Por eso mismo, hoy estoy aquí. Supongo que casi no ha pasado el tiempo, pues estoy arrodillada y él, con lágrimas de resignación en los ojos, me tiende una mano para ayudarme a levantarme. Parece indeciso entre el miedo a mi reacción, el dolor, la culpa y la certeza de saber cómo voy a actuar a continuación, la expectativa, el conformismo ante un camino cerrado. No tomo su mano. Me cuesta, como siempre, procesar todo lo que acabo de ver; mi mente no acaba de interpretar el desgarro que siento en el pecho, tarda en comprender mis propias lágrimas. Me dejo caer al piso, sentada, y retrocedo, con la vista fija en algún punto muerto, sin ver nada, perdida, aterrada ante la idea de procesarlo todo, de aceptarlo. Si estuviera al borde de un barranco de nuevo, tal vez sería todo más fácil, más

