Mélite vivía familiarmente con los hombres, y sólo las buenas gentes, o sus amigos íntimos, no sospechaban que se dedicase a la galantería. Su aspecto, sus palabras ligeras, sus modales libres, confirmaban de sobra esa prevención. El marqués de Trémicour deseaba mantener una relación con ella, y había presumido que no le costaría mucho conseguirlo. Es un hombre que debe esperar más que cualquier otro del capricho de las mujeres. Es magnífico, generoso, lleno de ingenio y de buen gusto, y pocos hombres pueden jactarse con razón de igualarle en cualidades. Pese a tantas ventajas, Mélite se le resistía. No comprendía él aquel capricho. Ella le decía que era virtuosa, y él respondía que nunca creería que lo fuese. Entre ellos había una guerra continua sobre ese punto. Finalmente, el marqués la

