El edificio de Dirección de Operaciones Especiales en Siberia era un hervidero. Los pasillos, normalmente ordenados y silenciosos, se habían convertido en un campo de guerra administrativo. El sonido incesante de los teléfonos retumbaba entre las paredes, mezclándose con el tecleo frenético de los agentes y el murmullo urgente de conversaciones entrecortadas. Carpetas apiladas, informes sin firmar, rostros tensos. Algo había estallado, y todos lo sabían.
Un hombre avanzó entre el caos con paso firme. Su porte era impecable, el saco gris perfectamente abotonado, el rostro sereno a pesar del torbellino a su alrededor. Llevaba una carpeta negra bajo el brazo y un café ya frío en la otra mano. No destacaba por nada en particular —ni alto, ni bajo, ni joven ni viejo—, pero había en su mirada una calma demasiado controlada, casi artificial.
Cruzó el corredor principal, esquivando a una agente que tropezó con una pila de documentos, y se detuvo frente a una puerta de vidrio esmerilado. "Director Adjunto Thomas Keller."
Golpeó dos veces y entró.
Dentro, el ambiente no era muy distinto. Keller, un hombre robusto con el cabello gris y los ojos inyectados en sangre, revisaba papeles sobre su escritorio con el ceño fruncido.
—Dime que esto no es cierto —gruñó, levantando la vista cuando el otro hombre dejó el informe sobre la mesa.
El agente lo observó con un aire contenido, midiendo cada palabra.
—Ojalá pudiera hacerlo, señor. Revisé los archivos tres veces. El registro de transferencias coincide con los códigos internos del departamento de inteligencia. Alexei Volkov no solo tenía acceso, sino que los usó.
—¡Imposible! —Keller golpeó el escritorio con el puño—. Volkov fue uno de los mejores. Le confiamos operaciones clasificadas, por Dios.
—Lo sé, señor. Pero ya enviaron un equipo a su departamento. Encontraron compartimientos ocultos en las paredes. Documentos, coordenadas de operaciones, incluso registros de comunicación cifrada. Todo apunta a que estuvo filtrando información a la Bratva Krestov durante años.
Keller respiró hondo, incrédulo. —No puedo creer esto...
El hombre se limitó a asentir, con una expresión grave que escondía algo más profundo.
—Necesitamos actuar rápido. Si la información se propaga, el escándalo puede hundirnos.
Keller se quedó un instante en silencio. Luego asintió, resignado.
—Redacta el comunicado. Alexei Volkov pasa a ser objetivo prioritario. Quiero una orden de captura inmediata.
—Sí, señor.
El hombre tomó la carpeta, giró sobre sus talones y salió de la oficina.
En cuanto la puerta se cerró detrás de él, el ruido del pasillo lo envolvió nuevamente: gritos, pasos, teléfonos sonando sin parar. Pero su respiración seguía calma. Demasiado calma.
Avanzó sin prisa hasta su propia oficina, una pequeña sala al final del corredor. Entró, cerró con llave y bajó las persianas.
Sacó un teléfono n***o de fondo oculto en uno de sus cajones en el escritorio, uno sin logotipo, sin número visible. Marcó un código y esperó.
El silencio fue total. Solo se escuchó el zumbido eléctrico de las luces del techo.
Una voz femenina respondió al otro lado de la línea, fría, medida, y en ruso.
—Ну что, всё идёт по плану? (¿Y bien, todo va según el plan?)
El hombre sonrió apenas, con una satisfacción apenas perceptible.
—Да. Осталось только, чтобы они оба упали. (Sí. Solo falta que caigan los dos.)
Hubo un breve silencio antes de que la voz femenina respondiera:
—Тогда начни охоту. (Entonces, empieza la caza.)
La llamada se cortó. El hombre guardó el teléfono, enderezó su corbata y se observó un segundo en el reflejo oscuro del vidrio.Sus ojos, fríos y vacíos, no mostraban rastro alguno de remordimiento. Luego salió nuevamente al pasillo, perdiéndose entre el caos como si nunca hubiera estado allí.
..............
La noche todavía no había cedido del todo cuando comenzaron a moverse con la frialdad de quien sabe que cada segundo cuenta. Afuera, la madera de la cabaña expulsaba vapor en el aire helado; los pinos crujían con un viento cortante. Dentro, la luz era escasa —una lámpara colgante y la estufa que todavía arrullaba brasas— y el silencio olía a gasolina, pólvora y prisa contenida.
Alexei abrió los compartimentos con la calma de quien lo ha hecho mil veces. Sacó mochilas de asalto ya preparadas, bolsas selladas con muestras de documentos, baterías de repuesto, cargadores, una radio de corto alcance con cambio de frecuencias, y un par de pistolas limpias en fundas cerradas. Cada pieza pasaba por sus dedos rápido, casi por memoria: una comprobación de cadenas, del cierre, del seguro, un vistazo a la numeración. Todo listo tenía que ser llevado, porque en un par de horas —cuando amaneciera— no habría tiempo de revisar.
