Capítulo 16

1382 Palabras
Nagisa apenas había pasado los parciales. Y aquello la envió a la clase D para con su segundo año. Todos suponían que esa era la razón por la cual estaba tan furiosa, despotricando en voz baja sandeces y maldiciones en contra de los profesores. Pero, en realidad, lo estaba haciendo por cómo habían enviado a Karma a la misma clase. Karma no se había portado mal con los profesores (bueno sí, un poco), no se había salido tantas veces del salón de clases y no era tan arrogante, pedante o irrespetuosa como ellos decían, bueno, no lo era tanto, no lo era como antes. Ahora tenía una línea que no la dejaba pasar de lo absurdo, de esa personalidad carismática a una trastornada, de júbilo a manía, ella era capaz de controlarse. Pero los profesores habían exagerado todo. Karma no se había quejado, seguía manteniendo esa expresión relajada, y bromeaba con “todo ha sido un plan para quedarme a tu lado, Nagisa”, pero ella sabía, demonios lo sabía, lo enojada y frustrada que estaba Karma por haber sido denigrada de esa forma, porque los profesores estaban molestos y porque había herido el orgullo de la hija de la directora, e incluso el de la misma directora. Una joven que se salta las clases pero que sigue teniendo la calificación máxima. “Es cuestión de disciplina” habían dicho los profesores “como estudiante de Kunugigaoka debe mostrar una actitud profesional”, iban en secundaria por el amor de Dios, no podían obligarlas a abandonar el brío de la juventud, el júbilo de la vida, seguían siendo unas niñas prácticamente. También estaba esa molestia de la incipiente molestia y desconfianza que poseía su madre hacia Karma, y con esta estupidez sólo acrecentaría sus palabras. “Es una mala influencia para mi hija”, “en algún momento se verán las pruebas de lo que te estoy diciendo Nagisa”, “esa tal… chiquilla… Karma, ella sólo te guiará por el mal camino”. Casi podía escucharla murmurar a su lado. Pero, por ahora, en esos momentos, despotricar, maldecir e insultar a todos en voz baja era lo único que podía hacer.  Karma había desaparecido, y los demás no se preocupaban por ello, porque era una actitud ya “normal” en ella, y Nagisa sólo quería estar a su lado, debía ser sumamente difícil para ella recibir tal injusta noticia cuando lo único que quería hacer era impresionar y mantener orgullosa a su madre, quedándose en el top de la clase y con perfectas calificaciones. Pero nadie más entendía eso. Nadie más veía a Karma como ella lo hacía. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus pestañas. Apretaba los puños con fuerza, dos carbones al rojo vivo en su regazo, y se le habían acabado las palabras, sentía que, de seguir hablando, rompería a llorar en cualquier momento, cegada por la impotencia y la frustración que debería estar pasando Karma en ese momento y que ella sentía como propias. Quizás y sólo estaba haciendo un drama, pero era un drama absolutamente necesario; era el drama que Karma jamás se atrevería  a hacer. En este momento, pensó Nagisa al salir del salón de clases (la mayoría estaba celebrando estar en la clase B o en la C, unos pocos se burlaban de ellos porque ellos seguían en la clase A), ella debe estar en la azotea, debe estar respirando y contando, a ella no le gusta llorar. Y lo había pensado seriamente, desde aquellas dos veces (seguidas) no la había visto con los ojos vidriosos o con la sensación de que se rompería en cualquier momento, tenía la mirada despejada, calmada, a veces turbia, pero no con lágrimas. Cuando llegó a las escaleras que daban a la azotea volvió a escuchar a su madre “es una mala influencia para mi hija”, “esa tal… chiquilla… Karma, ella sólo te guiará por el mal camino”; quizás y tenía razón, no habría hecho eso de no haber conocido a Karma, no habría ido a la azotea ni por helados el