Epílogo Los muros de Urbino se erguían imponentes a su espalda, las torres del Palazzo Ducale se elevaban con sus agujas hacia el cielo azul. El sol de las primeras horas de la tarde todavía no conseguía calentar el aire de una primavera que debía haber comenzado hacía ya unos días. El corcel de Andrea daba coces, se encabritaba, relinchaba, a la espera de ser lanzado contra el próximo adversario. Pero el caballero, dándose cuenta de quién era el hombre encuadrado en el rectángulo que limitaba su visión del mundo, se estaba maldiciendo a sí mismo. Él había organizado el torneo, había dictado las reglas, que imponían combatir hasta el cuerpo a cuerpo. Y él había tomado la decisión de bajar al campo personalmente, para representar al Duca di Urbino. Della Rovere hacía tiempo que estaba lejo