—Guarda esas armas en esa funda y pon el kit de herramientas en la parte interna de la mochila, por si tenemos que abrir algo en el camino —dijo, señalando, con voz baja y seca.
Nina trabajaba al ritmo de quien ha tenido que desaparecer muchas veces.
—En la cocina hay un par de víveres que podemos llevar para aprovechar, fíjate que nos pueden servir —le indicó, y Nina asintió—. Calcula que nos quedan cuatro horas antes de que los busquen. Revisa todo lo esencial que podamos llevar; hay que evitar dejar rastro.
Nina se dirigió a la cocina a empacar, asegurándose de llevar lo necesario. No podían ocultar que Alexei nunca había vivido allí, pero sí reducir las posibilidades de ser encontrados fácilmente.
Cuando Nina fue a la cocina, Alexei deslizó la tapa de la chimenea con cuidado; el metal chirrió y dejó al descubierto un hueco oscuro, lleno de ceniza como siempre. Metió la mano con gesto automático y tanteó hasta tocar algo frío y rectangular: un teléfono sin identificación, forrado en cinta —ese tipo de dispositivo que no aparece en registros. Lo sacó, lo examinó bajo la luz mortecina, comprobó batería, marcó el código que conocía de memoria y bajó la voz hasta que solo las paredes pudieran escucharlo. No quería que Nina leyera su semblante mientras hablaba con Sergei; necesitaba que la conversación fuera limpia, rápida y directa.
—¿Sergei? —susurró Alexei.
La voz al otro lado, áspera y segura, le llegó como una lanza:
—Alexei. Te escucho.
—¿Qué está pasando allá? —preguntó, con impaciencia contenida.
—Keller está en shock —Sergei respiró profundo—. Han encontrado pruebas en tu contra. No tengo muchos detalles; la agencia está en completo caos y no quieren dar información completa. Solo sé que entraron a tu departamento y hallaron archivos y códigos que te vinculan con la mafia —suspiró—. Keller no quería hacerlo, pero está atado de manos. Esto es un verdadero desastre, Alexei. Tu orden de captura ya está emitida, aunque por ahora logramos que sea vivo.
Alexei clavó la mirada en la mesa de madera donde aún brillaban restos de ceniza. El mundo que conocía se truncaba en términos administrativos.
—¿Y tú qué crees? —preguntó, más humano que agente.
—Sé que no harías algo así por gusto. Pero las evidencias parecen sólidas. Alguien dentro de la agencia tiene acceso a las bases y sabe cómo plantar pruebas. Mantén una comunicación mínima. No vuelvas. Si lo haces, te procesarán antes de que puedas explicarte.
La voz de Sergei osciló entre la amistad y la advertencia profesional. Alexei tragó saliva.
—Entendido. Intentaré llegar al fondo de todo esto.
—Alguien quiere que desaparezcas, eso tenlo claro. Corta todo tipo de comunicación —aseguró Sergei—. Y Alexei... cuídate.
Colgó. Guardó el teléfono en una de las mochilas para comunicarse más tarde. Por un instante, la respiración se le sintió hueca; había estado tan concentrado en actuar que no había considerado cuán rápido el mundo podía voltearse contra él.
Nina volvió con dos bolsas pesadas. Lo miró con la misma tensión que había visto en sus ojos la primera vez que se conocieron: evaluación, cálculo, prudencia.
—Guardé también la medicina que encontré —dijo—. Seguramente nos será útil más adelante. Parece que te dejaron bastante equipo por cualquier imprevisto.
Alexei esbozó una media sonrisa. La ironía les calzó como un guante; no había tiempo para sentimentalismos.
—Al mejor agente lo equipan con todo —comentó—. El problema es otro: no tenemos vehículo para trasladar todo esto. Tendremos que reducir la carga.
Nina sonrió, ganándole de antemano.
—¿De verdad crees que caminé hasta aquí por gusto y que no tengo un vehículo escondido? —dijo, arqueando una ceja—. Permíteme dudar de que seas el "mejor agente"; estás dejando mucho que desear. Está a apenas veinte metros, no quería dejarlo cerca. Podemos llevar todo hasta allí; si traigo el auto, borrar huellas será más complicado para quien nos siga.
Alexei quedó momentáneamente sorprendido; Nina tenía ese don de dejarlo en jaque sin esfuerzo. Tal vez, en otra situación, hubiera disfrutado trabajar a su lado. Ahora, sin embargo, la única prioridad era sobrevivir.
El vehículo estaba donde ella dijo: un todoterreno oscuro, escondido detrás de un penacho de ramas y salpicado de nieve derretida. Nina lo inspeccionó con mirada profesional, comprobó batería, tanque y equipo operativo. Luego, con un gesto, abrió el maletero y comenzaron a distribuir la carga. Alexei llevó las mochilas una a una, como si cada objeto pesara por todo lo que contenía.
