Juramento de venganza.

1955 Palabras
El mundo se detuvo. —¿Mi hermanito? —pregunta, con la voz quebrada. —Al niño no le pasó nada, parece que se escondió a tiempo. Fue suerte. Pero necesito que venga cuanto antes. Kira se levantó de un salto. Ni siquiera pensó en vestirse bien. Se puso lo primero que encontró y salió corriendo de la habitación, temblando. Bajaba las escaleras cuando su teléfono volvió a sonar. Konstantin. —¿Qué pasó? —preguntó él al verla salir a toda prisa cuando el estaba desayunando en el restaurante del primer piso, al verla con el rostro pálido como la nieve. —Mi abuelo... está muy grave. Mi mamá también. Los atacaron. No sé que está sucediendo—dijo con la voz desgarrada mientras busca las llaves de su Lamborghini. Él no dudó. Salió del restaurante y la alcanzó. —¡Kira!—le vocifera él. —Konstantin..—Ella se sostuvo del coche, era un caos al borde de la desesperación. Ni podía encontrar sus llaves. —Vamos en mi carro—la toma de la mano y abre la puerta de su coche deportivo sin pensarlo—. Yo conduzco. Kira asintió sin hablar, con los ojos enrojecidos, sin poder parar las lágrimas que se negaban a salir del todo. Se subió y cerró la puerta con fuerza. El motor rugió. Konstantin no hablaba, pero su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos aferrados al volante. La rabia se le notaba en cada curva que tomaba con precisión quirúrgica. Ella se abrazó a sí misma. —¿Cuándo va a terminar esto…? ¿Cuándo mi familia tendrá paz? Konstantin no respondió de inmediato. Solo la miró de reojo. Luego, con voz baja, feroz: —Te juro que voy a encontrar al culpable. Y lo haré pagar. En medio del tráfico matinal, el teléfono de Kira volvió a sonar. Era su abuelo Alejandro. El tono seco de su voz usualmente intimidaba, pero ahora solo sonaba preocupado. —Kira, ¿dónde estás? ¿Estás bien? —¡Abuelo, Alejandro!...mi abuelo Dimitri y mami, están en el hospital. Ya voy de camino. —¿Vas sola? Debes tener cuidado. —Konstantin va conmigo. —¿El joven Vólkov con el que Dimitri quiere una unión matrimonial? —Si. El va conduciendo. Yo no estaba en casa del abuelo, estaba en el hotel —contestó, sin aire. El dolor era como una losa en el pecho—. Llegaremos pronto. —El hospital se comunicó conmigo. Voy a tomar el primer vuelo esta noche. Esto no se va a quedar así, no te alejes de él. El culpable caerá. Quien tocó a mi hija Ximena, tu madre, no quedara en pie para contarlo—le aseguró Alejandro con dureza. —No quiero más guerra… pero me las van a pagar si fueron los Japoneses—susurra ella. —Y sin embargo, la guerra no ha terminado con nosotros al parecer. Cuídate mi niña —dijo él, antes de colgar. Cuando llegaron al hospital, los pasillos olían a desinfectante y desesperación. Médicos iban y venían. Konstantin se quedó a su lado sin separarse ni un paso. Kira sintió que todo lo que había conocido estaba a punto de romperse de nuevo. Pero ya no estaba sola. Y Konstantin Vólkov, con toda su oscuridad, acababa de comprometer su alma en la venganza. La sala de espera de cuidados intensivos olía a cloro, café viejo y angustia. Kira se sentó en una de las sillas metálicas, el rostro pálido y los dedos entrelazados tan fuerte que le dolían. Konstantin se mantuvo cerca, de pie, sin quitarle los ojos de encima, mientras se mantenía alerta como un centinela. Una enfermera se acercó con expresión neutra. —Soy Kira Valdivia Ivanov. Mi abuelo y mi madre están ingresados aquí. —¿Familia Ivanov? —Yo soy su nieta. ¿Dónde lo tienen? ¿Cómo está? —El señor Ivanov está estable, pero su condición es delicada. Tiene