PUNTO DE VISTA DE CARA
Mi corazón aún latía con fuerza cuando desperté, el sudor pegado a mi piel. Mis ojos recorrieron la habitación y la luz de la mañana se filtraba por las cortinas, suave e indeseada.
El rostro preocupado de Abby flotaba sobre mí.
—¿Cara? —Su voz me trajo de vuelta a la realidad.
Sus cejas se fruncieron, sus ojos se suavizaron mientras tomaba mi mano.
—¿Estás bien? ¿Otra vez pesadillas?
—Sí, lo de siempre —respondí, apartando la mirada para que no notara la mentira. Esta pesadilla había sido diferente.
—Tengo que prepararme —murmuré.
—¿Qué hora es?
—Son las nueve de la mañana. Deberías descansar, Cara —insistió Abby—. Lo que sea que hayas soñado… se te nota en la cara.
—No puedo —dije, obligándome a levantarme—. La reunión es al mediodía y no le daré a Brett la satisfacción de verme flaquear.
—Abby, sé que estás preocupada por Brett y por cómo reaccionará respecto a mi matrimonio con Draven, pero puedo manejarlo. He manejado cosas peores. Unas horas no me romperán —le aseguré.
Abby cruzó los brazos, pero sus ojos se suavizaron.
—A veces, las personas necesitan descansar, Alfa.
Lo dijo mientras salía.
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Enderezando los hombros, miré mi reflejo en el espejo. Con las manos alisé el traje entallado que llevaba y salí de la habitación.
—Cara, querida.
Me giré hacia quien me hablaba.
—Sir Henry —lo reconocí.
—Supongo que te diriges a la sala de reuniones. Todos estamos ansiosos por escuchar qué has decidido, pero sea lo que sea, sé que tomarás la decisión correcta.
—Cuando hablas de decisiones correctas, ¿te refieres a Draven? —dije con una pequeña sonrisa.
—Deberías saberlo, Cara —respondió con una leve sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Henry, por favor informa a los Ancianos que la reunión será en treinta minutos.
—Por supuesto, Alfa.
Hizo una ligera inclinación y se marchó de inmediato, dejándome sola con mis pensamientos en el pasillo.
Mi teléfono sonó y al instante metí la mano en el bolsillo. La pantalla mostró un mensaje de Rosa.
«Alfa Cara, necesito hablar contigo urgentemente. ¿Podemos vernos? En privado».
«Sí. Nos vemos en el café Hilton. Llevaré una gorra azul. 2:00 pm» —le respondí.
Guardé el teléfono en el bolsillo y caminé con pasos firmes hacia la sala de reuniones. Ya estaban presentes.
Estudié sus expresiones. Algunos Ancianos estaban sentados con la espalda rígida, mandíbulas apretadas; otros se inclinaban hacia adelante, con curiosidad brillando en sus ojos. Estoy segura de que se preguntaban por qué había convocado la reunión antes de la hora habitual.
Estaban sentados en su formación habitual de media luna.
—Es bueno ver que todos pudieron llegar en tan poco tiempo.
—Creo que deberíamos haber sido informados antes sobre el cambio de hora, Alfa —replicó el Elder Brett.
—Sí, Alfa. ¿Qué puede ser tan importante que no pudieras esperar a decirlo en el horario acordado? —intervino el Elder Ezra.
Una leve sonrisa curvó mis labios.
—Veo que mi autoridad ya no se teme en este consejo. Soy su Alfa y si quiero una reunión ahora, se hará. No necesito su permiso. No olviden su lugar, Elder Ezra.
—Y respecto a tus creencias, Elder Brett, tengo lugares a los que ir y una manada que dirigir. Espero que mi respuesta sea lo suficientemente satisfactoria para ti.
El Elder Brett cruzó los brazos, ya luciendo esa misma sonrisa presumida de siempre.
—¿Confío en que has reconsiderado el desastre de Silver Fang?
Sonreí levemente.
—Oh, he reconsiderado muchas cosas.
Murmullo se extendió. Estoy segura de que esperaban una concesión, una disculpa. En cambio, dejé que el silencio se alargara hasta que todas las miradas se fijaron en mí.
—A partir de hoy —comencé, con voz firme—, Scarlett Corporations ya no competirá contra Wallace Enterprises.
