—Tal vez te conviene recostarte. O ir al club, con tus amigas a pasar el rato—le sugirió, sin sonreír, con tono duro, aunque bajo.—. Si no puedes disfrutar de tu nieta y tus hijos y tomar esta como una oportunidad para reconectar con tu familia, lo mejor es que no estés en el medio. —No puedes culparme. Me obligaron a aceptar algo que no quiero. —Puedo y lo hago—la dejó sin más, como de habitual fastidiado por su corazón helado. Sus pasos lo llevaron a la cocina, donde la buena de Beatrice miraba el despliegue de personal contratado en su cocina, su reino, con ojos entrecerrados y ceño fruncido. La tomó por los hombros y le dio un beso. —¡Mi niño más bonito! La frase lo hizo sonreír. —¡La misma treta de siempre, viejita! ¿Crees que no sé qué le dices lo mismo a los otros? —No, pero