múltiples fracturas costales y contusiones internas, además de un balazo en el vientre y otro cerca del corazón. Está en cuidados intensivos. Entrará al quirófano en breve. Kira tragó saliva, aliviada. Luego preguntó con voz frágil: —¿Y mi madre? —La señora Valdivia está despierta. Tiene una herida en el brazo y una contusión leve en la cabeza. La bala solo le rozó el cuello. Puede verla si desea. Ya le notificamos a su esposo en su casa. Kira asintió de inmediato. Su padrastro, Lucas, luego de llevar a la familia de Konstantin hasta su casa, tomó un taxi hasta la casa, porque Ximena le dijo que se quedaría con su hijo, Lorenzo. Que irían en la mañana sin saber la desgracia que les tocaría vivir. Kira se giró a mirar a Konstantin, quien solo hizo un gesto breve con la cabeza. —Ve, te espero aquí. El pasillo hacia la habitación parecía más largo de lo normal. Kira entró en silencio. Ximena estaba recostada en la cama, vendada, con un moretón marcando su pómulo derecho y vendas en su cuello. A pesar del dolor, al verla, sonrió débilmente. —Mi niña… —susurra. Kira se acercó a abrazarla con cuidado, rompiendo en llanto contenido contra su hombro. —¿Por qué nos odian tanto, mamá? ¿Por qué no nos dejan vivir en paz? —Porque somos Valdivia e Ivanov… y ninguno de los dos no se arrodillan —dijo Ximena, acariciándole el cabello—. Tu hermano está bien, llamó a tiempo a la policía, nos defendimos como pudimos. Eran tantos. —Si tan sólo hubiera estado alli...si tan sólo no me hubiera ido, los hubiera acabado a todos. —Oh te hubieran matado. No tuvieron piedad con tu abuelo. ¿viniste sola? —No. Konstantin me trajo, está afuera. Kira se apartó un poco, secándose las lágrimas con la manga. —Bien. Tu hermano bajo a la cafetería acompañado de dos seguridad. Seis de los nuestros, de nuestra seguridad, están muy graves. Mantente cerca de Konstantin, es el único en el que podemos confiar. —Él no es mi amigo, mamá. Es el enemigo, no confio en él. Y menos ahora con esto. —Quizá, pero a veces el enemigo es el único que te cubre la espalda cuando los tuyos caen. Además los que nos atacaron tienen pinta de japoneses. No había un solo ruso o alemán. El chirrido de la puerta se oyó justo cuando Kira intentaba recomponerse. Lorenzo entró con paso apresurado, acompañado por dos agentes de seguridad privada. Sus zapatillas hacían un ruido sordo contra el piso encerado, y sus ojos, tan parecidos a los de Kira. —¡Hermana! —corrió hasta la cama y se abrazó a ella con fuerza. Kira le sonríe. —Estoy aquí, pequeño terremoto… ya pasó. Mami me dijo que fuiste todo un héroe. Te mantuviste a salvo y llamaste a la policía. —Quiero aprender a disparar para eliminarlos a todos. Kira le dio un coscorronaso. —Aun eres muy joven, no creo que mami o papá te lo aprueben. Konstantin apareció detrás, elegante como siempre, pero con el ceño ligeramente fruncido. Su mirada recorrió la habitación con atención antes de posarse en Ximena, a quien saludó con una inclinación respetuosa. —Señora Valdivia… me alegra verla con vida. —A mí también me alegra seguir aquí para verlos —respondió ella, aún con voz baja—. Gracias por traer a mi hija. —No la iba a dejar sola. —Te lo voy a pedir sin orgullo ni reparos, Konstantin —dijo Ximena con seriedad—. Cuida de ellos. De Kira. De Lorenzo. No podemos confiar en nadie más. Kira frunció el ceño, mirándolo de reojo. Konstantin asintió sin dudar. —Lo haré. Un golpe suave en la puerta interrumpió el momento. Dos oficiales de policía ingresaron, serios, uno con una carpeta bajo el brazo y el otro revisando su