TIEMPO ACTUAL: REINO DE PYRION – PALACIO REAL
El Rey Sadrac avanzó lentamente por el pasillo de su Salón del Trono, arrastrando ligeramente su pierna eternamente herida. De inmediato, sus ojos se clavaron en la figura femenina que lo esperaba al final del estrado donde atrás descansaba su trono: su futura esposa. Aunque lo quisiera, no podía apartar la mirada de ella.
Mientras la observaba detenidamente y se acercaba a la princesa Elfa, lo primero que captó su atención fue su palidez extrema. Su piel era tan blanca que parecía brillar bajo la luz de las antorchas. Para Sadrac, quien había vivido toda su existencia bajo el ardiente sol del sur y las tierras circundantes, aquella blancura le resultaba casi sobrenatural.
Era la primera vez que contemplaba a una mujer elfo en persona. Esta situación se debía a que jamás se había interesado en conquistar las tierras del norte, ni siquiera en aprender algo sobre esa especie; odiaba el frío con toda su alma y había evitado deliberadamente cualquier contacto con esas regiones.
Sin embargo, ahí se encontraba, en su desesperación por sanar lo había llevado a estar a pocos minutos de contraer matrimonio con una mujer proveniente de esas tierras heladas de las que siempre se había empeñado en mantenerse alejado. Y así, cuando finalmente llegó frente a ella, Sadrac tuvo que bajar la mirada. La Elfa le llegaba apenas hasta el pecho, ni siquiera a la altura de sus hombros.
«Es una enana...», suspiró con cierto desgano «Me gustan las mujeres altas, ¿qué maldición estaré pagando para que los dioses me castiguen tanto, incluso hasta en mis preferencias personales?», pensó, arqueando una ceja con disgusto.
Sadrac siempre había elegido amantes imponentes. Si eran lobas, debían medir al menos un metro noventa. Le gustaban las mujeres altas y fuertes, mujeres que al final siempre conseguía dominar a su antojo. Pero esta... era pequeña, delgada, plana. Él aprovechó para echar un vistazo al escote que revelaba el vestido de Brielle y frunció el ceño. Tampoco tenía muchos atributos en ese aspecto.
No podía evitarlo: Sadrac era un depredador por naturaleza. Una parte de él había esperado que la Elfa que iba a usar para curarse despertara al menos algo de deseo carnal en él, para hacer todo más "interesante". Pero desde su punto de vista, tenía frente a sí a la mujer menos atractiva que hubiera podido imaginar.
«En cuanto me cure la pierna, la mataré», decidió con aburrimiento, mientras observaba cómo Brielle no dejaba de mirarlo y sonreírle. «No voy a perder mi tiempo casado con este pequeño témpano de hielo sin gracia» se dijo a sí mismo.
Brielle, por su parte, se quedó sin aliento al tenerlo frente a ella.
«¡Es enorme!», fue su primer pensamiento, con sus ojos azules muy abiertos enfocados en él.
Todo lo que Brielle había oído sobre él era cierto: realmente era un gigante. Entre los Elfos no existían seres de esa estatura. Su propio hermano se destacaba con su metro noventa y era considerado imponente desde la perspectiva élfica, pero este Rey Lobo... era algo que jamás había visto.
Su piel bronceada contrastaba completamente con la suya. Era como si ella fuera el día y él la noche. Brielle calculó que una sola pierna de él quizás equivalía a todo su torso. El cabello castaño oscuro de su futuro esposo le llegaba hasta los hombros, mucho más corto que el de los Elfos, pero enmarcaba perfectamente su rostro masculino y fuerte.
«Es muy atractivo... de una manera completamente diferente a lo que estoy acostumbrada», pensó, emocionada y sin dejar de sonreír.
Ella, sintiéndose algo nerviosa, se daba cuenta de que él la estaba examinando de pies a cabeza y su sonrisa se amplió por ver el escrutinio que le dedicaba el Rey, sin tener idea de lo que estaba pasando por la mente de Sadrac justo en ese momento.
«¿Cuánto tiempo este pedazo de hielo seco curará mi pierna, un día, un mes, un año?», pensaba Sadrac mientras Brielle se decía en pensamientos:
«¿Qué estará pensando de mí? ¿Le habré gustado?» Su corazón latía con fuerza. «Soy una princesa hermosa. Seguramente lo dejé sin palabras, especialmente con este vestido tan revelador de su propia tierra».
Su sonrisa se volvió aún más radiante cuando él arqueó una ceja y le tomó ambas manos.
—Comience, reverendo —ordenó Sadrac de repente, con su voz grave y autoritaria.
Brielle se estremeció al escuchar su voz tan cerca. Le echó una mirada de reojo y se acercó un poco más a él, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo.
Mientras tanto, en el público entre los lobos de la corte, el príncipe Elfo Dael observaba toda la escena con atención y una creciente inquietud.
—Brielle no deja de sonreír... debe estar muy nerviosa —susurró a su padre, inclinándose hacia él.
—Creo que más bien está emocionada —murmuró el Rey Elfo en respuesta, sin apartar los ojos de su hija y la ceremonia que justo había comenzado.
Dael suspiró y desvió la atención de su hermana, dándose cuenta de algo que le heló la sangre: todos los presentes los estaban observando fijamente. Sus miradas no eran de respeto o curiosidad, sino de algo mucho más incómodo.
