— ¿Dónde estás, Amelia? — le preguntó Esmeralda a su amiga, con la que hablaba por el móvil, cuando percibió el rumor de un sitio muy activo, como telón de fondo de la conversación.
— Espero mi macchiato con caramelo en una tienda de café expreso. Hay una fila un poco larga, por eso aproveché para llamarte.
— ¿Tú, aguardando a que te atiendan, en un comercio cualquiera? ¡Qué raro, viniendo de ti!
— ¿Raro? ¿Por qué? Puedo aguardar como cualquier cliente…
— Si tu lo dices… — repuso su interlocutora, adivinando que escondía algo más. La conocía de sobra. — Dime, ¿cómo te fue hoy?
— Bien. — le respondió fríamente.
— ¿Encontraste lo que buscabas? — le inquirió de forma genérica. No se atrevía a hablar abiertamente sobre “el donante de e*****a”, como si fuese un asunto ordinario.
— Te diré la parte buena. Me gustó mucho más esta clínica, tienen a los mejores médicos especialistas en fertilidad. Creo que será el lugar ideal para el procedimiento.
— ¿Y la parte mala?
— Me mostraron su catálogo de donadores… Y… — la escuchó resoplar por el móvil — ¡no lo sé!
— ¿Cuál es el problema? ¿Alguna posibilidad de que el niño salga con cuatro ojos?
— ¡No! ¡Claro que no! Cada candidato es estudiado detenidamente, se aseguran de que sea saludable y hasta analizan su genética.
— ¿Entonces? ¿Por qué dudas? ¿No dijiste que estabas decidida?
— ¡Lo estoy! ¡Eso no ha cambiado! Es que… es raro. Impersonal, por decirlo de alguna forma… El perfil de cada uno es intachable. Es decir, muchos son estudiantes de grado en universidades muy buenas, atletas, con antecedentes físicos y personales envidiables… Pero…
— Pero ¿qué?
— No estoy cómoda eligiendo así… a la carta.
Esmeralda ahogó una risita, que de todos modos fue detectada por Amelia…
— Me alegra darte razones para reír…
— ¡Perdóname! — dijo su amiga — Pero me río porque es cierto… ¡estás eligiendo hombres a la carta! ¡Qué más quieres!
— Bueno, no estoy cómoda. Es como comerciar con personas…
— No sé que decirte. Yo tuve a mis bebés a la antigua. Y si no quieres involucrarte en una relación, esto es lo que te queda…
— Tal vez haya una alternativa…
— ¿De qué hablas?
— Podría contactar a un donador, en persona. Así sabría cómo es…
— Me estás diciendo que quieres conocer al individuo, pero no intimar con él.
— ¡Claro! ¡No habría ninguna relación!
— Suena aburrido, ¿estás segura de que no prefieres usar el método natural? Podrías tan sólo…— se tomó unos segundos para elegir sus palabras — practicar actos lujuriosos con alguien, sin protección y sin compromiso…
Amelia se dio cuenta de que Esmeralda mantenía una mirada capciosa sobre sus planes.
— No gracias, prefiero que sea estrictamente un acuerdo.
— Bueno, como quieras…
— ¿Sabes qué? Si te lo vas a tomar en broma, no te diré ni media palabra más. Te llamo después… — le soltó drásticamente, antes de cortar la comunicación.
Fue justo a tiempo, porque era su turno de hacer su pedido. La atendieron con celeridad.
Pero al retirarse, aún había mucha gente en el local. Su cartera elegante colgaba de su brazo izquierdo, en el que también sostenía los múltiples folletos que había adquirido en su peregrinaje por diversas clínicas… Con su mano derecha sostenía su café.
Un carrito que llevaba un bebé, empujado por una madre que trataba de encontrar un lugar entre las mesas, mientras su marido buscaba el café para ambos, atravesó su camino. Amelia retrocedió unos pasos para evadirlos y al girar repentinamente colisionó contra alguien, haciendo que las pertenencias de ambos cayesen al suelo…
Sus folletos comenzaron a humedecerse con su café, que también terminó derramado sobre un embaldosado gris con betas negras.
— ¡Rayos! — profirió de inmediato, contrariada por el incidente.
— ¡Oh, lo siento! — se disculpó el individuo con el que había chocado.
Al levantar la vista, dudó por algunos segundos, porque le resultó familiar. Entonces, cuando le sonrió cálidamente lo reconoció… ¡El sujeto de la pizza! ¿Cómo rayos se llamaba?
Se sintió un poco avergonzada, cuando él sí recordó su nombre.
— ¡Amelia!
Sonrió atontada.
— Si, soy yo.
Se inclinó en el suelo para rescatar alguno de esos papeles, cuando notó que su café también había manchado un legajo que traía su interlocutor.
Gentilmente, se dispuso a ayudarla.
— ¡Cuánto lo siento! — repuso él.
— ¡Descuida, no es nada!
Un empleado trajo de inmediato un trapeador para limpiar el desorden.
Sacudieron en el aire las hojas, y el expediente, comprobando que el daño era mínimo.
— ¡Permíteme compensarte, te traeré otro café!
— ¡Olvídalo! Realmente no importa… No le deseo hacer esa fila otra vez, ni a mi peor enemigo. No acostumbro venir a negocios como este, no sabía que tan atareados pueden estar.
