POV Allegra Cacciamani
La sala principal de la mansión Vitale-Bellucci, que horas antes había sido el escenario de una calma tensa, se había convertido en un búnker de guerra en cuestión de segundos.
La voz de mi cuñada Lía al teléfono, confirmando la caída de mi padre, resonaba en mi cabeza como una campana fúnebre. Arrestado. Fraude. Diamantes de sangre. Las palabras flotaban en el aire viciado, pero lo que realmente me helaba la sangre, lo que hacía que mis pies quisieran correr pero se quedaran clavados al suelo, era la mirada de Dante.
No me miraba como a su esposa. Ni siquiera me miraba como a un trofeo molesto o una posesión rebelde, como solía hacerlo. Me miraba como se mira a un cabo suelto. A un error de cálculo que debe ser resuelto con rapidez y frialdad.
No podía evitar sentirme como si estuviera parada en arenas movedizas. Una parte traicionera de mi mente, esa parte instintiva que busca la supervivencia, susurró: Tal vez debiste dejar que Dante consumara el matrimonio. Tal vez, si hubiera dejado que su cuerpo reclamara el mío como lo hizo Darien con Alessia, ahora tendría un escudo. Porque, maldita sea, lo odio. Odio su arrogancia, su violencia, su derecho divino a gobernar mi vida. Pero algo pasa entre nosotros. Algo oscuro y magnético que hace que nuestros cuerpos se atraigan por encima de la razón. Y ahora, sin ese vínculo carnal, yo era solo la hija de un traidor.
—Muévete —ordenó.
Su mano se cerró alrededor de mi brazo con la fuerza de un grillete de acero. No hubo espacio para la réplica, ni para la dignidad. Me arrastró hacia las escaleras, ignorando las protestas ahogadas que intentaban salir de mi garganta y las miradas de los hombres de seguridad que ya estaban desplegándose por la casa.
—¡Dante, suéltame! —grité, tropezando con mis propios pies mientras él subía los escalones de dos en dos—. ¡Tengo que llamar a mi madre! ¡Mi padre…!
—¡Tu padre es un cadáver político! —bramó él, sin detenerse.
—¡Es mi padre! —Sabía que Don Cacciamani no era un santo. Me había vendido, sí. Me había tratado como mercancía. Pero era mi sangre. La idea de él esposado, o peor, muerto, me aterrorizaba—. ¡No quiero que lo maten!
—¡Preocúpate por ti misma, idiota! —Dante abrió la puerta de nuestra habitación con una patada y me empujó dentro.
Caí sobre la alfombra, el impacto sacándome el aire. Antes de que pudiera levantarme, él cerró la puerta con un golpe que hizo vibrar los cuadros en las paredes y echó el cerrojo.
El sonido de la cerradura girando me hizo reaccionar. El instinto de lucha se encendió. Me levanté y corrí hacia la puerta, golpeándola con los puños cerrados.
—¡No puedes encerrarme aquí! —chillé, la histeria arañando mi garganta—. ¡Esto es un secuestro! ¡Tengo derechos!
—¡Esto es protección, niña estúpida!
Dante me agarró por los hombros y me giró con violencia, estampándome contra la madera de la puerta. Su rostro estaba a centímetros del mío, sus ojos verdes oscurecidos por una tormenta de violencia contenida. Podía oler el whisky en su aliento y ver la vena de su cuello latir.
—¿Crees que esto es un juego? —siseó—. ¿Crees que tu apellido te protege? Tu apellido acaba de convertirse en una diana en tu espalda.
—Mi padre es un Capo… —susurré, aunque la certeza se desmoronaba en mi interior al ver la seriedad en sus ojos.
—Tu padre es un fraude —escupió las palabras con veneno, soltándome como si le diera asco tocarme—. Ha estado lavando dinero fuera de los libros del Consejo, robando a sus socios y, peor aún, dejándose atrapar. La alianza por la que nos casaron, esa estúpida garantía de paz, se ha disuelto en el momento en que le pusieron las esposas.
Se alejó, caminando como un león enjaulado por la habitación.
—Ya no eres la hija de un aliado, Allegra. Eres la hija de un traidor. Y en la Cosa Nostra, la sangre de los traidores se limpia, no se mezcla.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Me apoyé en la puerta para no caer. Todo encajaba. Las miradas nerviosas de mi madre en las últimas semanas, las reuniones a puerta cerrada, la urgencia desesperada por casarnos a Alessia y a mí antes de cumplir los dieciocho, incluso violando los plazos lógicos. Nos estaban vendiendo como botes salvavidas antes de que el barco se hundiera. Mi padre no buscaba una alianza; buscaba asilo político para su descendencia y dinero para sus deudas.