Él se dio cuenta de que estaban viendo su "desnudez" —según Dael— gracias a ese traje que llevaba puesto: brazos descubiertos y parte del pecho al aire, según las costumbres de estas tierras del sur. La humillación le quemó las mejillas al comprender eso. Dael, sonrojado y sintiéndose avergonzado se cruzó de brazos, tratando de cubrirse, y susurró con urgencia a su padre:
—Nos están humillando, padre... Brielle no está segura aquí, lo presiento. Aún hay tiempo para detener esta locura.
Luego de oír eso, el Rey Elfo se volteó hacia su hijo con una mirada que parecía decir que su heredero al trono había perdido la razón.
—¡Guarda silencio, Dael! —le ordenó en voz baja, pero firme—. Es demasiado tarde para dar marcha atrás. El reino de Talisia tendrá un día más de paz gracias a esto.
Dael apretó los labios con frustración y luego desvió su atención hacia una mujer loba que lo estaba observando y que, al verlo mirarla, comenzó a reírse mientras murmuraba algo a otra loba. Eso le molestó profundamente, pero trató de mantener la compostura.
—No es fácil ver cómo entregaste a mi hermana como un sacrificio —respondió el principe Elfo con amargura.
Y así, mientras los elfos continuaban su conversación en susurros, todos los lobos cercanos podían escucharlos gracias a sus oídos agudos. Sin embargo, la ceremonia siguió su curso como si nada.
El reverendo, uno de los encargados de los dioses del fuego, ya estaba terminando de recitar las palabras sagradas. Sadrac y Brielle se encontraban cara a cara, tomados de la mano como indicaba la tradición. En todo momento, Brielle no podía dejar de alternar su mirada entre el rostro de su futuro esposo y sus manos entrelazadas. Sus manos la fascinaban de una forma que ella encontró inusual.
«Sus manos son muy ásperas, y sus uñas también», pensó la princesa mientras las observaba. «Se las arreglaré cuando tengamos tiempo. Necesita un buen cuidado. ¿Será que los lobos no se hacen masajes en las manos? Le enseñaré».
En su ingenuidad, Brielle nunca había tocado las manos de un verdadero guerrero. Creía que con un poco de atención estética podría "mejorar" a su esposo, ella ya se estaba haciendo todo un mundo en su cabeza entre tanto Sadrac, por su parte, tenía pensamientos muy diferentes.
«Sus ojos son enormes, y sus manos muy pequeñas y frías», se decía, observándola con atención. «Es desagradable... Espero que su magia sea realmente poderosa».
—Rey Sadrac Volcaris —comenzó el reverendo con voz solemne—, ¿ante los dioses del fuego, los lobos y la luna, toma y acepta a la princesa Brielle Cristalis del reino de Talisia como su esposa, hasta que solo la muerte pueda separarlos?
—La tomo y la acepto hasta que la muerte logre separarnos —respondió Sadrac con voz firme y decidida.
Brielle sonrió radiante al escuchar sus palabras. El reverendo se dirigió entonces a ella con la misma pregunta. La Elfa sonrió aún más, mostrando sus dientes blancos.
—Lo tomo y lo acepto como esposo hasta que la muerte logre separarnos —declaró Brielle con voz clara y feliz.
—Bien —anunció el reverendo—. Ahora, princesa Brielle, tome la mano derecha del rey. Su majestad, tome la mano izquierda de la princesa.
Ambos obedecieron inmediatamente. Fue entonces cuando el reverendo sacó una cuerda roja y la encendió con fuego. Pero este no era un fuego común: las llamas danzaban sin consumir la cuerda, manteniéndose vivas como por arte de magia.
El reverendo se acercó para unir a los novios con aquella cuerda en llamas mágicas que simbolizaba la unión del lazo del destino. Brielle dejó de sonreír y abrió los ojos con sorpresa y algo de miedo, mirando a su casi esposo. Sadrac, al ver su expresión, le dirigió una sonrisa extraña mientras el reverendo ya pretendía atar sus manos con el hilo ardiente.
Sin embargo, algo extraordinario ocurrió cuando la cuerda tocó la piel de ambos. El área que tocaba a Brielle se congeló al instante, cubriendo el fuego con una capa de hielo cristalino. Sin embargo, el área que tocaba la piel de Sadrac siguió ardiendo con más intensidad y ahora se podía ver como la cuerda roja ahora estaba dividida entre hielo y el fuego.
Cuando todos vieron aquello, incluyendo el reverendo, se quedaron boquiabiertos. Era extraño ver cómo la cuerda que simbolizaba el destino que sellaba el lazo entre los recién casados estaba dividida en dos elementos opuestos sin unirse o alguno dominar el otro.
Pero entonces, poco a poco, el poder de hielo de Brielle comenzó a extenderse hacia el área de fuego de Sadrac. Lentamente, toda la cuerda se cubrió de hielo blanco y brillante como cristal. Y fue en ese instante que ese hielo tocó la piel de Sadrac, él sintió una quemadura intensa. El frío de la Elfa le resultaba doloroso, pero no hizo ni la más mínima mueca. Continuó con la ceremonia como si nada hubiera pasado, permitiendo aquello solo porque ella podía curarlo…
Brielle, por su parte, sintiéndose profundamente avergonzada por lo que había ocurrido, se inclinó hacia él y le susurró:
—Lo siento mucho, su majestad... fue sin querer —dijo ella con una sonrisa inocente.