Entró en la enorme habitación de techos altos a paso lento como suspendida en una nube. Llevaba su maleta pequeña en la mano mirando al rededor las camas impolutas de sabanas blancas y edredones verdes, la suya quedaba casi en medio no había nadie más y el sol de las últimas horas se filtraba por la única ventana del lugar, aquella por donde se había escapado muchas veces. Se sentó colocando con cuidado su maleta sobre la cama y se dejo caer mirando fijamente las gruesas columnas de madera del techo, sonrió por instinto cerrando sus ojos permitiéndose recordar hacia apenas unos minutos cuando él le había dicho que la amaba, sus hermosos ojos azules la miraban fijamente con tanta sinceridad que tenía que ser cierto. La amaba. Pensó en la primera vez que se lo dijera la noche anterior entre

