Konstantin apenas alcanzó a sujetarse de la cintura de Kira cuando ella aceleró de golpe en la próxima esquina.
El rugido de la motocicleta atravesó la avenida como una flecha negra y peligrosa.
La ciudad de Moscú se extendía frente a ellos como un tablero de ajedrez, pero Kira jugaba con las reglas de una reina salvaje.
—¡¿Estás loca?! —grita Konstantin contra el viento, mientras ella zigzaguea entre autos y camiones sin bajar la velocidad.
—¡Agárrate, Vólkov! No quiero tener que limpiar tu sangre de mi historial —contesta ella, riendo con ese tono sarcástico que a él ya le parecía adictivo.
Aceleró aún más en una curva, y él sintió cómo la adrenalina subía por su columna como fuego líquido. En lugar de miedo, sonrió.
Dios santo… esta mujer lo estaba volviendo loco. Mira que excitarse sobre la moto mientras ella la conduce de forma temeraria y él ni casco tiene.
En un semáforo, frenaron en seco. Konstantin, todavía con las manos en su cintura, la miró por el retrovisor. Ella ni se inmutó. Parecía hecha para el caos, para la velocidad...para el.
—No sabía que lo tuyo fuera romper límites —le dice él, todavía con el corazón latiendo en los oídos.
—No sabes muchas cosas de mí —responde ella sin mirar atrás, bajando una marcha—. Y prefiero que siga así.
Cuando por fin llegaron a la universidad, Kira frenó bruscamente frente a la entrada lateral.
Algunos estudiantes se giraron a mirar con curiosidad.
La escena no pasaba desapercibida: una mujer hermosa desmontándose de una moto como si bajara de un trono, mientras un tipo atractivo de pelo rubio en traje y chaqueta de cuero edición limitada, toma el casco que ella le entrega.
Kira le pasa el casco y las llaves sin mirarlo.
—Gracias por nada —espetó.
—Me debes una —replica él, atrapando las llaves.
—¿Yo? Tú fuiste el ofrecido. Nunca te dije que te daría algo a cambio —le dice con una ceja alzada.
Konstantin sonríe de lado, inclinando levemente la cabeza.
—No sabía que tu familia fuera tan mezquina —dice en tono provocador.
Ella se detuvo. Suspiró.
Recordó las palabras no tan exactas de su abuelo Dimitri esa mañana:
"Solo te pido que lo intentes, Kira. Él también perdió a su familia… y no es un mal partido. Toma las riendas de la relación y conviértelo en tu esclavo"
Gira sobre sus tacones, fastidiada por la confusión que ese hombre le causaba.
—¿Qué carajos quieres de mí, Konstantin?
Él se metió las manos en los bolsillos y la miró con descaro, sin la menor vergüenza.
—Una cena. Este fin de semana.
Ella entrecerró los ojos.
—Solo si prometes no poner música en la oficina. Y menos música instrumental.
Konstantin extendió la mano, como si sellara un trato importante.
—Trato hecho.
Ella lo ignoró y se giró para entrar al edificio, pero justo antes de cruzar la puerta, lanzó una última frase sin mirar atrás:
—Y nada de ópera rusa deprimente, tampoco.
Él sonrió mientras se colocaba de nuevo el casco.
—Entonces te vas a perder lo mejor de mí.
Kira, sin saberlo, también estaba perdiendo algo: el miedo a dejarse sentir. Y Konstantin… bueno, él estaba apostando a todo o nada.
Las puertas automáticas del edificio principal de la universidad se abrieron con un leve silbido.
Kira caminó como si nada, aunque el viento aún le revolvía el cabello ligeramente desordenado por el casco.
—¡Por el amor de los dragones del norte! ¿Qué te pasó en el pelo, Kira Valdivia Ivanov? —exclama una voz aguda y burlona.
Kira apenas giró los ojos. Sentada sobre una baranda metálica, con su mochila colgando de un solo hombro, Iandra Tomoyo Nakamura agitaba la mano con dramatismo asiático. Su cabello lacio, n***o azabache, estaba impecablemente peinado como siempre.
—Tranquila, no fui a la guerra —bufó Kira.
—Pero parece que peleaste con una licuadora.
