CAPÍTULO VEINTICUATRO Reece se arrodilló en la oscuridad de la noche, en la cima de los acantilados, acunando el cuerpo de Selese en sus brazos, como lo había hecho durante horas, entumecido por el frío y el viento y el mundo que lo rodeaba. Miles de personas sostenían antorchas en la noche, era una procesión de funeral enorme, todos apiñados alrededor de la tumba abierta, todos esperando silenciosamente, con paciencia, a que Reece soltara el c*****r de Selese. Pero Reece no podía soltarla. La había estado sosteniendo durante horas, llorando tanto que ya no le quedaban lágrimas para derramar y tenía una sensación de vacío. Todavía sentía que había sido su culpa. Cuán estúpido, imprudente e irresponsable había sido al ceder a sus pasiones en las Islas Superiores, ¿cómo se había incluso a

