—Soy un imbécil —confieso, ante la mirada de desaprobación que me lanza la pequeña rubia que se encuentra al lado de la puerta. Hacía muchos días que no la veía, de hecho, después del incidente, esta era la primera vez que la veía, y estaba tan diferente, que no parecía ser ella. Su abultado vientre ya no la acompañaba, se veía demacrada y con grandes ojeras, tal parecía que los trillizos le estaban dando mucho trabajo por hacer. —No voy a quitarte la razón —contestó mi hermana, alejándose de la puerta para acercarse a mí. Se sentó en el borde de la cama y se inclinó a darme un tierno beso en la frente. —¿Cómo te sientes, enano? —¿Enano? —bufo. —Calla, así te decía cuando eras un infante de 13 años —sus ojos se aguaron, una pequeña sonrisa llena de tristeza se abrió paso en sus la

