—Te ves mejor. —Sí, la verdad es que me siento mejor. Continúo cepillando el corto cabello rubio de la chica que se sienta con las piernas cruzadas en el frío suelo de esa pequeña habitación blanca. —Últimamente has estado muy amable —afirma—, casi no te reconozco. Me encojo de hombros y observo sus delgaduchos brazos, los cuales sobresalen del camisón blanco del hospital psiquiátrico en el que aún se encuentra. —No tengo ganas de continuar castigándote. —¿Ya has logrado perdonarme? —Ni en un millón de años lo lograría —contesto de inmediato—, pero digamos que entendí a que fue tu locura la que te llevó hacer semejantes atrocidades. Ella guardó silencio. Sinceramente Tara se encontraba mejor a diferencia de la última vez que la había ido a visitar. Su cabello había crecido un