— No te preocupes, haré que nos hagan una excepción. Espérame en una mesa.
Parecía decidido, así que no le insistió para que desistiera. Mientras acomodaba el papelerío de ambos, lo vio llegar hasta la caja, sonreírles a las empleadas al tiempo que les hablaba, logrando que le concediesen su pedido sin objeción alguna.
Se notaba que era un individuo encantador, un seductor natural, que influía poderosamente en el sexo opuesto.
Regresó y se sentó junto a ella.
— ¿Macchiato con caramelo?
— Si, ese mismo. — volvió a sonreír, sintiéndose tonta. — ¡Gracias! — después le extendió el legajo, en cuyo frente se notaba el logo de un banco, que conocía muy bien.
— Veo que tienes cosas de clínicas de fertilidad… — comentó él ni bien les dio un vistazo casual.
— Si… Es que yo…– contestó ella bajando la mirada, sin saber qué decir. Él se sintió incómodo, una vez más.
— ¡Descuida! ¡No es de mi incumbencia!
— ¡No! ¡Está bien! — dijo cohibida, pero con toda la intención de que sus planes no se percibieran como un tabú, se explicó sin restricciones. — Es que, deseo tener un bebé. Estoy haciendo los preparativos.
— ¡Un bebé! — exclamó. — Pues bien, ¡que tengas suerte, entonces! — repuso, levantando su café brevemente, deseándole lo mejor.
— ¡Gracias! Sé que suena raro, pero es algo que me da mucha ilusión.
— ¡Te comprendo! Aunque, si no te molesta que te lo diga. También me preguntaba por qué, una hermosa mujer cómo tú, va a hacerlo sola.
— Es que ya no puedo esperar por mi compañero ideal, he decidido que ya es el momento.
El individuo le sonrió irradiando una honesta empatía, sin dejo alguno de prejuicio o de crítica ante lo que otros juzgarían como descabellado.
— Pues, ¡bien! Si es lo que deseas para ser feliz… ¡adelante! ¡Hazlo realidad!
— ¡Vaya! Se siente bien escuchar alguien que me apoya. Desde que lo decidí, mi mejor amiga me ha dicho que estoy loca. Y mi hermano, aún no me dice nada, pero creo que piensa igual.
— Sé paciente con ellos, seguramente se preocupan por ti… No te tomes sus opiniones como algo personal.
— ¿Tú crees?
— ¡Totalmente!
Amelia trató de recordar el nombre del sujeto. Lo tenía en la punta de la lengua, sonaba agradable y bíblico… Podría preguntárselo, pero sería mejor que lo recordara… Decidió indagar algo sobre él.
— Veo que vienes de un banco.
Miró por segundos su legajo y en su rostro se dibujó un mohín sarcástico.
— De negociaciones infructuosas con uno…
— ¿Te rechazaron un préstamo? — pudo adivinar.
— Así es. Aunque presenté referencias intachables, al parecer no ofrezco el perfil más confiable, para la cantidad de dinero que solicito. Mi exitosa carrera como bailarín exótico, al parecer no es suficiente para ser acreedor a ese dinero.
— ¡Lo lamento! ¡Sé lo frustrantes que pueden ser los bancos! — comentó ella con honestidad— ¿Es mucho lo que necesitas?
Sin prejuicio alguno, le entregó el legajo y le permitió abrirlo. Amelia les echó un vistazo a las primeras hojas, y al leer una carta con la que rechazaron su solicitud, comprobó dos cosas.
La primera, que su nombre era Bautista Germán Hidalgo. Se propuso no volver a olvidar ese nombre otra vez. La segunda, que la cifra solicitada era muy grande. ¡Demasiado!
Era evidente que ninguna institución bancaria, le confiaría semejante dinero, sin el apoyo adecuado.
— La cifra que solicitaste… ¿para qué la necesitas? — preguntó — Digo, si lo puedo saber.
— Es para algo urgente, de vida o muerte… Sólo eso te puedo decir…
— ¡Vaya! Lamento que te lo negaran…
— En realidad, no los culpo. Soy un don nadie, no tengo nada. Ni yo me lo prestaría, si estuviese en su lugar. Pero tenía que intentarlo…
Notó el pesar en su mirada. Aunque no lo conocía, le pareció sincero… Pero al mismo tiempo notó la hora que era. Debía regresar a la empresa, tenía una importante reunión de directorio a la que no podía faltar. Se puso de pie.
— Bautista, debo irme. Pero me gustaría ayudarte. Quiero saber más sobre lo que necesitas. ¿Qué tal si me llamas? — dijo mientras le extendía su tarjeta.
— Amelia, te lo agradezco. Pero yo…
— ¡Llámame! — insistió ella mientras se alejaba.
Se encaminó hacia su coche, pero le dirigió una última mirada, que no se debió solo a su indudable atractivo. Era por algo más que no podía definir con palabras. Fue suficiente para que deseara volver a saber de él.
Pero lo que no supo fue que, al desaparecer de su vista, Bautista rompió su tarjeta. No tenía ninguna intención de pedir ayuda. Era su problema, y no involucraría a nadie en sus asuntos. Ni siquiera a esa gentil desconocida.