tablet. —Buenas noches. Somos de la unidad de respuesta táctica. Entendemos que hubo un tiroteo y tenemos dos sospechosos bajo custodia. Uno de ellos habló antes de perder el conocimiento. —¿Y qué dijo? —pregunta Kira, erguida al instante. —Que esto era solo un mensaje —dijo el oficial, con el ceño fruncido—. Que “ellos” entenderían. Ximena aprieta los labios, pero no dijo nada. Su silencio era más revelador que cualquier palabra. —Estamos revisando las cámaras de seguridad de la mansión y del perímetro. Habrá presencia policial las 24 horas mientras dure la investigación —añade el segundo oficial—. Asignaremos un equipo de protección para la señora Valdivia y su familia. Están en riesgo. —Queremos acceso a todas las grabaciones y registros de los visitantes de los últimos tres días —dijo Konstantin, en un tono que no pedía permiso. —Lo obtendrán. La seguridad nacional ya fue notificada. Esto ha escalado. Lorenzo miraba en silencio, asustado pero contenido, aferrado a la mano de su hermana. Kira le acarició el cabello con ternura. —No te preocupes, enano. No nos van a volver a tocar. Ximena tomó aire lentamente. —Ya lo intentaron… quien quita que lo vuelvan a intentar. Konstantin se quedó mirando a Kira un momento. Ella no lo miró. No tenía que hacerlo. Si él no era el culpable ella sabía entonces,que él estaba dispuesto a quemar el mundo si alguien volvía a ponerles una mano encima. Y eso, le gustara o no, le daba cierta tranquilidad. Justo cuando el oficial terminaba de hablar, la puerta volvió a abrirse bruscamente. Lucas entró con el rostro desencajado, aún con la chaqueta medio puesta y el celular en la mano. Su mirada recorrió la habitación hasta dar con Ximena, y en un par de zancadas ya estaba a su lado. —¡Ximena, Lorenzo, Kira! ¡Dios mío! —abraza a todos luego se arrodilló junto a la cama, tomando con cuidado su mano vendada—. ¿Estás bien? ¿Como es posible? ¿cómo supieron que estaban allí? —Lucas, ya… tranquila, estoy viva. Eso es lo que importa —susurra ella, tratando de calmarlo con una sonrisa débil. Lucas pasó una mano por su rostro, claramente afectado. Luego se volvió hacia Kira y Lucas y los abrazó nuevamente, sin decir una palabra, solo envolviéndolos con fuerza como quien quiere asegurarse de que nada se le escape de los brazos. —Debemos dar con los culpables, esto no puede quedar impune. —Se hará. No es tu culpa, tranquilo papá —respondió ella, aunque aún sentía el sabor amargo de la impotencia. Lucas se levantó y miró a los oficiales. —¿Van a asignar escoltas? ¿Qué tan grave es esto? —Muy grave, señor. No fue un robo. Fue un mensaje. —Entonces denles todo lo que necesiten. Seguridad, patrullaje, vigilancia por drones si es necesario. No escatimaremos en gastos. Quiero cámaras funcionando en todo el hospital. Y guardias entrenados, no simples porteros. Si algo le pasa a mi familia, no respondo. El oficial asintió con respeto. —Entendido. Lucas se volvió hacia Konstantin, dudando apenas. —Gracias por estar aquí. No me cae bien tu apellido, pero hoy te lo agradezco. Konstantin ladeó la cabeza con un atisbo de sonrisa. —Créame, no me caen bien muchos apellidos tampoco. Ximena esbozó una sonrisa cansada. —Hombres... —murmura—. Compitiendo incluso en medio del caos. Kira se sentó en el borde de la cama, al lado de su madre, mientras Lorenzo se acurrucaba a su otro lado. Era una imagen rota pero firme. Todos estaban golpeados, heridos, en tensión... pero juntos. Y eso, en ese momento, lo era todo. —Vamos a hacerlos caer, uno por uno.
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