Rosa aún se preguntaba por qué se encontraba caminando hacia un taller de arte. El poder de persuasión de su amiga Clara era realmente admirable. No se había conformado con abrir aquella puerta en el cumpleaños de su hijo, también había dedicado las últimas dos semanas a enviarle folletos y recomendaciones de aquel lugar. Clara estaba convencida de que el cambio en el humor de su amiga tenía mucho que ver con el hecho de no hacer algo para ella misma y creía que volver a pintar podía ayudarla a recuperar algo de su alegría. Sin embargo Rosa no era una mujer abierta, de las cuatro siempre había sido la más reservada, la que ocultaba si no estaba bien y sobre toda, la que sentía que con lo que la vida le había dado no tenía derecho a querer cambiarlo. Por eso, cuando esa mañana aceptó

