Capítulo 4
SOFÍA
Afortunadamente para mí, todo terminó y cuando Max terminó de abusar de mí, la calma se instaló y también una cierta sensación de alivio. Es cierto que después de nuestro encuentro, él fue bastante bueno conmigo. Me ayudó a bañarme y a limpiarme y después, lo último que puedo recordar de anoche es que, me dejó recostada en la cama y él se fue de mi recámara. Ahora es de día y cuando despierto y trato de levantarme, me invade un dolor en medio de mis piernas y un poco en mi espalda. Inspecciono todo a mi alrededor y por primera vez, me fijo en los detalles de la recámara.
De lo primero de lo que me doy cuenta es que, la cama está impecable y que no queda ni rastro de la masacre de anoche, algo bueno al menos en medio de todo el horror que viví. Me levanto con cuidado, a pesar del dolor y al recordar todo lo que pasó anoche, me dan muchas ganas de llorar, pero no puedo permitirme eso ahora. Estoy completamente despejada y no como ayer que estaba bajo los efectos del sedante. Me acerco a la puerta y puedo ver que está cerrada con llave. Me llevo las manos a la cabeza en un gesto de exasperación y cuando estaba dispuesta a seguir explorando, entra a la recámara la misma mujer de ayer, la que me arreglo para ese encuentro atroz. La veo con claridad ahora y me doy cuenta que es una mujer joven y atractiva de más o menos unos 35 años, ella sonríe al verme y entra empujando un carrito y por el olor que despide, sé que me viene a traer el desayuno. Al fin, algo de comer.
—Buenos días, Sofía—me saluda muy alegre—vengo a traer tu desayuno. Sé que puede que no te acuerdes de mí, pero nos conocimos anoche.
—Buenos días—respondo—claro que me acuerdo de ti. Tú fuiste quién me arregló ayer para mi encuentro con el monstruo.
—Me llamo Susan y estaré para servirte exclusivamente a ti como me ha ordenado el patrón—dijo en tono servicial—aquí te dejo tu desayuno. No sé bien lo que te gusta, pero traje un poco de todo para que comas lo que quieras y después, me puedes ir diciendo lo que te gusta para traértelo.
—Gracias, tengo mucha hambre—mi estómago habló por mí—por ahora, me conformo con comer lo que sea que me trajeras, eso estará bien para mí.
—Bien, abriré un poco las cortinas—ella abrió todos los paneles que cubrían la recámara—para que puedas disfrutar las vistas mientras desayunas. Te daré privacidad para que lo hagas y regreso en un momento, ¿se te ofrece algo más?
—No, nada. Muchas gracias.
Susan sonrió nuevamente y salió de la recámara. Yo quería seguir explorando todo, tenía ganas de encontrar algún indicio que me dijera que al menos, tenía una oportunidad de escapar de ahí. Sólo una, pero en ese momento, era más mi necesidad de ingerir algo, después de horas sin comer que, comí la mayoría de lo que llevaba Susan, todo estaba muy bueno. Era una carne asada con guarnición y verduras salteadas, café y jugo de naranja y también un poco de pan dulce. Al terminar fui al cuarto de baño, esperando encontrar al menos un cepillo de dientes para poder lavármelos y me sorprendí al ver que había todo tipo de artículos de higiene personal ahí, variedad de cepillos de dientes, así como pastas y también varios shampoos de distintas marcas y tipos.
Lavé mis dientes y al sentirme mejor, seguí explorando la recámara. Para mi sorpresa, al acercarme a las ventanas, pude ver que se podían abrir. No estaba del todo encerrada y al estar la recámara en un segundo piso, bien podía escapar con ayuda de unas sábanas bien atadas, pero ¿cómo pensaba que podría escapar? Seguramente no tendría una oportunidad. Al ver por la ventana, me pude dar cuenta que no estaba en Guadalajara, mi ciudad natal. Estaba en medio de la nada, pues por lo que pude ver por todas las ventanas de la recámara era que estaba rodeada por sólo árboles y nada más. Abrí los closets y cajones de la recámara en busca de algo que ponerme que no fuera la bata de dormir que me había puesto anoche Max, que solo pensarlo me daba mucho asco, pero no encontré nada y entonces, Susan volvió a entrar a la recámara.
