Capítulo 7

1359 Palabras
Capítulo 7 MAX Las cosas con Sofía, iban mejor de lo que me podía imaginar. Había sido ella quién me pidió pasar la noche a mi lado, siendo eso un gran avance. Me levanté del mejor humor posible y la estaba admirando dormir todavía, cuando mi celular me sacó de ese momento tan hermoso en el que admiraba la belleza de Sofía. —¿Diga? —respondí de prisa al ver el nombre de quién llamaba—señor Rojas gusto en saludarlo ¿cómo se encuentra? —Días, Max—respondió en tono siniestro—para mí, no son buenos y siento mucho lo que te diré, pero no pienso volver a hacer negocios contigo. Tenía razón mi gente, al decirme que tú no llevabas el negocio como lo hace tu padre, pero yo quise darte mi voto de confianza. —No sé de lo que me habla, ayer envié la mercancía ¿tiene algún inconveniente? Nada que no podamos solucionar—dije resolutivo—no pienso defraudar la confianza que me ha dado, especialmente porque usted siempre hacía los negocios con mi padre. —Es por eso mi molestia. La mercancía es hora que no ha llegado, Max y siento mucho lo que voy a decirte, pero tienes dos horas para que yo la tenga en mis manos o es la primera y la última vez que hago negocios contigo. No me puedes entregar ni unos cuantos kilos ¿qué será con un pedido más grande? —Ahí la tendrá, le doy mi palabra—aseguré. Corté la llamada, muy alterado. No podía creer esto, mi gente es una inepta y una irresponsable. Les había encargado especialmente este pedido y no supieron acatar mis órdenes. Salí de mi recámara y me fui a mi despacho, dispuesto a llamar a Jerry para pedirle una explicación. Mi hombre de confianza, estaba al mando del operativo, pero al marcar su número, él se manifestó detrás de la puerta con un semblante de muerte. —Buenos días señor, permiso—dijo al entrar con esa cara de preocupación—hubo un problema con el traslado, les han robado la mercancía a Claudio y a Adolfo. —¿Qué? Son unos imbéciles todos—grité—Jerry, no lo puedo creer de ti. Debiste avisarme enseguida, con razón el cliente acaba de llamarme y me ha dicho que no recibió la mercancía. Ahora me quitas esa cara y vas y arreglas esto. Te pago muy bien para que hagas las cosas y ya después que lo arregles veré qué castigo te voy a imponer. —Sí, señor. Será como diga. —Otra cosa—dije furioso—necesito a esos dos, a Adolfo y a Claudio ante mi presencia ahora mismo. Los veré en el jardín. —Señor, sé que ellos han hecho mal. Se han bajado a cenar en un lugar y no aseguraron bien la carga y se llevaron la camioneta con la mercancía. Pero, eso no amerita lo que ambos sabemos que va hacer con ellos—Jerry rogó por ellos—por favor, sólo deles un castigo. Nunca le pido nada y ahora, me atrevo a pedir una prórroga para ellos, puede ir descontando de sus sueldos hasta que paguen por las pérdidas. —Nada paga que yo me haga de una mala fama con un cliente—dije furioso—ahora vete y soluciónalo o ¿quieres estar con ellos en el jardín? —No señor, permiso. Me quedé caminando en mi despacho de un lado a otro como león enjaulado. No iba a estar en paz, hasta saber que el señor Rojas tuviera la mercancía en sus manos, eso era la prioridad por ahora. La otra prioridad, era darle a Sofía cuanto antes, lo que ella me había pedido. Ayer habíamos dado un paso en dirección correcta y mientras ella estuviera feliz, pronto estaría enamorada de mí. Marc y Susan, fueron llamados a mi presencia y ambos tomaron asiento cuando se los indiqué. —Usted dirá patrón—dijo Marc—¿qué necesita? —Necesito que compren varias cosas para montar un taller de alta costura en la mansión—ordené—es para Sofía. Aquí tienen la tarjeta de la persona que va a ayudarlos, tienen que llamarle y decirle que llaman de mi parte. —Claro que sí, patrón—Susan sonreía con coquetería, siempre ha estado loca por mí—lo que usted ordene ¿cuándo necesita las cosas? —Cuanto antes, quiero que todo esté montado para hoy en la noche. Así que vayan, tienen trabajo que hacer—les indiqué—hasta más tarde. —Por supuesto, permiso patrón. Una vez que arreglé lo de la petición de Sofía, tomé una de las muchas armas de mi colección y salí al jardín. Ahí ya estaban Adolfo y Claudio esperándome y por las caras que tenían ambos, sabían que su fin había llegado. Me acerqué a ellos y ambos se miraban temblando de miedo, al tiempo que les pasé mi arma desde la cabeza hasta llegar al cuello. —Unas últimas palabras que quieran decir—les di la oportunidad de decir adiós—odio las despedidas, pero no puedo tener trabajando conmigo a gente que no es capaz de comprometerse y de hacer su trabajo. Espero su última cena, fuera de su agrado. —No patrón—imploró Claudio llorando—no nos mate. Fue un descuido y fue un accidente, tengo familia. Mi madre está enferma y… —No me importa tu vida, mucho menos tu madre—lo vi con desprecio—hoy vas a morir, ambos van a morir. —Patrón, no se condene—dijo Adolfo—por favor. Castíguenos o haga lo que sea, pero no nos quite la vida. Se lo ruego, por lo que usted más quiera. Trabajaremos gratis hasta pagar lo que nos robaron. No les dije nada más, me separé de ellos a distancia prudente, mientras eran preparados para lo que se venía a continuación. Otro de mis hombres les cubrió las cabezas con una bolsa y los puso de rodillas en el pasto, esperando el final. Pero, este se prolongó cuando Jerry llegó a darme un aviso. —Señor, ya está listo todo con el señor Rojas. Él ya tiene la mercancía en sus manos—Jerry suspiró aliviado—he reparado mi error. —Así me gusta, ahora te vas a quedar aquí conmigo a ver el espectáculo—le ordené—para que veas como termina, la gente que no me es leal y la gente que no sabe acatar órdenes. —No creo que esto, sea necesario—dijo Jerry—señor, yo no quiero presenciarlo. —Lo lamento, pero yo quiero que lo presencies. No di tiempo a que Jerry dijera nada más, solté una ráfaga de disparos a Claudio y a Adolfo y ambos se sacudían al tiempo que recibían los impactos, hasta que finalmente cayeron sin vida en el pasto. Jerry trató de disimular, pero me di cuenta cuando se secó una lágrima. —Jerry, ocúpate de limpiar todo esto—le ordené. Le di a otro de mis hombres mi arma para que la limpiara y cuando iba caminando, dispuesto a entrar en la mansión para poder desayunar, un grito me detuvo. —Noooooooooo. Era Sofía, se me fue por completo que ella estaba en mi recámara y al levantar la vista la vi, ella había observado toda la escena desde el balcón de mi recámara y a los pocos segundos de ese grito, pude ver como ella se desplomó en el piso del balcón. Sin pensarlo, corrí por toda la mansión como un loco desesperado, hasta llegar a mi recámara y lo primero que hice fue levantarla y llevarla en mis brazos a la cama. —Sofía, por favor háblame ¿qué tienes? Despierta por favor. Al ver que no había reacción en ella, llamé a otro de mis empleados para pedir que fueran por el doctor. En ese momento me odié a mi mismo, no quería que ella presenciara algo como eso y si le pasaba algo, nunca me lo podría perdonar.
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