Mi primera reacción fue reírme, como si no fuese capaz de controlar mis emociones y eso los tapara. Le di un golpe en el hombro, como juego y lo empujé hacia un lado, buscando la mirada de mi madre.
—Tan chistoso que llegó, ¿no? —cuestioné en medio de una risa un tanto forzada, mientras caminaba hacia la salida discretamente.
Sin embargo, mi hermano apareció corriendo y chocó conmigo.
—Señora Parks, alguien la está buscando abajo —dijo mientras miraba su celular—. Perdón Val.
Mi madre carraspeo—. Luca.
—¿Si? —levantó la mirada y se encontró con la de Theodore. Lo miró frunciendo el ceño, hasta que él sonrió en modo de burla, como si con eso le estuviese diciendo quien era—. ¿Theo? —cuestionó, encontrando enseguida la similitud.
Me quedé de boca abierta, sorprendida.
—Mi hermano —se abrazaron los dos como si se hubiesen extrañado más ellos, que yo a Theo. Parecía tan normal para él volverlo a ver, mientras que a mí me estaba afectando en cierto modo.
—¿Soy yo la única que no lo reconoció cuando llegó?, increíble —me crucé de brazos, tratando de entender por qué sus facciones no me parecieron similares y sobre todo sus ojos.
Es que para nada se veía igual.
¿O era por qué yo me lo imaginaba por siempre como un pequeño niño insoportable?
—No debería extrañarte, confundiste a tu padre en el supermercado por una mujer —burló mi madre, poniendo una mano en mi hombro. Ambos hombres presentes sonrieron divertidos.
—Sigues igual de distraída —comentó el pelinegro con una sonrisa extraña.
—Si supieras —bufó mi hermano con muchas ganas de ganarse un puño en el rostro.
—Bueno, Luca, acompáñame a traer algo de comer para Theo. Ustedes tienen mucho que adelantar. Pueden ir organizando juntos la habitación de Theo, para que se pueda establecer —dijo mi madre, como si fuese algo normal de todos los días, pero por la manera en la que evitaba mi mirada, significaba que tenía una intención oculta.
La miré achinando los ojos mientras se marchaba.
—Se lo que tramas —dije inaudible y ella alzó los hombros, desinteresada.
Bufé.
El silencio se estableció en el momento en que mi madre cerró la puerta principal y nos dejó completamente solos, a los dos, después de no haber hablado por casi seis años.
¿Que se suponía que debía decir?
—Y, ¿como has estado Val? —preguntó el pelinegro, rompiendo el abrumador silencio—. ¿Que hiciste estos años? —lamí mis labios, mirándolo de reojo. Este pareció notar que algo no andaba bien y se incorporó—. Sé que hay cosas de las que hablar, pero por ahora preferiría recuperar a la amiga que tuve —se acercó y se hizo a mi lado. Golpeó suave mi brazo con el suyo—. ¿Me ayudas a organizar la habitación y a subir las cosas? —sonrió, invitándome con la cabeza a seguirlo y traté de mantenerme firme, pero no pude durar mucho tiempo al ver ese rostro de idiota.
Una sonrisa se me escapó de la boca—. Bien, vamos.
—Te hice sonreír, que victoria —burló, saliendo y lo empujé.
—Ya basta, camina —lo seguí a la habitación mientras esté iba aparentemente feliz.
Suspiré, recuperando varios recuerdos de su niñez, cuando solo era un pequeño indefenso, pero molesto para mi.
Y ya estaba convertido en un hombre.
Ya éramos adultos.
•••••
Cogí una mochila del carro, pero por poco me fuí de bruces contra el suelo por el peso.
—¿Que llevas aquí?, ¿Piedras? —quejé, llevándolo con ambas manos.
—Si, te las traje de recuerdo —burló y estuve por darle un golpe, pero él escapó mientras trataba de no caerme por el peso de lo que llevaba en las manos.
Llegué al marco de la puerta de su habitación y se paró de la cama donde estaba sentado viendo un cuadro, para acercarse a mi—. Déjame ayudarte.
—¿Enserio?, ¿Cuando ya sentí que los brazos se me quemaron del dolor mientras subía las escaleras? —cuestioné contrariada con su comportamiento.
—Perdón, me distraje viendo una foto —dijo y se alejó hacia la cama, dejando encima de esta la mochila que yo llevaba en las manos.
Abrió la misma, dejando ver que en su interior se encontraban dos pesas bien acomodadas y protegidas por icopor.
Enseguida lo miré con ganas de matarlo.
—Eres malvado —gruñí y me tiré a vengarme por mi sufrimiento, pero él salió corriendo primero y huyó con una sonrisa divertida que me puso más furiosa.
Corrí escaleras abajo, encontrándonos a mi madre y a Luca en el camino. Casi caen con la comida que llevaban en una bandeja, pero me importaba más coger a golpes a Theo.
—¡Ven aquí, Theo, no corras! —grité mientras lo seguía a la cocina. Se hizo al otro lado del comedor, toreandome con una risa que no podía aguantar—. Correr es peor, voy a... ¡Ven aquí! —decidida me subí a la mesa, tomándolo por sorpresa y este casi resbaló tratando de huir, pero eso me dió la ventaja por menos de un metro.
Salió hacia la parte trasera de la casa, donde estaba la piscina y me lancé a tirarlo, pero cuando me creí victoriosa, hizo un giro que no me esperé y resbalé hacia ella.
Mi primer impulso fue cogerlo del pelo para sostenerme, solo como primer instinto de supervivencia.
Me fuí de picada con él hacia la piscina, siendo una caída inevitable.
El agua fría me envolvió y me hundí, casi al instante mis pulmones imploraron oxígeno. Sin embargo, no alcancé a pensar en eso, cuando unos brazos me rodearon y subieron hasta la superficie.
—¿Estas bien, Valerie? —preguntó la voz de Theo, demasiado cerca. Cuando despeje mi vista, me di cuenta que lo tenía frente a frente y que su cuerpo me estaba abrigando con el suyo, al punto de que sentía su calor desprendiéndose sobre el frío.
Me quedé en silencio inconscientemente, como si estuviera tratando de lidiar con mi cabeza y la imagen que tenía frente a mis ojos.
El cabello oscuro de Theo caía en su rostro y sus ojos grises se veían más brillantes, bajo esas pestañas voluminosas y las cejas igual de perfectas que las de su padre.
Mi corazón se aceleró en cuanto mis ojos, tanto como la suya, se desviaron inconscientemente a sus labios entreabiertos.
La temperatura en mi cuerpo se disparó y sentí pánico.
—¿Que pasó?, ¿Están bien? —llegó mi madre preocupada y me separé de Theo, para evitar mal interpretaciones.
—Nada del otro mundo, solo sigue siendo el mismo Theo molesto de siempre —comenté forzando una sonrisa, para que se tranquilizara, a medida que salía de la piscina—. Voy a cambiarme —dije y caminé hacia la salida, pero primero le di una última mirada al pelinegro.
Este ya me estaba observando desde el mismo lugar donde quedó; su semblante estaba serio, pero parecía que sus ojos expresaban algo que no quería entender y su respiración parecía pesada.
Dejé de verlo para olvidar lo que había pasado.