La ciudad es un hervidero de gente. O, al menos, lo es el sector de la ciudad a la que yo me dirijo. La gente grita precios, charla, compra, se mueve e incluso se pelea con los demás. Meterme de nuevo allí, en esa feria, es como entrar en una pesadilla. Sin embargo, entro. Dejo la bicicleta prestada en un rincón donde no moleste y, como si fuera una más de todos ellos, me introduzco en la multitud de gente e intento no perderme en la masa de personas, intento separar mi ser y caminar con normalidad. Luego de unos minutos ya puedo andar sin chocarme y, luego otros más, comienzo a ser capaz de distinguir las cosas sin marearme. Busco entre los rostros, en los locales, entre las voces… Tardo en encontrarlo, pero no se me hace difícil. Casi media hora después doy con él, a un costado de la fe

