El restaurante elegido por Konstantin para la cena estaba en el último piso de un lujoso rascacielos de Moscú.
Paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la ciudad, con luces titilando como joyas bajo la noche.
El lugar tenía música suave en vivo, y una atmósfera íntima, pensada para sellar pactos, alianzas… o enredos.
Konstantin ya estaba sentado en la mesa privada, vestido con un traje azul oscuro perfectamente entallado. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, con ese aire frío de aristócrata ruso que nunca mostraba demasiado.
Pero por dentro… estaba expectante.
No por la comida.
No por la vista.
Sino por ella.
—Veamos qué tanto se resiste esta vez —murmura, sirviéndose una copa de vino tinto.
A las 8:15 p.m. en punto, las puertas del ascensor se abrieron en el piso principal del restaurante.
Kira entra como si cada paso encendiera la alfombra bajo sus tacones. Vestía un vestido rojo con diamantes y criatales, ceñido a su figura como un guante perfecto. La abertura alta en la pierna mostraba la tersura de su piel, mientras que el escote, sutil y elegante, revelaba apenas lo suficiente para dejar a cualquiera sin aliento. Su cabello suelto caía en ondas, y sus labios, tan rojos como su vestido, eran la marca de un desafío silencioso. Unas zapatillas de cristales le daban el toque perfecto. Al igual que un collar y unos pendientes de diamantes. Todo es lo que Konstantin le envío para que se lo pusiera para la cita.
Ella se detuvo en el counter de recepción, su clutch dorado descansando en una mano, y preguntó con su tono educado:
—Tengo una reservación. A nombre de Konstantin Vólkov.
La anfitriona sonrió, nerviosa ante tanta presencia, y se dispuso a buscar la mesa.
Desde el rincón más privado del restaurante, oculto tras una mampara de madera japonesa, Satoru Kamura la vio. El llamado dragón japonés.
Su copa de vino blanco quedó suspendida en el aire.
La belleza que se había detenido en el counter parecía una visión irreal. No era solo su físico —que era, sin duda, de escándalo—, sino la elegancia en su postura, la altivez en su mentón, la manera en que parecía pertenecer a otro nivel del mundo.
Satoru, con su traje n***o impecable, sin corbata y la camisa desabotonada justo lo suficiente para revelar el inicio del tatuaje del dragón, sonrió con una mezcla de interés y posesión incipiente.
—Invítala a esta mesa, Hiro —ordenó en voz baja a uno de sus hombres de confianza, que aguardaba de pie tras él.
El subordinado, vestido de manera similar a un escolta, se acercó a Kira con una reverencia ligera:
—Disculpe, señorita. Mi jefe le invita a acompañarlo para un trago. Desea hacerle algunas preguntas.
Kira giró lentamente, dejando que su mirada se deslizara sobre el desconocido antes de posarse en el hombre que la observaba desde su mesa privada.
Satoru Kamura.
Lo había visto en alguna revista de economia. Incluso sentando se percibía su altura imponente, el peligro contenido en su cuerpo atlético, los ojos verdes como cuchillos escondidos tras una sonrisa encantadora.
Kira no se movió.
—No acostumbro aceptar invitaciones de desconocidos —dijo, cortante, como un golpe de látigo—. Y tengo una cita.
Iba a girarse, pero algo en la intensidad de esa mirada la retuvo unos segundos más. Él se levantó despacio, caminando hacia ella con una elegancia felina. Cuando estuvo a un par de pasos, inclinó levemente la cabeza en un saludo respetuoso.
—Discúlpeme. No pretendía ofenderla. Es que... —sus labios se curvaron en una media sonrisa—, en ese vestido, uno podría cometer muchas imprudencias. A mi madre le encanta el rojo ¿Es diseñadora de modas o modelo quizás?
Kira apretó el clutch entre sus dedos, irritada.
—Se equivocó de mujer. No soy ni una ni la otra.
Él soltó una pequeña risa grave, sin apartar los ojos de ella.
—Kira Ivanov —murmura, con un tono que hizo que su piel se erizara—. Ahora recuerdo. La nieta de Alejandro Valdivia y Dimitri Ivanov. ¿Cierto?
Ella lo mira, desconfiada.
—Si sabe quién soy, sabrá entonces que no pierdo el tiempo con desconocidos.
Satoru sonrió más amplio, mostrando la chispa de admiración y obsesión encendiéndose en su interior.
—Me honra su presencia. De hecho, pensaba solicitar una reunión con su familia. Estoy interesado en adquirir uno de sus edificios… para mis negocios.
Kira arqueó una ceja, imperturbable.
—Debe contactar al abogado de la empresa. Yo no negocio en cenas improvisadas.
Se giró para marcharse, dejándolo con su copa aún en la mano.
Pero antes de que se alejara, Satoru se atrevió a dar un paso más.
—¿Al menos permitiría que le invite un trago mientras espera a su acompañante si no ha llegado?
Ella lo miró de reojo, como evaluándolo.
—No lo conozco. No me haga perder el tiempo. Mi cita debe estar aquí, si me conoce.
Sin darle oportunidad a insistir, Kira se alejó con la misma elegancia devastadora con la que había llegado, dejando a Satoru Kamura sonriendo como un demonio satisfecho.
Desde ese instante, supo que la quería. La quería en su vida, en sus negocios y en su cama.
En su mundo, lo que Satoru Kamura deseaba, tarde o temprano… lo tomaba.
