4. Eres mi enemigo

1084 Palabras
Capítulo cuatro: Eres mi enemigo Brina se quedó observando al italiano por tiempo indeterminado. Quedarse... El tono que había empleado para pronunciar aquella plabra que no sabía si era una orden o un petición... Y cuando le soltó la mano, Brina no tardó ni un momento en entregarle el auricular para que colgara. No importaba el infierno que viniera después, no importaban las consecuencias, Fabio tenía razón. Regresar con Lion simplemente no era una opción. Unos golpes fuertes en la puerta indicaban la llegada del desayuno pero Fabio, claramente acostumbrado al personal, siguió hablando mientras que Brina seguía sentada al borde de la cama acariciando el suelo con su pie desnudo, avergonzada y horrorizada por lo que el camarero pudiera pensar y deseando que Fabio le dijera que ella no era una más de sus conquistas, que la última de sus huéspedes no merecía ser el cotilleo del personal aquella mañana porque no había ocurrido nada. ¡No había ocurrido nada! No obstante, claro, Fabio no hizo tal cosa. En vez de eso siguió hablando con ella mientras ponían la mesa, sin darse cuenta de su incomodidad. —Come algo —dijo él, pero ella meneó la cabeza decidida a no aceptar nada de él—. ¿Un café al menos? ¿O quizá prefieras darte una ducha primero? Brina decidió que, si le ofrecía una ducha otra vez, aceptaría. Sin embargo,, al ver que Fabio simplemente esperaba una respuesta, finalmente asintió con la cabeza. Aunque le molestaba tener que aceptar nada de Fabio De Santis, la posibilidad de una ducha era demasiado tentadora para dejarla pasar. Fabio despidió al camarero con un simple movimiento de muñeca. Ella pensó que era tan maleducado con sus empleados como Lion, pero cuando el camarero se disponía a salir, Brina parpadeó sorprendida al ver cómo Fabio le daba las gracias para luego girarse hacia ella con una sonrisa. —¿Qué tal si hago esa llamada? —sugirió, y luego señaló hacia el baño—. Hay albornoces y toallas ahí. Usa lo que quieras y dime si hay algo que necesites. —Estaré bien. «Más que bien», pensó ella mientras entraba en el baño y veía las filas y filas de botes de cristal que llenaban la sala. Con un respingo miró el reloj y una alarma mental le recordó que era hora de tomarse la píldora. Sin embargo, con una inmensa sensación de alivio supo, en ese momento, que ya había tomado una decisión. No necesitaba tomarla, ya no tendría que preocuparse por eso más. Ahora que había decidido que no podía, que no se acostaría con Lion, el sentimiento de liberación supuso una auténtica revelación, una confirmación del verdadero calvario al que había estado sometida, de la agitación que había sufrido bajo su aparentemente fría fachada, de la agonía tras cada una de sus sonrisas. Se quedó ensimismada mirando su reflejo en el espejo, su pelo, sus ojos y sus párpados hinchados que resumían toda su vida, y no oyó la llamada en la puerta del baño. —Brina, siento molestarte —dijo Fabio mientras ella mantenía la puerta abierta sólo una rendija—. Necesito saber tu apellido. Los de recepción lo necesitan para el ordenador. —O' Connor —contestó ella, y vio cómo él alzaba las cejas y entornaba los ojos. —,¿O' Connor? —repitió él—. ¿De qué conozco ese nombre? Es muy familiar, ¿verdad? —Bueno, lo es para mí —dijo ella con una sonrisa y, por primera vez desde que su extraño encuentro había comenzado, sintió que Fabio no parecía ese hombre tan seguro al que tan rápidamente se había acostumbrado. Fabio chasqueó los dedos cuando finalmente recordó de qué le sonaba el nombre. —¿Martin O' Connor? —dijo antes de dar otro chasquido—. Era el propietario del Bella Vista Hotel. —Antes de que tú lo compraras por una miseria —dijo ella con voz cáustica—. Soy la hija de Martin O' Connor —explicó Brina, molesta, y finalmente lo miró a los ojos—. Soy yo la que está intentando reconstruir las piezas después de que tú lo destruyeras. Y tú, Fabio De Santis, eres mi enemigo. Fabio ya no necesitaba chasquear los dedos, los detalles le venían dados. El hotel a bajo precio que había comprado hacía un año, la culpa que decidió ignorar tras darle la patada a un hombre cuando estaba en las últimas. De acuerdo, Martin O' Connor se lo había buscado él mismo, aunque Fabio no recordaba los detalles que su nuevo director, Lion, le había dado. Juego, o alcohol, o una mezcla de ambos. Sin embargo, fuera lo que fuera lo que causó sus deudas, lo que lo llevó a la ruina, a Fabio le había venido muy bien, y, ahora que miraba a la cara de la hija de su predecesor, la culpa se multiplicaba. —Fue un trato de negocios —dijo Fabio, pero su voz no sonaba nada segura. —Seguro —contestó ella. —Siento lo que ocurrió, pero no fue culpa mía. Tu padre era un pésimo hombre de negocios. Se lo buscó. —Mi padre —dijo Brina enfadada y con voz temblorosa—. Mi padre era un hombre de negocios extraordinario. Aún lo es. La única razón por la que el hotel aún sobrevive es por las horas que él echa allí. —¿Aún trabaja allí? —Fabio contestó su propia pregunta—. Claro, yo lo dejé allí como director. —Ayudante de director —puntualizó ella—. El segundo en cargo después del maravilloso Lion. Un hombre que lleva el hotel por miedo. Un hombre que se lleva los beneficios al bolsillo en vez de invertirlos en el lugar. Un hombre que vive de lo que mi padre un día construyó. Fabio le daba las gracias para luego girarse hacia ella con una sonrisa. —¿Y por qué ibas a prometerte a él si es tan horrible? —preguntó Fabio—. ¿Por qué entraste de su brazo anoche medio vestida y medio borracha? En otras circunstancias aquellas palabras la habrían herido y avergonzado aún más, pero con su estado de ánimo casi ni rozaron la superficie. Los meses de furia contenida finalmente explotaron, con sus palabras tan envenenadas que casi no pudo contenerlas. —Porque dejó bien claro que, si no me acostaba con él... mi padre perdería su trabajo.
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