– ¿Qué haces ahí? Abrió los ojos de golpe. La calle había vuelto a la normalidad, los postes de luz iluminaban la acera y un perro paseaba con su dueño a lo lejos. No estaba muerta. – Está haciendo un aire espantoso –su madre habló de nuevo –. No te vayas a resfriar. Cinthia resopló, un resfriado sería el menor de sus preocupaciones en ese momento; es más, ni sería una preocupación. Su padre llegó cerca de las once de la noche, para entonces, tanto ella como su madre habían disfrutado de una cena caliente por lo que no tuvo que verlo para nada. No quería, seguía enojada con él; no era la gran cosa, pero aun así sentía que su padre la veía como un estorbo más que como su hija. Antes de acostarse, quedó en ver a Jo al día siguiente en la pista de la plaza comercial que fr