—Entonces… ¿me van a matar? —pregunté, mi voz temblando. Miré a Dante, a la pistola que llevaba en la cintura—. ¿Lo harás tú? ¿El Consejo te lo ordenará?
Dante se detuvo. Se giró hacia mí, y por un segundo, vi algo más que furia en su mirada. No era piedad. Era posesión. Una posesión oscura, absoluta y aterradora.
—El Consejo lo exigirá. Dirán que eres un riesgo, que podrías saber dónde escondió el dinero, que podrías hablar con la policía para reducir la sentencia de tu viejo.
Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital de nuevo.
—Pero tú eres una Vitale-Bellucci ahora. Llevas mi apellido, aunque te pese. Llevas mi anillo. Y lo que es mío, nadie lo toca. Ni la policía, ni el Consejo, ni la maldita Serpiente.
Extendió la mano, la palma abierta hacia arriba.
—Dame tu teléfono.
—¿Qué? No. Necesito hablar con Alessia, con…
—¡Dame el maldito teléfono, Allegra! —gritó, y el salto de mi corazón fue doloroso.
Saqué el móvil del bolsillo de mi vestido, mis manos temblando tanto que casi se me cae. Se lo entregué. Él lo tomó y, sin dudarlo un segundo, lo lanzó con fuerza contra la pared opuesta.
El aparato estalló en pedazos de plástico y cristal que llovieron sobre el suelo de madera.
—¡Estás loco…! —jadeé, retrocediendo hasta chocar con el borde de la cama.
—Están rastreando todo. —Su voz bajó, volviéndose peligrosamente calmada—. Si la Serpiente sabe que tu padre cayó, sabe que ustedes son vulnerables. Ese mensaje en la puerta no fue una casualidad. Alguien está dentro, o muy cerca. A partir de ahora, no sales de esta habitación, no hablas con nadie que no sea yo, y no te acercas a las ventanas. Estás en apagón total.
—¿Y Alessia? —pregunté, mi preocupación por mi gemela superando mi miedo por mí misma. Alessia era suave, dócil. Ella no sobreviviría a esto—. Ella no tiene mi carácter. Se va a romper.
—Darien se encarga de ella. —Dante soltó una risa seca—. Reza porque tu hermana sea más dócil que tú, porque Darien no tiene mi paciencia para la insolencia, aunque parezca el hermano tranquilo. Darien protege lo que posee, pero exige sumisión absoluta. Alessia está a salvo, siempre y cuando no se le ocurra abrir la boca.
Eso me dejó fría. Yo siempre creí que Alessia había tenido suerte con Darien. Nunca pensé que el hermano "bueno" pudiera ser tan implacable como este maldito diablo que tengo por esposo.
Dante se ajustó la chaqueta, verificando el arma en su funda sobaquera. La transformación fue instantánea: el esposo furioso desapareció, dejando paso al soldado, al ejecutor.
Caminó hacia la mesita de noche y abrió un cajón. Sacó algo metálico y pesado.
—Voy a bajar a asegurar el perímetro y a hablar con mi padre. Giuseppe y Andrea están blindando la casa. Si alguien intenta entrar… —Me miró fijamente, señalando el arma que había dejado sobre la mesita—. Es una Beretta cargada. Quité el seguro.
Me quedé mirando el arma negr4, un objeto de muerte sobre la madera pulida.
—Si la puerta se abre y no soy yo o Darien, disparas. No preguntes, no dudes. Disparas a la cabeza.
—Yo no sé disparar… —admití, sintiéndome pequeña e inútil por primera vez en mi vida.
No es que sea una inútil, es que mi padre es un maldito dictador y machista que no cree que una mujer sirva para algo más que para lucir bonita, hacer la comida y parir hijos. La única que nos enseñó vagamente a sostener un arma fue madre Gianna, mi suegra, en esas tardes de té donde nos decía que "una mujer Vitale debe saber defenderse". Pero mi madre biológica… ella es solo una sombra que jamás enfrentó a su esposo, incluso cuando nos golpeaba. Y bueno, él nos cambió por conveniencia. Nunca invirtió en nuestra supervivencia, solo en nuestra venta.
Dante soltó una risa seca, sin humor, mirándome con decepción.
—Aprende rápido. Apunta, aprieta y mata. Bienvenida a la familia, cara mia.
Se dio la vuelta y salió de la habitación. El sonido de la llave girando por fuera, seguido de un segundo cerrojo, fue el broche final a mi sentencia.
Me quedé sola.
El silencio opresivo de la habitación me envolvió. Olía a él. A su colonia cara, a tabaco y a ese olor metálico del peligro que parecía emanar de sus poros.