Cuando la recepcionista la guío hasta su mesa, ahí estaba Konstantin.
Él se puso de pie al verla. No sabía que regalos les había enviado su asistente, Katrina. Pero definitivamente lo a sorprendido.
—Llegas tarde —dijo con voz baja.
—Y aún así más impuntual que tus intenciones —responde ella, sentándose con una elegancia letal.
Konstantin sonrió de lado. Le encantaba ese filo. Pero justo cuando pensó que tenía el control, ella se inclinó hacia el camarero. Hizo una seña al camarero para traer más vino.
El mesero llegó de inmediato con una botella de vino de Burdeos y una entrada de zakuski rusos: caviar, salmón ahumado, blinis y encurtidos. Ella probó un poco del pescado, sin quitarle los ojos de encima.
—¿Te gustan los retos? —pregunta él, sirviéndole vino.
—Solo si valen la pena. Y tú todavía no decides si eres uno —responde con una frialdad deliciosa.
Estaban en plena tensión cuando el plan comenzó a funcionar.
A las 8:50 p.m., el taconeo acelerado de una nueva figura rompió el encanto del momento. Iandra Min Shan, la mejor amiga de Kira, apareció con un vestido n***o entallado y labios rojo carmesí. Sonrió como una diva mientras se acercaba a la mesa.
—¡Perdón por llegar tarde! ¡Kira, no me creíste que sí venía! —dijo con voz inocente y exagerada.
Kira ocultó la sonrisa triunfante tras la copa de vino.
—No pensé que te ibas a atrever ¿Como estas mi pequeña tormenta? Ya te extrañaba —la abraza.
Konstantin parpadea. Luego la mira.
—¿Invitaste a alguien a nuestra cita?
—Tú no dijiste que debía venir sola —se encogió de hombros, con una mirada inocente que no le creía ni su sombra.
Iandra tomó asiento entre ambos como si fuera su lugar legítimo.
—Así que… tú eres el prometido misterioso. Hmm. Luces más joven en persona. Menos... letal —dijo, alzando una ceja mientras probaba un bocado de caviar.
El heredero Volkov soltó una carcajada lenta. Sus ojos no se movieron de Kira.
El silencio se volvió espeso. Kira sintió un escalofrío subiendo por la columna.
—Ella es mi acompañante Konstantin.
—¿Acompañante? —repitió él, alzando una ceja.
—Claro —dijo, tomando un sorbo de vino.
Iandra parece una bala oscura. Su vestido satinado n***o y su peinado alto llamaron la atención de varias mesas. Sonrió con malicia cuando ve el desconcierto en su rostro.
—¡Amor mío! ¡Yo también te extrañé!— le da un beso en el aire mientras acaricia su pierna.
Konstantin casi derramó su copa.
—¿Quién…?
—Ella es mi mejor "amiga" —interrumpe Kira, sonriendo con fingida dulzura—. Y mi cita para esta noche.
—¿Tu… qué?
—Relájate, Vólkov. No soy promiscua. Solo… moderna. Me encanta probar.
Iandra se sentó con total naturalidad, saludó a todo el que pasaba por su lado a propósito.
Konstantin intentó recuperar la compostura, pero su mirada helada no podía ocultar el desconcierto. Kira jugaba su juego… y estaba ganando.
—Así que... —dijo él, apoyando los codos sobre la mesa—. Esto es lo que debo esperar en este compromiso. Desafíos y shows públicos.
Kira cruzó las piernas con lentitud.
—Te ofrecí mi compañía. No te prometí obediencia. Además si nos casamos deberás aceptarme como soy.
—Nunca me ha gustado lo fácil. Y aceptar lo que eres no implica a gustos estravagantes. Nunca creí que te gustaba también el otro bando. Creí que eras transparente.
Iandra rió detrás de su copa.
— No hablen como si no existiera. ¡Me perdí de algo mi pequeña, diosa! ¿No le has dicho lo nuestro?—se gira hacia Kira quien la mira divertida—No es para tanto mi querido Konstantin. Te acostumbrarás a mi compañía.
La cena continuó con una tensión deliciosa, donde las palabras eran armas, las miradas eran balas, y la incomodidad de Konstantin fue servida en bandeja de plata.
Pero cuando llegó el postre, él se inclinó hacia Kira con voz baja.
—Te estás divirtiendo, ¿verdad?
Ella se acercó más, apenas rozando su mejilla con los labios mientras hablaba en su oído.
—Mucho más de lo que pensaba.
En ese momento, una montaña de chocolate en un plato fue colocado sobre la mesa por un camarero.
—No hemos ordenado esto—dice Konstantin.
—El caballero de la zona vip lo envía a la dama, se disculpa si la hizo sentir mal cuando llegó. Es una montaña del chocolate más exótico, en forma del monte Fuji.
Konstantin mira hacia el área vip y ve al japonés de pelo n***o y ojos verdes levantar una mano.
Kira viendo la incomodidad en la cara de Konstantin le devuelve el salido, pensó que molestarlo un poco más con el japonés sería perfecto.
—Ohh...póngalo para llevar, y dígale al señor Kamura que le agradezco su gesto. Y si es de su agrado podría verlo mañana en el hotel Ivanov de mi abuelo. Le haré una cita personalmente—saca su tarjeta de presentación de su bolso y se la da al camarero.
Konstantin sintió algo más que celos. No sólo tenía que competir con Iandra ¿sinó también con un maldito japonés?