Capítulo 4. Eddy, amigo, ¿cuándo aprenderás?

1473 Palabras
Entrar en la sala VIP no fue tarea difícil. Rigo, un sujeto bajo, regordete y sin cabello en el centro de la cabeza, era amigo del dueño de la discoteca. Este era uno de sus clientes gracias a la venta de estupefacientes y medicinas sin récipe. A Eddy y a Leroy los conoció en una fiesta en un club de apuestas en medio de un allanamiento policial. En esa ocasión, cuando los presentes descubrieron a los oficiales, corrieron en bandada acabando con los muebles y la decoración. Rigo desde niño siempre fue lento y torpe para las carreras, cayó al suelo, siendo aplastado por algunos y estando a punto de ser atrapado por los policías con los bolsillos llenos de droga. Eddy lo rescató y, junto a Leroy, lo sacó por una puerta de servicio. Él les agradeció el gesto, pero, al enterarse de que ambos eran periodistas, les servía de informante para que hallaran algunas exclusivas. Por eso los acompañaba esa noche en la discoteca. —No se pueden acercar, o los volverán cenizas. Los guardaespaldas son criminales con largo prontuario —les advirtió paseándose por el lugar con disimulo—. Si eso pasa, no tendrán escapatoria. En un rincón se hallaba, sentado en muebles tipo lounge, Kevin Patterson, el hijo de uno de los congresistas del estado. Un chico alto, pecoso y rubio, que se comportaba como si fuera una estrella de Hollywood. Lo acompañaban un trío de mujeres, bellas y esculturales haciéndoles la corte. A su lado se encontraba el sujeto que Eddy y Leroy perseguían: Jimmy Carter, un joven de mirada escurridiza que no paraba de fumar puros manteniendo la cabeza baja, para que la visera de su gorra le tapara la cara. —Aquí estamos bien —comentó Leroy, y se sentó en un sofá al otro extremo de la sala, frente a ellos, con una sonrisa perversa dibujada en los labios. Aquel encuentro era el que necesitaban para dar fuerza al artículo que preparaba con Eddy para el diario. Despachó a Rigo con un movimiento de manos, ya que este se notaba ansioso por atender a sus clientes que ese día estaban más ebrios que de costumbre y pedían mercancía sin parar. Enseguida comenzó a preparar su cámara para tomar fotos de la reunión. —Hay demasiada seguridad —se quejó Eddy. —Será por lo que nos comentó Steven. Esta gente debe estar en algo más gordo que un simple contrabando de información —disertó Leroy, haciendo referencia a su jefe en el diario. Eddy intentó ponerse cómodo a su lado, pero su inquietud se lo impedía. Sentían que estaban lejos y quería imágenes claras y detalladas. Nunca había investigado a políticos, su especialidad eran los asesinatos y robos, o las guerra entre bandas, pero su jefe le había impuesto aquel caso como represalia por tomar las instalaciones del diario para tener sexo con las editoras, ya que le pareció aburrido y eso fastidiaría al periodista. Sin embargo, pronto descubrieron que la noticia era más grande de lo que habían supuesto y resultaba apasionante. No solo había sospecha de contrabando de influencias para enriquecimiento ilícito de reconocidos funcionarios públicos, sino que existía la posibilidad de que Jimmy Carter formara parte de una red de corrupción que involucraba a altos cargos de la ciudad, entre otros escándalos menores. Esas fotos de Carter con el hijo de un renombrado congresista, serían de gran interés. Se quitó el abrigo al sentirse acalorado y llamó a una anfitriona para solicitar un trago. —¿Vas a empezar? —reprochó Leroy. El moreno tenía programado estar allí solo unos minutos, tomar las fotos y salir sin meterse en problemas, pues había demasiada seguridad, pero supuso que la intención de Eddy era otra. —Tenemos que disimular —rebatió el aludido—. ¿Ves la cantidad de guardias que hay en el salón? Seguro hay más afuera y no dejan de vigilar a cada ser humano que está dentro de esta sala. Si nos ven sospechosos, se llevaran al niño rico, y con eso Carter se irá haciéndonos perder la exclusiva. —Con un par de fotos estamos hechos —alegó y activó la cámara. —Un par, no —exigió—. Necesitamos más, que den la impresión de que Jimmy le pasa información a Patterson. Leroy comprimió el rostro en una mueca de disgusto. —Esa rubia que está sentada en medio