Sadrac contempló su trono, esa imponente silla de piedra volcánica y metal fundido que había sido el símbolo del poder Volcaris durante siglo y siglos de historia llena de violencia, dentro y fuera del palacio. Sin vacilar, se dirigió hacia su trono y se sentó, sintiendo el peso familiar de la autoridad real mientras la piedra fría presionaba contra su espalda. En el momento en que se acomodó en el trono, alzó su mano libre en un gesto casual. De inmediato, todas las llamas de los candelabros se encendieron de manera simultánea, llenando el salón con esa luz dorada que conocía desde la infancia. El poder fluyó a través de él sin esfuerzo, recordándole que, sin importar qué tan complicadas se volvieran las cosas con su esposa “temporal” Brielle, él seguía siendo el Rey de Pyrion, el Rey Lo