Kira soltó una risa breve y se dejó caer a su lado. Iandra la observó con ojos entrecerrados, como si estuviera resolviendo un acertijo.
—Por poco y llegas tarde ¿A caso viniste corriendo?
—Peor —murmura ella, quitándose el abrigo mientras miraba al frente—. Konstantin Vólkov me trajo… en su moto.
Los ojos de Iandra se abrieron como platos.
—¿Qué? ¿¡El heredero de la mafia de los malditos diamantes rusos!? ¿Ese Konstantin? ¿El de los brazos criminalmente sexys que ha salido en las portadas de Cosmopolitan?
—Sí, ese mismo —resopla Kira.
—¿Y por qué te trajo él? ¿De dónde y cómo se conocen? Habla hija no me dejes en las dudas.
Kira se encogió de hombros.
—Trabaja junto a mi. Un acuerdo entre familias. Mi auto no encendió. Se ofreció. Dijo que el tráfico era imposible. Me monté para no llegar tarde. Fin.
—Mentira. Hay algo más —dijo Iandra, señalándola con una uña perfectamente pintada—. Ese hombre no mueve una ceja sin estrategia. ¿No sabes cuántas mujeres andan detrás de ese tipo? No se deja casar.
Kira suspiró con fuerza.
—Bueno...mi abuelo arregló un compromiso con él. Matrimonio por alianza. Un tratado de paz moderno con anillos incluidos.
—¿¡Qué!? ¿¡Estás comprometida!? —Iandra casi se cae de la baranda.
—Sí. Y antes de decir algo... no es por amor. Solo por negocios, sangre y acuerdos entre ancianos con mucho poder —dice Kira con ironía—. Y, para rematar, le debo una cena.
—¿Una cena… tú y él? ¿Romántica? Carajos llévame.
—No creo que haya nada romántico. Me retó y acepté. Solo para no darle el gusto.
Iandra entrecerró los ojos, cruzando las piernas como una estratega ninja.
—Entonces hazlo interesante. Sorpréndelo. Juega su propio juego.
Yo quiero estar en esa cena. Amiga necesito estar. ¿Sabes cuánto ofrecen por una foto de cerca? 400 dólares. Es un fantasma hermoso en esta ciudad. Una vida impecable sin escándalos.
Kira la mira de lado.
—¿Tú qué?
—Vamos juntas. ¿No dices que prácticamente lo odias? Tú entras primero, con todo el glamour. Lo seduces con tu actitud de mujer peligrosa. Y justo cuando él se sienta cómodo, ¡pam! entro yo a arruinarle el momento. Tomo la foto. Pido un vino. Digo que soy tu cita o lo que sea. Lo dejamos confundido. Nos divertimos. Y luego tú tomas el control de la noche como una reina vengativa. El pobre no sabrá que huracán le pasó cerca con ambas.
Kira la mira en silencio unos segundos… y luego sonríe.
—Sabes qué… me gusta.
—¡Obvio que te gusta! Soy brillante —Iandra se levanta de un salto y aplaude como niña feliz—. ¡Esto será legendario!
Kira se giró para mirarla con una ceja alzada.
—Pero prométeme que no te vas a pasar con los comentarios. Mi abuelo odia los escándalos. Solo lo haremos avergonzar y tu obtienes tu foto
—Lo prometo... mentira, no puedo prometer eso — ríe Iandra, tomando el brazo de su amiga—. Prepárate, princesa de hielo, vamos a hacer que ese ruso se trague su ego.
Kira asintió. Esa cena ya no sería una formalidad.
Sería el juego… y Konstantin aún no sabía con quién estaba jugando.
Esa noche, en un cuarto de hotel minimalista con vista al río Moscova, Konstantin Vólkov se quitaba los gemelos de su camisa con una lentitud casi calculada. Su celular vibró. Es un mensaje de Katrina, su asistente en respuesta a uno que él le había mandado.
«¿Quiere que organice una cena privada con algún contacto de negocios?»
Él sonríe, deja el teléfono a un lado y se sirve un vaso de vodka.
—No, Katrina… —susurra para sí, mirando hacia la ciudad—. Lo que quiero es un plan.
