Comencé a temblar y las manos me sudaban de la emoción. ¡Era el profesor Williams! Su voz era inconfundible para mí, todavía recordaba esa única clase que tomé con él, ni siquiera pude poner atención a lo que decía, lo único que quería era mirarlo y, aun así, recordaba cada palabra que salió de su boca. Gracias a él había conocido a Víctor Hugo y en poco más de dos años “Los Miserables” seguía siendo mi libro favorito, lo tenía bajo la almohada y cada vez que pensaba en él, abría una página y volvía a leer esa maravillosa obra, una historia de sueños rotos, amor no correspondido, pasión, sacrificio y redención. —¡Vienen para acá! —Susurró Lucy sacándome abruptamente de mis pensamientos, me tomó de la mano y me jaló hacia ella para que emprendiéramos la huida. No logré ver un balde llen

