8. Un brindis intenso

1243 Palabras
Me preparé desde temprano. Fui a un centro de belleza, para peinarme porque no tenía nada para ello en las valijas. También me compré un nuevo perfume, uno barato y bonito, tenía una fragancia dulce como cítrico. Siempre me gustó ese perfume. Llevé toda la mañana eligiendo la ropa. Decidí usar una mini falda de jean y una blusa con cuello tortuga por encima del ombligo. Estaba lista. Salí del hotel. Saqué un cigarrillo y fumé en la entrada, esperando que tu auto viniera a buscarme. Estaba calmada. Miré a la gente del hotel, había varias personas entre cincuenta años que tomaban sus vacaciones lejos de los hijos mayores y los trabajos pesados emocionalmente. Yo había abandonado todo. Esperaba recuperar mi vida. Tu auto llegó. Apagué el cigarro y me acerque. Abrí la puerta. Era tu chófer, me miró un momento. Me subí por detrás del coche. Pensé que ibas a buscarme vos mismo, donde podríamos hablar sobre la casa del cerro, ya que cambié de opinión. Quería hacerlo. Era mejor, lejos de los metidos del hotel y estar más íntimos. Te escribí que estaba dirigiéndome a tu casa, que luego teníamos que hablar sobre tu propuesta. No me respondiste. Me quedé esperando llegar a tu finca. La casa amarilla, cerca de los cerros de los Andes. Era un día espléndido, con el sol a pleno, el cielo cubría todo con un tono azul. Todo fluía perfectamente. Me sentía poderosa para continuar con mi venganza. Esta era una buena oportunidad. Podría sacar trapitos viejos al sol, en la reunión con tus amigos y la familia. -Hola, Nati, ¿cómo estás?-Me saludó tu prometida con una sonrisa dulce. Tenía un vestido floreado, largo hasta los tobillos y unas alpargatas blancas. Como una pueblerina orgullosa de las tierras.-Vení, pasa. -Gracias, Sofía. Te queda re lindo ese vestido. -¿Viste? Gero dice que me parezco a mi mamá. Es un tonto. Quizás él tuviera razón. Sofía no sabía vestirse según su edad. Parecía quedarse en los años noventa, vistiendo según las tendencias de moda. Pasamos a la galería. Había unas diez personas sentadas a la mesa, mientras el padre de Gerónimo y éste estaban preparando el asado. Saludé a todos, uno por uno, ¡Odiaba acercarme a extraños pero besarlos en la mejilla! Sofía me invitó una bebida fría y unos sándwiches de jamón y queso. -¿Conoces a mi hermana, Natalia?-Dijo tu novia. -No, solo a tu hermano. Thobias. -Ella es mi melliza. Soledad. Su hermana era más hermosa. Tenía una piel tersa, blanca y usaba mejores prendas que Sofía. Estaba sentada con un bebé de unos tres meses, tomando la teta de Soledad. Me presenté con la chica de unos veintitantos. Sofía desapareció, creo que entró a la casa porque la llamaron. Hablé un poco con Soledad, era diferente a Sofía. Me disculpé para acercarme a la parrilla para saludarte a vos, y a tu papá. -¡Qué bueno que llegaste!-dijiste con una sonrisa, olía a carbón y carne asada. -Sí, gracias por enviarme tu auto, Gero. -No es nada, hago todo lo posible para tu comodidad y tu felicidad. No estaba segura de que dijeras todo eso desde el corazón. Tu mirada tenía una expresión de indiferencia, que tenías que fingir delante de tu papá que estabas siendo un hombre correcto y que eras amable con todos. Yo sé la verdad de vos. Tu padre me sonrió, saludándome con un abrazo amistoso, dejándome toda su transpiración en mi cuerpo. Lo cual fue asqueroso. Él nos dejó un momento. Vos me miraste de arriba a