Había dado pasos de gigante al venir a su reducto, vestida para seducir, y aunque se esforzó por sonar distendida, se moría de nervios. Probablemente él leyó entre líneas y apreció esa ansiedad y la tensión en el leve temblor de sus manos, una de las cuales envolvió y apretó, para luego llevarla a sus labios y darle un suave beso en la palma. —Puedo ver que te preocupa adónde nos lleva todo esto. Pero es bueno y sigue las mismas reglas con las que venimos jugando. ¿Me crees? —Sí—cabeceó, transportada por su cadencia. Su voz era seda y la calmaba. —Tengo preparada la cena y pretendo que charlemos un poco. Pero antes… La hizo girar y le ayudó a quitar el abrigo, dejándola expuesta de espaldas a él, prácticamente inmóvil y muerta de vergüenza, sintiendo que sus ojos cuales brasas intensas