La sorpresa fue inmediata.
Brett ladró:
—¿Te estás rindiendo ante Draven Wilson?
—No —dije, levantándome de mi asiento y dejando que el peso de mi mirada los mantuviera quietos—. Me estoy alineando con él.
La habitación quedó en silencio.
—Acepto su propuesta de alianza matrimonial. A través de esta unión, nuestras empresas —y nuestras manadas— compartirán participaciones sobre Ridgecrest y Scarlet Haven. Su capital. Nuestras tierras. Un solo imperio.
La Elder Myra frunció el ceño.
—¿Atarías tu futuro —y el nuestro— al mismo hombre que se burló de tu liderazgo?
Sostuve su mirada.
—Se burló de mi poder porque aún no lo conocía.
Hice una pausa.
—Pero lo hará.
Dejé que eso quedara suspendido antes de continuar, fría y afilada como vidrio.
—Wallace sangra recursos con cada proyecto que absorbe. Nosotros le alimentaremos Ridgecrest… mientras construimos Scarlet Haven. Mientras él genera ruido, nosotros venderemos silencio. Mientras él construye fábricas, nosotros construiremos futuros.
Un murmullo lento de aprobación creció, cauteloso pero real. Incluso Brett no interrumpió.
Henry estaba al fondo, expresión indescifrable, con un leve destello de orgullo tras su calma.
Cuando la reunión terminó, dejé caer la máscara por un momento. Mis manos temblaron solo una vez.
Había ganado su fe.
Pero ¿a qué costo?
Al salir de la sala de reuniones, Henry me detuvo.
—Has hecho bien, Cara. Tus padres estarían orgullosos, de verdad.
—Solo hice lo que pensé que era mejor para mi manada y mi empresa —expliqué.
—Sí, está bien. Me alegra que por fin estés escuchándome. Debes olvidar el pasado, Cara, y seguir adelante.
—Ojalá fuera tan fácil como lo dices.
Sonrió, tocando mi hombro.
—Querida, nunca es fácil, pero en algún momento entenderás que todo sucede por una razón.
Me dio unas palmaditas en los hombros antes de marcharse.
Henry siempre ha sido una figura paterna, un escudo inquebrantable, y estoy agradecida de que esté aquí, pero cada vez que dice «olvida el pasado», algo se retuerce dentro de mí.
Me dirigí hacia la casa de la manada. Necesitaba hablar con Abby.
—Alfa —me saludaron varios miembros de la manada al entrar.
—John, ¿has visto a Abby? —le pregunté a mi Gamma.
—No, Alfa. Pasó por aquí hace una hora, pero después…
—Está bien. ¿Cómo están tú y los guerreros? ¿Algo que deba saber?
—No, Alfa, todo está estable —respondió con sinceridad.
Me marché y fui directo al único lugar donde estaba segura de encontrar a Abby.
—Si no te hubiera visto matar rouges tan brutalmente, arrancándoles las extremidades y sacándoles las entrañas, creería que eres una mujer que solo ama las flores y el rosa —rió entre dientes.
— amo las flores. Tal vez no el rosa —mis labios se ensancharon en una sonrisa ante su respuesta.
—Me siento en paz cuando estoy rodeada de flores frescas. Deberías probarlo alguna vez.
—Paso. Las flores no son lo mío. Pero podría ser sobornada con comida —repliqué, haciéndola reír.
—Entonces, ¿qué te trae a mi jardín? Rara vez vienes aquí —alzó una ceja en pregunta.
—Bueno, vine a decirte que me reuniré con Rosa. Dijo que nos viéramos en privado.
—¿Te dijo por qué o de qué se trata?
Negó lentamente con la cabeza.
—No, y por eso tengo que ir.
—Debería ir contigo. No puedo dejarte ir sola.
—Estaré bien. No vine a pedirte que me escoltes. Solo te estoy informando —le dije, con voz llena de autoridad.
—Está bien, pero ten cuidado. Yo me encargaré de las cosas aquí mientras estás fuera.
—Hmm… infórmame si surge algún problema.
—Por supuesto —respondió.
Mientras me dirigía al café Hilton, un extraño escalofrío me recorrió la espalda —como si alguien me estuviera observando.