abajo. -Te dije que no te vistieras como una perra, Natalia. -Todavía estás caliente, papi. No es nada que tengas que preocuparte. -No me des problemas, Natalia. Te lo advierto. Me hundí de hombros. No tenías idea de lo que iba a pasar con mi presencia en tu almuerzo de amigos y familia. Era mi gran oportunidad para exponer algunos de tus secretos de la adolescencia que nadie sabía, solamente yo. El asado estuvo listo. Todos se sentaron a la mesa. El bebé de Soledad dormía en su cochecito. Todos fueron sirviéndose la carne, ensaladas y bebidas, mientras las conversaciones fluían acerca de tu boda. Me ponía incómoda verte sonreír junto a tu prometida, cuando anoche cogimos dos veces y nos pusimos en pedo. Eso parecía que nunca pasó. La comida me quedó atragantada, tomé tres copas de vino Sauvignon. —¿Cómo estás?—dijo Thobias, sacándome de mis pensamientos. —Hola, todo bien. —Te veo distraída, ¿estás segura que estás bien? —No es nada. Mientras tenga vino, voy a estar bien. La idea era poner la excusa que estaba borracha para revelar tu secreto. Thobias intentó persuadirme que no era la mejor forma de resolver los problemas. No tenía idea. El tiempo era apremiante. Me puse de pie, golpeando mi copa y llamar la atención de todos. —Quiero dar un brindis para la pareja feliz.—dije. Me miraste inquieto que arruine tu reunión —¡Ah, el amor y la juventud son dos cosas que se pegan como imanes! Mira que eras un chupa medias en la escuela y ahora dueño de toda una plantación, no me esperaba verte comprometido, sigo sin creerlo. Y yo como boluda viniendo así. Bueno, al menos no la elegiste por el sexo como la profesora de inglés, ¿Te acordás que te la cogiste? Bueno dicen que la gente cambia, no vuelve al pasado piensan que son únicos, ¿No? —¡Qué hija de puta que sos! ¿Qué te pasa?—dijiste enojado, te levantaste. —Esta borracha, Gerónimo. No creo que diga eso porque tiene ganas—interrumpió Soledad —Se tomó fernet y vino, mezcló todo. Así se le subió todo a la cabeza —¿Qué? No estoy tan borracha. Estoy siendo honesta, lo que Gerónimo no conoce. —¡No puedo creerlo! ¡Ándate de mi casa, loca de mierda! —¡Ah, dale, Gero! No es para tanto—insistió Soledad. —¡Suficiente! Cállense la boca todos—gruñó tu padre desde su silla. Se puso de pie —Vos te calmas, Gerónimo. Y vos, nena, anda a acostarte un poco para que te baje el alcohol. Estuviste tomando como loca. Me miraste, tus ojos se notaba furiosos. El brindis funcionó. Te pusiste nervioso y te levantaste de la mesa. Te acercaste y me obligaste a salir de la galería. Nos alejamos de los demás. Estabas muy enojado. —¿Pero qué carajos te pasa, Natalia? —¿Qué me pasa…? Nada, me duele la cabeza, no grites. —¡Dios, pendeja! Vas a volverme loco. Vamos a hablar de esto otro día —dijiste con nervios—, te veo en la cabaña. Está noche nos vemos. Ahora anda a dormir un poco y disimula que te arrepentis. —¿Qué…? Tan bocina fui, che… —¡Te fuiste a la mierda! Hablaste de más. Ahora voy a tener problemas con Sofía, ¡Dios mío! Me fui a dormir una siesta en tu habitación. Me acosté en tu cama, de tu lado, creo. Sentí una sensación de victoria. Lo logré. Te hice sentir incómodo y humillado fingiendo estar ebria, ¿Qué ibas a hacer ahora? Tenías una discusión con Sofía en la cocina. Yo tenía más planes para seguir con mi venganza. Ibas a darte cuenta que estaba muy cerca de arruinarte la vida.
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