un día de spa! —No lo parece… —murmuro, aunque su argumento empieza a sembrar dudas en mi mente. —Haz lo que quieras —señala Dexter, encogiéndose de hombros—, pero no digas que no te lo advertí. Aprieto los labios, sintiendo cómo la frustración y la duda se mezclan en mi interior. —¡Saca esa cara de autosuficiencia, Dexter! —le espeto, señalándolo con un dedo acusador—. Ya que estás aquí, piensa cómo deshacerme de mi cita. Dexter suelta una carcajada, una de esas que hace que quieras darle un puñetazo. —Por fin reconoces que necesitas mi ayuda. Muy bien, cielo. Vamos a deshacernos del corredor de bolsa. Respiro hondo, sabiendo que esta noche solo puede ir de mal en peor. Pero al menos tengo a Dexter para hacer el desastre un poco más entretenido… o para hundirlo todo de una vez. Al día siguiente No tengo idea que le digo Dexter a Lucas, pero cuando volví a la mesa el sujeto literalmente salió a las corridas de la mesa, lo malo fue que volví sola a mi departamento y no sé…sentí algo de malestar observando como la ordinaria de Loraine se subía al auto de Dexter, seguro lo invito a su casa para tener sexo con él. Curiosamente el resto de la noche estuve como tonta viendo el techo, dándome vueltas en la cama y aunque parezca extraño, atenta a cualquier ruido del pasillo, pero nada, ni un rastro de Dexter. Tal vez esto no es buena idea, anoche viví una situación incómoda y lo ideal sería cortar el mal de raíz. Terminar con este acuerdo peculiar, incluso tengo la mejor excusa para tocar su puerta. Acabo de darme cuenta que se me acabó el azúcar. Sin pensarlo más, en un arranque agarro mis llaves y una taza vacía, dejando atrás mi departamento. Cuando estoy frente a su puerta, dudo por un segundo. Aprieto los labios y alzo la mano para tocar, pero antes de que pueda hacerlo, la puerta se abre abruptamente. Del otro lado aparece un hombre que me deja paralizada por un instante. Tiene unos cincuenta años, atractivo, con la piel bronceada y unos rasgos tan parecidos a Dexter que no hay duda de que es su padre. Su mirada intensa me escanea de pies a cabeza, deteniéndose en mi cara con una curiosidad apenas contenida. —Buenos días, soy Joane —digo, tratando de mantener la compostura, aunque mi voz suena un poco más aguda de lo que esperaba—. Buscaba a Dexter. ¿Podría avisarle que estoy aquí? El hombre levanta una ceja, y una sonrisa sarcástica curva sus labios. —Así que existes… —murmura con un tono cargado de incredulidad—. Pensé que era otra de las mentiras de mi hijo. ¿Eres Joane, su novia? ¿O me equivoco? Antes de que pueda responder, veo a Dexter aparecer detrás de él. Sus ojos se abren como platos y comienza a hacerme señales desesperadas con las manos, claramente pidiendo que lo siga el juego, pero ahora mismo estoy indecisa sumergiéndome en un mar de dudas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR