Charlas, cenas y más (3era. Parte)

2824 Palabras
El mismo día New York Joane Hay veces que nada funciona como lo esperamos, lo peor es que terminamos presos de nuestras propias decisiones sin saber como rayos llegamos a ese punto, solo que sucedió en un par de segundos. Sin embargo, lo más grave es querer retroceder el tiempo para rectificarlo, pero no se pude, no existe varita mágica, tampoco podemos tronar los dedos, solo queda seguir adelante, aunque el miedo y la incertidumbre nos hagan sentir completamente indefensos. No significa que estemos listas para hacerlo, al contrario, nos sentimos acorraladas, arrastradas por la situación, luchando por no hundirnos o resistir mientras encontramos un poco de claridad en medio de caos, y a ese momento lo que interesa es tener la fortaleza para plantarle cara a los que venga, esperando sobrevivir en el camino. Por un momento pensé que podía volver a tomar las riendas de mi vida, hablaría con Dexter para terminar el absurdo acuerdo y todo volvería a la normalidad, pero la realidad es que nada era igual desde el día que me salvó del imbécil del bar, incluso nuestra cita doble había sido un desastre, y lo más extraño es que comenzaba a ver al tonto con otros ojos. Sin embargo, en un arranque de ingenuidad toqué su puerta sin saber que estaba poniendo mi cuello en la guillotina. Porque fue eso lo que sucedió al encontrarme con su padre, me sentí acorralada por su pequeño interrogatorio y al mismo tiempo tenía curiosidad. El hombre no parecía un ogro despiadado y cruel como lo pintó Dexter, todo lo opuesto, a pesar de su sarcasmo e incredulidad no era un tirano, más bien en sus ojos encontraba un rastro de decepción y tristeza que buscaba ocultar. Presumo que era comprensible dado el tipo de vida que llevaba el inútil de su hijo, pero percibía que había más de lo que podía ver a simple vista. De pronto, todo se complicado al mirar a Dexter unos pasos atrás pidiéndome ayuda y algo en su expresión me hizo cambiar de idea, continúe con nuestra fachada sin pensar bien en las consecuencias. Y debí haber corrido cuando pude, porque lo que vino después no lo contemplé. Sin darme cuenta estaba envuelta en los brazos de Dexter en un beso que caló hasta los huesos. Sentir la humedad de sus labios contra los míos fue algo de otro mundo, un veneno que despertaba cada poro de mi cuerpo, pero lo más grave o delicioso fue cuando su lengua se encontró con la mía en un baile prohibido. Un beso que me encendía como un volcán a punto de erupcionar y que no tenía intenciones de apagar el fuego. Sin embargo, primó la cordura, bajé la intensidad del beso, y me separé de él quedándome atrapada en el verde de su mirada, como si nada más importará. Juro que fue algo extraño que me dejó confundida y perturbada. Estaba todavía asimilando el beso cuando el padre de Dexter me estaba invitando a una cena en su casa como si fuera lo más natural. Todo sucedía tan rápido que no me dio tiempo a pensar en una disculpa, aunque también pesó la expectativa en el rostro del hombre. Con una sonrisa suave y mi voz llenando el ambiente terminé con el silencio sepulcral que reinaba. —Claro, señor Quincy, sería un placer aceptar su invitación. Me encantaría conocer a la familia de… Dexter. —No me digas "señor", llámame Peter —respondió él, inclinándose ligeramente hacia mí con una sonrisa astuta—. Y charlemos un poco de ustedes. Cuéntame, ¿cómo el tonto de mi hijo logró conquistarte? Sus palabras me dejaron momentáneamente sin aire. La sonrisa en sus labios era cortés, pero sus ojos estudiaban cada centímetro de mi reacción. Hizo un gesto para que me sentara en uno de los sillones de la sala. Dexter, que aún sostenía mi mano, la apretó ligeramente antes de entrelazar sus dedos con los míos. Pero su nerviosismo era palpable: sus hombros tensos, su mirada esquiva, las pequeñas respiraciones que dejaban entrever su incomodidad. Peter no perdió el tiempo; sus preguntas eran afiladas, directas, como si buscara algo más allá de nuestras respuestas. —Papá, deja de pedir detalles —interrumpió Dexter con voz firme, aunque el ligero temblor en sus palabras delataba su frustración—. ¿No ves que avergüenzas a mi novia con tu intromisión? En cualquier caso, acepta que encontré a una mujer maravillosa que me ama por quien soy. Peter arqueó una ceja y sonrió, como si la intervención de Dexter lo hubiera divertido más de lo necesario. —Solo es curiosidad, Dexter, nada más —respondió con un tono que mezclaba suficiencia y burla—. Me alegra verte más centrado… por fin. Apreté los labios para evitar soltar un suspiro audible. Fue un milagro salir airosa de cada pregunta de Peter. No era un hombre desagradable, pero cada palabra suya parecía una prueba más que superar. Apenas se cerró la puerta tras él, dejé salir el aire contenido y me volví hacia Dexter con una mezcla de incredulidad y rabia. —Dexter, tu padre es un hombre encantador que claramente se preocupa por ti —mencioné, cruzándome de brazos—. Y no entiendo por qué no lo ayudas en su negocio. ¿Es mucho pedir dejar de ser un vago? Su rostro se endureció al instante. Su mandíbula se tensó, y sus ojos adquirieron un brillo oscuro. —No entenderías lo que sucede —respondió con voz fría, aunque su tono tenía un deje de cansancio—. Y tampoco tengo intenciones de aclarártelo. Limítate a cumplir con nuestro acuerdo. Mi mirada se afiló, pero antes de que pudiera replicar, él suspiró y suavizó su expresión. —Lo siento, no quise ser un patán. Pero, por tu bien, no busques respuestas. Es mejor mantener las cosas simples— se disculpó, y al mismo tiempo levantó una barrera entre nosotros, pero allí estaba de nuevo, esa tristeza en sus ojos que no entendía. —Creo que es tarde para eso —arguye, con una sonrisa amarga—. Me presentaste como tu novia ante tu papá. Y lo más importante: tenemos una cena en casa de tu familia que no estoy segura de sí sobreviviré. Él se rió, pero el sonido era más nervioso que auténtico. —Gracias por recordármelo —dijo, frotándose la nuca mientras desviaba la mirada—. Tranquila, todo saldrá bien. Ya hiciste lo más difícil: ganarte la simpatía de mi papá. Entonces, mi madre y mi hermana te adorarán. Solo… sé tú misma. Lo miré fijamente, cruzada entre la incredulidad y la resignación. ¿De verdad creía que esto iba a ser tan fácil? Tragué mis dudas y lo dejé pasar. Sin embargo, Dexter me lanzó una mirada pensativa, y por un momento creí que iba a soltar otro de sus consejos inútiles. Quizás indicarme cómo debía vestirme para la ocasión, o qué tipo de sonrisa sería "apropiada" para ganarme a su madre. Pero lo que dijo me tomó completamente desprevenida. —Por cierto, ¿por qué me buscabas? ¿Tienes otra de tus citas? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza mientras su tono se volvía curioso, casi acusador. Ya era imposible terminar con nuestro acuerdo. Yo misma me había arrojado al vacío aceptando la invitación de Peter. No había marcha atrás. Lo único que restaba era seguir con la absurda fachada de nuestro "noviazgo" y rezar para que nadie descubriera la verdad. Respiré hondo y decidí improvisar. No me delataría, aunque tuviera que inventar una excusa ridícula. —Solo vine a pedirte un poco de azúcar. No he tenido tiempo de hacer las compras del supermercado —mentí con descaro, esperando que no notara el leve temblor en mi voz. Dexter arqueó una ceja, claramente divertido por mi respuesta. —¿Azúcar? —repitió, como si estuviera probando la palabra en sus labios—. ¿En serio? Le sostuve la mirada, fingiendo una seguridad que no sentía. Finalmente, dejó escapar una risa corta y negó con la cabeza. —¡Ah…! Está bien, pero no te vayas todavía. Quédate a almorzar. —Su tono cambió, volviéndose más ligero—. Necesitamos conocernos mejor para no ser descubiertos por mi familia. Acepta, no te envenenaré… ¿sí? Su propuesta me dejó descolocada. ¿Almorzar con él? No sabía si era una broma o si realmente creía que un simple almuerzo bastaría para hacer creíble esta mentira. —¿En serio? —pregunté, alzando una ceja y cruzándome de brazos. —¿Por qué no? —respondió con una sonrisa que parecía retarme—. ¿No es eso lo que hacen las parejas? Almorzar juntos, compartir tiempo, conocerse… fingir que se soportan. Su tono irónico me arrancó una pequeña sonrisa a pesar de mí misma. No podía negar que tenía un punto. —Bien. Pero si me envenenas, al menos hazlo con estilo —repliqué, cediendo finalmente, aunque mi voz llevaba una carga de sarcasmo. Dexter sonrió ampliamente, como si mi aceptación fuera una pequeña victoria para él. —Trato hecho. Prometo que no morirás… al menos no hoy —soltó divertido. Y ahí estaba, la chispa traviesa en su mirada que, de alguna manera, siempre lograba desarmarme. Dexter podía ser un verdadero caballero galante y amable, pero al rato volverse un sinvergüenza, era como si buscará siempre alejar a las personas de él por una extraña razón que estaba fuera de mi alcance. Fue un almuerzo divertido, extraño, tenso, casual y, en cierto modo, peligroso. Dexter, con todas sus facetas, me descolocaba. Me ponía nerviosa, me hacía pensar demasiado, y lo peor era que no sabía por qué. Lo lógico habría sido dar media vuelta y no pasar más tiempo con él, pero algo me retenía. Quizás esa necesidad de demostrarme que no me intimidaba, que no me afectaba. Aunque, en el fondo, Dexter se había convertido en un enigma que necesitaba descifrar. Ahora me enfrentaba a algo más grande: no era solo una cena con su familia, era la cena de compromiso de su hermana. El nivel de formalidad era evidente. No podía desentonar ni lucir descuidada, así que opté por un vestido n***o elegante, con volados de encaje, los hombros descubiertos, que caía justo debajo de la rodilla. Los tacones y el bolso a juego completaban el conjunto. Sin embargo, Dexter, en su estilo despreocupado, no me dio ni una pista sobre cómo vestirme. “Cualquier vestido te hará lucir sofisticada y hermosa, no te preocupes,” dijo. Maldito encantador arrogante. Me miro en el espejo por última vez, acomodando mi cabello. Todo parece estar en su lugar, pero mi interior es un completo caos. Justo entonces suena el timbre. Agarro mi bolso y camino hacia la puerta. Antes de abrir, me tomo un minuto para respirar hondo y enterrar mis nervios. "Joane, solo es una cena más con personas comunes. Nada más." Me repito, aunque sé que miento. Suelto un largo suspiro y abro la puerta. Allí está Dexter, luciendo completamente diferente. Lleva un traje gris perfectamente ajustado, una camisa blanca sin corbata que añade un toque de informalidad calculada. Su barba, cuidadosamente rebajada, y su cabello peinado hacia atrás le dan un aire sofisticado. Es mucho más atractivo y varonil de lo que debería ser, y eso me irrita. Intento mantenerme impasible, pero él no hace ningún esfuerzo por disimular. Me recorre de pies a cabeza con una mirada descarada, intensa y lujuriosa. Aclaro mi garganta, intentando romper el molesto silencio que se ha instalado entre nosotros. —¿Terminaste de comerme con la mirada o quieres pasar para desnudarme? —cuestiono, mi voz goteando sarcasmo en cada silaba mientras cruzo los brazos. Dexter suelta una sonrisa traviesa, esa que siempre logra ponerme a la defensiva. —No he terminado de admirarte. Joane, luces hermosa con ese vestido. —Su tono es suave, pero sus ojos traicionan un destello de picardía—. Aunque no tengo intenciones de desnudarte como insinúas... aunque te agradezco el ofrecimiento. —Eso fue sarcasmo. ¿No sabes reconocerlo? —respondo, apretando los labios mientras él sigue sonriendo. —Sí, lo sé. Pero me encanta hacerte rabiar. Es una excelente forma de calmar tus nervios. —Se inclina ligeramente hacia mí, sus ojos fijos en los míos, desafiantes y cálidos al mismo tiempo—. ¿Lista para una noche especial? ¿Vamos? Asiento, aunque mis latidos disparados al infinito. Dexter siempre sabe cómo sacarme de mi centro, y esta noche promete ser un campo minado emocional. Una cena, una mentira, y un hombre que me pone de cabeza. ¿Qué podría salir mal? Unos minutos más tarde El trayecto estuvo cargado de las bromas pesadas de Dexter, siempre buscando arrancarme una