impide que se note que la conversación es confidencial —se quejó y señaló con la mandíbula a la susodicha. Eddy sintió terror al escuchar que su amigo mencionaba la presencia de una rubia. Eso le hizo recordar a la mujer demoníaca que lo había abordado en la pista minutos antes. Respiró con alivio al percatarse que se trataba de otra, una rubia de nariz afilada y mirada severa cuyo vestido ceñido revelaba un cuerpo atlético que parecía muy maduro para el trabajo que desempeñaba. Lo habitual era que las damas de compañía que contrataban los ricachones para asistir a una discoteca fueran universitarias desinhibidas de figura escultural, y esa mujer, aunque tenía una anatomía de infarto, debía pasar de los treinta. El gesto implacable que poseían sus facciones la delataba. —Maldita sea. Si saliera de allí los chicos podrían demostrar más intimidad al hablar, así las fotos serían reveladoras. Ahora solo parece la reunión de dos jovencitos con putas —masculló Leroy, al tiempo que tomaba algunas imágenes con disimulo. Una anfitriona llegó con un par de vasos de whisky. Luego de entregarlos, quiso retirarse, pero Eddy la sostuvo de un brazo obligándola a detenerse. Sacó una pequeña libreta de su abrigo y un lapicero para escribir con rapidez una nota. —¿Ves a la rubia que está sentada en medio de esos dos chicos? —preguntó cuándo ella se inclinó. La mujer dirigió su atención hacia el lugar que él le señalaba con la mandíbula y arqueó las cejas con sorpresa. —Sí. —Llévale un trago de mi parte y esta nota. La anfitriona se mostró incrédula. —¿Estás seguro? —Muy seguro. La mujer alzó los hombros con indiferencia. —Lo haré, pero dudo que te preste atención —expresó con una sonrisa de superioridad—. Está trabajando —susurró antes de marcharse. Leroy ahogó una carcajada, pero casi enseguida se mostró severo. —¡Qué idiota! Eso atraerá la atención de esos sujetos hacia nosotros. Pueden sospechar. —Tranquilo. Esos niños están pendientes de otras cosas, se creen intocables. Leroy bufó con nerviosismo. —Tú siempre restándole seriedad a las cosas. ¿Crees que vas a lograr que esa puta atienda tu nota y se quite de allí? Ya te lo dijo la anfitriona: está trabajando —se mofó. Eddy sonrió con arrogancia sin quitarle la vista de encima a la rubia entrometida mientras veía cómo la anfitriona le llevaba el whisky y le entregaba la nota. Observó como ella se mostraba extrañada al principio y arrugaba el ceño con molestia cuando el hijo del congresista quiso saber de qué se trataba, inclinándose para cotillear. Después de que ambos leyeran la nota, donde la invitaba a pasar una noche de «verdadero e inagotable placer», la anfitriona señaló a Eddy. El periodista se estremeció al recibir sobre él la mirada furiosa y penetrante de aquella mujer. Kevin Patterson se carcajeó, pero ella no parecía nada emocionada. Hizo una bola en su mano con el papel y lo hundió en la bebida que él le había obsequiado sin dejar de observarlo con furia. Jimmy Carter dirigió su atención a ellos y arrugó el ceño con nerviosismo al ver a Leroy con la cámara en la mano dirigida hacia ellos. Se bajó la visera de la gorra y se levantó del sofá, marchándose sin despedirse. —Maldita sea, ¡Eddy! —bramó Leroy, pero trató de disimular su enfado coqueteando con un par de chicas sentadas en un sofá contiguo. Los guardaespaldas de Patterson los evaluaban con atención. Eddy apretó la mandíbula con rabia y siguió con la mirada a Carter mientras este salía a toda prisa de la zona VIP. Luego regresó su atención al sofá, quedando atrapado por las pupilas oscuras y llenas de rencor de la rubia, que estaban fijas en él. Su cuerpo tembló de placer al ser atravesado por la ira que destilaba aquella mujer. Su pene se apretó contra los pantalones y lo hizo sentir incómodo, la ansiedad le bulló en las venas cuando ella se levantó en medio de un resoplido y se fue dando largas zancadas, tras Carter. —Esta no es una dama de compañía —masculló para sí mismo, viendo como ella se perdía entre la gran cantidad de personas que habían asistido ese día a la discoteca. Desapareció entre un mar de disfraces y banderines, dejándolo excitado e intrigado.
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