mismo día, tampoco habría mentido (los camisones estaban limpios, pero quería usar esos, quería ver a Karma así, preciosa y vulnerable, y quería vestirse así para y por Karma). Subió las escaleras con el recuerdo de las pecas de Karma latiéndole en la sien. Y Karma estaba allí, sentada del otro lado de la puerta. Nagisa sonrió al verla, tranquila, apacible, sintió como si todo estuviese bien porque Karma estaba bien. Tenía la mirada despejada. Se sentó a su lado. -       ¿Pasó algo abajo? – preguntó Karma, acercándose más a Nagisa, sus hombros rozándose, sus manos hormigueando por la cercanía sin llegar a tocarse. Nagisa se moría de ganas por estrecharle la mano, decirle que estaba allí para ella. -       No mucho – respondió ésta – siguen contentos – se encogió de hombros. -       Me sabe mal que hayas pasado apenas, siento que soy una mala influencia para ti – Nagisa se giró a verla, consternada, por un momento. Las palabras de su madre, en los labios de Karma, Nagisa sonrió, aguantando la risa. Estaban tan cerca que Karma podía notar el suave calor de su aliento en la barbilla. -       Por supuesto que lo eres – se jactó ella – yo era una dulce señorita de sociedad, ¿qué dirán de mi ahora?, no podré casarme – dramatizó cada una de sus palabras, con un acento algo británico y su voz aguda y chillona. Karma se rió y Nagisa notó una corriente cálida en sus pestañas. -       ¿Qué fue eso? – seguía riendo, Karma no había visto una actuación tan mala, mucho menos que ésta viniese de Nagisa, ella siempre tan propia. -       Te ves más bonita así, riendo – los brazos de Nagisa sostenían su falda por debajo de los muslos – haría mil estupideces mientras sigas riendo – Karma la vio, anonadada e impresionada, sentía su rostro caliente y un hilo de sudor que bajaba por su cuello. -       Cásate conmigo – dijo, de repente, a bocajarro. -       ¿Eh? – -       Mi señorita de sociedad – bufó – te he malcriado y corrompido, lo menos que puedo hacer es tomar la responsabilidad por mis actos. Nagisa, cásate conmigo – El rostro de Karma jamás había estado tan rojo, ni tan sereno, y Nagisa jamás se había sentido tan feliz y tan desdichada. -       Por supuesto – musitó con el ceño fruncido – es lo menos que puedes hacer tras verme en ropa interior, incitarme a dormir en la misma cama sin habernos casado antes, e incluso llevarme a la azotea del colegio en busca de soledad e intimidad – El semblante de Karma se oscureció un poco, pero tan pronto fue capaz de percibirlo volvió a cambiar, esta vez,  con una sonrisa burlona. -       Entonces, ¿me estás incitando? – preguntó entre un ronroneo, la voz baja y ronca, seductora. -       ¿A qué? – de repente, ahora Nagisa estaba avergonzada, arrinconada. -       Tu misma lo has dicho, es un lugar alejado, solitario e íntimo – Karma estaba frente a ella, apretó sus manos contra sus muslos, la tela de la falda arrugándose entre sus dedos – me estás incitando a comerte – Nagisa se sonrojo, jamás pensó que llegaría a este punto, jamás pensó lo mucho que querría llegar a ese punto. Y sintió eso nuevamente, una mirada, un retortijón, un sentimiento a la lejanía que la atravesaba con odio, rencor y muchísima tristeza, casi desasosiego. -       Karma – llamó, con suavidad, en un hilo de voz, casi sollozando. Y ella se rió. -       Lo siento, no pretendía asustarte – besó su sien. Nagisa, aún sonrojada, se levantó. -       ¡A veces eres imposible! – gimoteo, como si volviese a tener ocho años y no le diesen el juguete que quería. -       No me digas – se burló Karma, apenas aguantando otra vez las carcajadas – ¿de verdad?, ¿querías que te besara Nagisa?, ¿me amas tanto así?, ¿querías que te corrompiera? – -       Vete a la mierda – -       Vaya, sí que soy mala influencia para ti –
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