«Ya es muy tarde Katrina, hablamos mañana en la oficina»
«Como diga, señor Vólkov »
Camina hacia su pequeño despacho. Sobre la mesa, tenía una carpeta con documentos de la empresa Valdivia, perfiles de ejecutivos, informes de movimientos recientes… y en el centro, una fotografía: Kira, en un evento de caridad, con esa mirada altiva que no combinaba con su edad.
—Tan joven… —dijo, apoyando un dedo en la imagen—. Y tan jodidamente peligrosa.
A la mañana siguiente, Kira entró en su oficina con ojeras leves, el cabello recogido en una coleta alta, y la determinación de ignorar por completo a cierto heredero ruso.
—Paul —llamó a su asistente—, ¿hay café?
—Triple espresso en su escritorio, jefa. Y un detalle de parte del señor Vólkov —dice con una sonrisa nerviosa, señalando una pequeña caja roja encima del teclado.
Kira la mira con desconfianza.
—¿Un detalle?
Abre la caja.
Un vinilo antiguo, edición limitada, de un grupo underground de rock ruso que solo un conocedor sabría que ella escuchaba.
Y una nota:
No te olvides de nuestra cena del fin de semana. Te espero en la oficina a las 5:00 p.m. después de trabajo, para escuchar el playlist juntos mientras nos ponemos de acuerdo del restaurante. No llegues tarde, niñita malcriada.
Firma:
K.V.
Kira apretó los dientes.
—Desgraciado astuto.
—¿Qué dice? —pregunta Paul, asomándose.
—Nada. Solo que... esta guerra apenas empieza.
Y en efecto… no era una cena. No era una moto. No era un vinilo.
Era un aviso.
Konstantin no solo jugaba el mismo juego que ella.
Jugaba mejor.
Antes de las cinco, la puerta de la oficina al lado de la suya se abrió automáticamente cuando Kira empujó con la yema de los dedos. No necesitó entrar por completo para notar que la luz cálida, la música de fondo y el suave aroma a cuero y whisky estaban calculados para desarmar a cualquiera. Menos a ella.
Konstantin estaba en el rincón del bar, sirviéndose un vaso de bourbon. Su camisa blanca remangada y los pantalones oscuros bien ajustados hacían juego con su aura de "hombre que no debería ser confiado ni un segundo".
—Llegas temprano—dijo sin mirarla, girando el vaso entre los dedos.
—Tú no dijiste si eran cinco antes o cinco después —replica Kira, cruzando los brazos al entrar—. No suelo tomarme en serio citas con hombres que me ocultan una Glock debajo del traje.
Él sonríe, ahora sí mirándola.
—No niego lo de la Glock. Lo de cita... ¿estás segura de que no lo es?
Kira rodó los ojos. Se acercó al escritorio, donde había una laptop conectada a una bocina y un listado de música.
—¿Qué es esto?
—Mi intento de ser civilizado. Tú elegiste la cena, yo elegí música. Ahora decidimos juntos el soundtrack de esta guerra fingida que llaman compromiso —dice, dándole un sorbo al bourbon—. Elige una canción. Te dejo la primera jugada.
Kira se sentó lentamente en la silla frente al escritorio. Sus dedos teclearon con rapidez.
Sonó "Sweet Dreams" de Eurythmics, versión instrumental.
—Clásico —comenta él, cruzándose de brazos.
—Lo suficiente para que me ignores mientras trabajo —contesta con frialdad.
—Difícil ignorarte con esa ropa que llevas —dispara Konstantin, sin pena.
Ella ni parpadea.
—Deberías preocuparte más por el hecho de que sé veintisiete formas de matarte con un bolígrafo que por cómo me queda la ropa.
—Perfecto. Yo también. Así podemos escribir nuestra historia con tinta… o sangre.
Hubo una pausa. Un pulso silencioso. Una tensión no violenta, pero tampoco inocente. Luego, él se acercó a su lado y bajó la música.
—Mira —dice, inclinándose un poco para hablar más cerca de su oído—. Lo que sea que creas que soy... probablemente lo soy. Pero también soy el que va a estar a tu lado en cada evento social, cada fusión empresarial y cada foto frente a la prensa. Nos toca fingir, Kira.
—Yo no finjo. O te odio… o te mato —dice ella, con una media sonrisa venenosa.