—Veo que el patrón ha acertado en lo que ordenó que te trajéramos para desayunar—dijo Susan muy feliz—te lo has comido casi todo. Te he traído ropa nueva para que te cambies y te dejaré sola para que te des un baño, claro si me necesitas, oprimes este botón de aquí y vendré.
—Susan, por favor—la agarré del brazo—dime, ¿dónde estoy? Y ¿qué hago aquí? Ya me he dado cuenta que aquí, no es Guadalajara.
—Estás en la mansión “El paraíso” —respondió—estamos en una localidad que es del patrón. Es todo lo que te puedo decir.
—¿El patrón? Dime ¿quién es Max? Por favor y ¿qué motivo tuvo para secuestrarme? Susan, te lo ruego. No seas como él, no seas cómplice de un delito. A estas alturas mi papá y mis hermanos deben estarme buscando.
—Y no te van a encontrar—respondió Susan fríamente—estás aquí porque Max te ha elegido y lo demás, ya lo sabrás cuando debas saberlo. Yo estoy totalmente a tu servicio, para todo lo que necesites.
No podía creer que había pensado que, si Susan me ayudaba, yo podría salir de aquí. Ciertamente, Max es una persona muy peligrosa de la que no iba a poder escapar y ahora que ella dijo que mi familia no va a encontrarme, se me ha revuelto el estómago ¿acaso Max les había hecho algo? O ¿se quiere deshacer de ellos? No, eso no puede ser. Susan tiene que razonar, esto que ha hecho Max y de lo que todos ellos son cómplices, no está para nada bien. Me serené un poco y más calmada, intenté de nuevo razonar con Susan.
—No te entiendo, Susan—dije desconsolada—tú eres una mujer y si estuvieras en mi lugar ¿no te gustaría que alguien te ayudara? Esto está mal. Max no puede tenerme aquí en contra de mi voluntad, eso va en contra de la ley.
—El patrón Max, no conoce la ley. Él hace lo que quiere, como quiere y cuando quiere—declaró Susan—siempre ha tenido a la mujer que quiere a su lado y ahora te quiere a ti.
—¿Qué tengo de especial? Sólo soy una mujer común y corriente. No puedo creer tu actitud—grité histérica—deberías apoyarme. Entre mujeres debemos ayudarnos, no sé ¿cómo puedes estar de acuerdo con este demente?
—Porque él, salvó mi vida. Ahora me voy—dice alejándose de mí con el carrito del desayuno—ohh, se me olvidaba. Aquí en este mueble de la sala de tu recámara, hay un librero que tiene bastantes libros, puede que te interese leer alguno y aquí está también el control de la pantalla para que veas lo que quieras.
—Gracias—digo y rompo en llanto—pero, en lugar de estar ahí parada viéndome sufrir aquí encerrada, deberías pensar en ayudarme. Por favor, Susan. Hazlo por todas esas mujeres que han sido secuestradas y violadas como lo he sido yo y por las que nadie pudo hacer nada, tú puedes marcar la diferencia y evitar que yo siga sufriendo aquí. Te prometo que no levantaré ningún cargo contra ti.
Susan me mira con un poco de tristeza y sentí que, a lo mejor, todo lo que le dije había movido algo en ella. Sigo llorando desconsolada sintiendo que el mundo colapsa bajo mis pies, sintiendo que estaré en esta prisión hasta que a Max se le de la gana y entonces, Susan pone su mano en mi hombro como queriendo consolarme y siento algo de esperanza, una que se desvanece a escuchar sus palabras.
—El mejor consejo que te puedo dar, Sofía es que te portes muy bien con el patrón Max—dice muy tranquila—es la única forma en la que podrás seguir con vida. Toma ese consejo como mi ayuda para ti. Hasta más tarde, Sofía.