El estado de agitación hacía temblar sus manos y su corazón golpeaba en su pecho como un tambor. Parecía estar inmersa en una realidad alternativa en la que sus más locas fantasías y deseos se habían cristalizado. Maniobró con la llave hasta que pudo abrir la puerta y se refugió en el interior de su morada como si la persiguiera un demonio. Nada más lejos de la verdad; había escapado como una cobarde de la confesión más dulce y sorpresiva que había escuchado. Se precipitó a la cocina y se sirvió un vaso de agua, que tomó con lentitud mientras respiraba hondo, procurando apagar el incendio que ese hombre acababa de encender en su interior. Se sentó y apretó ambas mejillas con sus manos algo húmedas para enfriar la piel que parecía arder. En todos los años en los que había fantaseado creando