sonrisa. Pero los nervios no me soltaban. Intentaba distraerme mirando por la ventana, intentando adivinar cómo sería la casa de sus padres. Nada me preparó para lo que veo. Una mansión imponente se alza frente a nosotros, en los Hamptons, con una fachada glamorosa que destila riqueza y exclusividad. Dexter reduce la velocidad y estaciona el auto en la entrada principal, al costado de una fila interminable de vehículos de lujo. Me quedo inmóvil por unos segundos, tratando de procesar dónde estoy, hasta que la puerta del auto se abre. Dexter me tiende la mano con una sonrisa despreocupada, como si todo esto fuera algo cotidiano. —Dexter, me dijiste que era una cena íntima con tu familia, no una celebración con todas sus amistades adineradas —murmuro entre dientes mientras desciendo del auto, sintiendo su mirada fija en mí. —No te preocupes, Joane. No dudo que puedas sobrellevar a estos idiotas —responde, clavando sus ojos en los míos con esa confianza irritante que parece nunca abandonarlo—. Ahora, déjame ver una de esas sonrisas que me desarman. Intento contener mi expresión, pero no puedo evitar mirar alrededor, sorprendida. ¿Quién es este hombre realmente? Ya imaginaba que Dexter tenía una familia acomodada, pero esto… Esto es un nivel completamente distinto. No entiendo cómo alguien que creció rodeado de tanto lujo vive ahora en un modesto departamento. Una rayita más al enigma que es Dexter. Un hombre mayor, vestido impecablemente con un traje n***o, aparece en la entrada antes de que podamos tocar la puerta. Su porte elegante y profesional me recuerda a las películas. —Buenas noches, joven Dexter. Me alegra volver a verlo en casa. Señorita —dice el hombre con un tono formal pero cálido, inclinando ligeramente la cabeza hacia mí. —Gracias, Alfred —responde Dexter con familiaridad, tomando mi mano mientras avanzamos hacia el interior. Todo dentro de la mansión es una obra de arte: lámparas de cristal cuelgan del techo, las paredes están adornadas con enormes cuadros de paisajes y retratos antiguos, y los muebles parecen demasiado perfectos para usarse. A cada paso siento que me sumerjo más en un mundo que no me pertenece. Al fondo, las voces de los invitados se mezclan con el suave murmullo de música. Finalmente llegamos al jardín, iluminado con guirnaldas de luces que se enredan en las ramas de los árboles. Las mesas están perfectamente arregladas, rodeadas de personas que lucen vestidos y trajes dignos de una alfombra roja. Antes de que pueda siquiera tomar aire, una mujer joven se acerca a nosotros. Es rubia, de ojos azules, esbelta y de mi altura. Su belleza sería deslumbrante si no estuviera opacada por la mirada de malicia que me lanza al instante. —Hola, Dexter. Viniste, y veo que bien acompañado. ¿Me presentas a tu amiguita de turno? —su tono está cargado de sarcasmo mientras me evalúa de pies a cabeza con un desdén que me quema la piel. Siento la mano de Dexter apretando la mía con más fuerza. Su expresión cambia, endureciéndose. Esto lo molesta tanto como a mí. —Hola, Melissa —responde con calma, pero su voz tiene un filo que no había escuchado antes—. Déjame sacarte de tu ignorancia: Joane no es una aventura. Es mi novia, la mujer dueña de mi corazón. Melissa deja escapar una risa sarcástica, cruzándose de brazos mientras sus ojos se entrecierran con incredulidad. —¡Ah! Así que reconsideraste tus estúpidas reglas. ¿Qué cambió para este giro radical? —pregunta con una sonrisa amarga—. ¿Vas a resolver, por fin, tu asunto con Carson? El ambiente se tensa. Las palabras de Melissa parecen una daga que busca herir en lo más profundo. No entiendo completamente a qué se refiere, pero la mención de Carson provoca una reacción apenas visible en Dexter. Su mandíbula se tensa, y sus ojos, que normalmente están llenos de diversión, ahora son fríos y serios. Aparecen miles de dudas, ¿Es una exnovia resentida? ¿Por qué Dexter es distante con su familia? ¿Quién es Carson? ¿Qué esconde este hombre? ¿Cómo lo descubro?
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