Me dejé caer en la cama, sobre las sábanas de seda gris que nunca habíamos compartido. Pero no lloré. El llanto no me salvaría. Mi mente, que siempre había sido rápida, empezó a trabajar a mil por hora.
Mi padre caído. Mi madre probablemente interrogada o escondida. Mi hermana en la casa de al lado, a merced de un hombre que yo creía conocer pero que ahora me parecía un extraño. Y yo, encerrada con un hombre que me odiaba pero que afirmaba ser mi única barrera contra la muerte.
Me levanté, incapaz de quedarme quieta. Me acerqué a la ventana, manteniéndome pegada a la pared como Dante había advertido, y miré a través de una rendija de las cortinas pesadas.
El jardín estaba sumido en sombras, pero se veía movimiento. Hombres armados, los soldados de los Vitale-Bellucci, patrullaban el perímetro con linternas tácticas. Las luces rojas y azules de la policía en la villa vecina se habían apagado, pero la oscuridad que dejaban era peor. Significaba que ya se habían llevado a mi padre. Significaba que el show había terminado y la cacería comenzaba.
De repente, algo llamó mi atención.
No en el jardín, sino en el reflejo del cristal de la ventana. Un destello sutil dentro de la habitación.
Me giré rápidamente, con el corazón en la boca.
Todo parecía normal. El lujo sobrio, los muebles de caoba, el teléfono destrozado en el suelo. Pero entonces lo vi.
En el tocador, junto a mi cepillo de pelo y mis perfumes, había algo que no estaba allí cuando Dante me trajo a rastras. Algo pequeño y negr0.
Me acerqué despacio, con el corazón martillando contra mis costillas tan fuerte que dolía. ¿Cómo? ¿Cuándo? Dante había estado conmigo o vigilando la puerta. Nadie había entrado.
Era una pequeña caja de terciopelo negr0, similar a las que se usan para anillos de compromiso. Pero no había ningún logotipo de joyería. Estaba allí, inocente y aterradora.
La abrí con los dedos que apenas me obedecían.
Dentro no había un anillo. Había un pequeño auricular inalámbrico, de esos de alta tecnología que se usan para espionaje, y una nota doblada en el mismo papel antiguo que Dante había encontrado en la entrada.
El sello de la serpiente me miraba desde el papel, burlón, rojo y siniestro.
Mis manos temblaban tanto que casi dejo caer la nota. Alguien había estado en nuestra habitación. En nuestro refugio. Antes de que subiéramos. El enemigo no estaba en las rejas; el enemigo tenía llaves. Estaba dentro de los muros.
Desdoblé el papel. La caligrafía era elegante, cursiva y decididamente femenina.
"El León ruge, pero no ve lo que tiene bajo sus narices. Tu padre ha caído, Allegra, pero tú no tienes por qué caer con él. Dante Vitale te ve como una carga, como la hija del traidor. Yo te veo como una socia. Ponte el auricular. Hablemos de libertad."
Miré hacia la puerta cerrada. Podía escuchar voces lejanas abajo, probablemente Dante y su padre discutiendo estrategias de guerra, decidiendo mi destino sin consultarme, tratándome como daño colateral.
Miré el auricular.
Era una locura. Era alta traición contra la familia que me había acogido, contra mi esposo. Era, quizás, una trampa mortal.
Pero también era la primera vez en toda la noche —en toda mi vida, quizás— que alguien me ofrecía una opción, no una orden.
La "libertad" de la que hablaba madre Gianna siempre fue una ilusión dorada, condicionada a mi comportamiento. Pero la libertad que ofrecía la Serpiente… esa olía a peligro real. A poder propio.
Con el pulso acelerado y una decisión fría naciendo en mi estómago, tomé el auricular. Se sentía frío al tacto. Me lo coloqué en el oído derecho.
Hubo un pitido suave, casi imperceptible. Estática.
Y luego, una voz de mujer. Distorsionada digitalmente, pero con una cadencia suave, casi divertida, susurró directamente en mi cerebro.
—Hola, pequeña escorpión.
Dejé de respirar.
—Creí que nunca te lo pondrías —continuó la voz—. Dante tiene razón en una cosa: te ves preciosa cuando estás asustada. Tus pupilas dilatadas, ese pulso en tu cuello... fascinante. Pero te verás mejor cuando seas reina. ¿Empezamos?
Me quedé helada. Sabían que Dante me había llamado escorpión. Sabían cómo me veía ahora mismo.
Nos estaban escuchando. Nos estaban viendo.
La Serpiente estaba en la habitación conmigo.