Las nubes se amontonan, tan juntas unas de otras que crean un cielo blanco perfecto, liso, como si se tratara de un techo lijado y enyesado que refulge con la luz del sol pero no la deja pasar a través. El canto de los pájaros se oye lejos pero, cada tanto, alguno pasa sobre mi cabeza atrapando mi atención durante unos momentos, una atención que ya no sé dónde depositar. El saco n***o y el grueso vestido marrón me cubren del viento, pero no evitan que me de uno que otro escalofrío bajo la permanente sombra de las nubes. La noción del tiempo se me escapa y, a los pocos minutos, me da la impresión de que llevo esperando horas. Cuando efectivamente una larga hora transcurre y yo, sentada en un costado del sendero que va hacia la ciudad, comienzo a dar cabezadas, la veo acercarse con un vestid

