En un estado de agotamiento físico y mental, aterrorizada y sin capacidad de reacción. Así se sentía Casie encerrada en la húmeda casilla de madera en la que el aire se colaba y calaba los huesos. Casi sin muebles, con excepción de una cama y una silla polvorienta, el lugar era la estampa del abandono. Si la sorpresa que había sido encontrarse a Richard en su automóvil había sido mayúscula, si sus amenazas habían hecho que su piel se erizara y su cerebro estuviera en máxima alerta, el viaje agotador y sin detenerse hasta un lugar en la Utah rural había puesto todas sus campanas en alerta. Había confirmado que los planes de Richard para ella eran monstruosos cuando llegaron a un rancho que parecía abandonado, a algunos kilómetros de Salt Lake City y de la que había sido su vida no tanto atr