Antes de arrancar, Nina se quedó un momento consultando un mapa desplegado en el salpicadero. Señaló:
—La cabaña se encuentra en Rovnya Glújaya, no figura en mapas grandes. Está a unas cuatro horas de Vytegra, unos 240 km: primero carretera asfaltada, luego ripio, y por último pista boscosa apenas marcada.
—¿Y cómo llegamos exactamente? —preguntó Alexei, atento.
—Salimos por la ruta principal hasta Petrovo —dijo Nina—; buscamos la estación vieja y el cartel de madera. Desde allí, por la carretera de ripio, cruzamos dos puentes de madera y un koljós abandonado. Cuando veas un poste con una flecha que dice "Ровня — 30 km", giramos hacia la pista interior.
—¿La pista es transitable? —murmuró Alexei.
—No siempre —admitió Nina—. Estrecha, con barro en primavera y hielo en invierno. Hay un puente roto a cinco metros del claro; dejaremos el auto y continuaremos a pie. Desde la cima de la última colina, verás la planicie blanca y, en medio, Ozero Ten' —un pequeño lago generalmente helado—. La cabaña está en la orilla sur, sola, con chimenea alta. No hay otras casas alrededor.
—¿Hay señal de teléfono? —preguntó él.
—Casi nunca —respondió ella, con gesto tranquilo—. La casa tiene chimenea y un pequeño generador, pero no podemos depender de él siempre. Está equipada con lo básico.
—Perfecto —dijo Alexei, guardando el mapa—
Salieron con el motor amortiguado por la nieve. El pueblo quedó atrás, con sus luces débiles; la carretera, una cinta negra en medio del blanco, obligó a reducir la velocidad. La noche se estiraba, y con ella la sensación de urgencia: alguien ya podía haber notado su ausencia.
A la salida del radio urbano, los árboles formaban paredes oscuras. Alexei no habló durante el primer tramo; repasaba variables: rastreadores, posibles perseguidores, filtraciones. Nina mantenía la calma de quien ha conducido bajo fuego, aunque con tensión visible en la mandíbula.
Después de un rato, Alexei se sorprendió cuando Nina inició conversación para cortar la tensión:
—¿Qué tanto recuerdas de lo que pasó antes de perder la memoria? —preguntó Nina, sin apartar la vista del camino, con voz suave, casi inquisitiva—. ¿De verdad no recuerdas nada, ni siquiera... pequeñas cosas?
Alexei frunció el ceño, mirando el paisaje que pasaba a toda velocidad a través de la ventanilla.
—No, después del accidente con la Bratva —respondió—. Todo lo que hubo antes... se borró. Es como si alguien hubiera arrancado capítulos enteros de mi vida.
Nina apretó ligeramente el volante, midiendo sus palabras, buscando más que una respuesta.
—Porque... algunas cosas deberían haberte quedado, al menos recuerdos fragmentados —dijo con cautela—. Hay momentos, personas... vínculos... que parecen persistir.
Alexei tragó saliva, con las manos apoyadas sobre sus muslos mientras ella maniobraba con precisión entre la nieve y el hielo.
—Tal vez este viaje me ayude a recordar algo, o tal vez es algo que nunca quise revivir —dijo, su voz más baja, casi para sí mismo.
—No necesariamente quieres —replicó Nina, con un matiz de reproche y curiosidad mezclados—, pero a veces recordar puede ser útil, incluso para... cerrar cuentas pendientes.
Alexei la miró de reojo, notando que detrás de la pregunta había algo más que mera curiosidad.
—Puede ser —dijo—. Aunque a veces creo que sería mejor no remover todo. No sé si estoy listo para lo que podría volver a ver.
Nina asintió, sin insistir más, pero mientras conducía notó cómo Alexei tensaba los hombros, la mandíbula firme. Había algo en su mirada vacilante, como si un recuerdo reprimido luchara por salir. Un leve brillo en sus ojos le indicó que seguiría observando, esperando cualquier indicio de lo que su memoria pudiera despertar.
—Tenemos que tener cuidado con las gasolineras principales. Hay una pequeña pasando Petrovo, un poco escondida, pero podemos parar ahí para cargar —dijo ella, sin apartar la vista de la carretera.
Alexei la miró, preocupado: —¿Estás segura? No parece buena idea.
—Necesitamos combustible, no sermones —respondió—. Conozco gente en la zona, pero no puedo llamar por radio abierto. No queda otra que arriesgarse. Aun nos quedan un par de kilómetros hasta la cabaña.
Aceptaron la decisión. Media hora después, la reserva exigía atención: la aguja decrecía y el mapa marcaba la siguiente estación. Nina redujo la velocidad y tomaron una desviación hacia un puesto de servicio aislado, una bomba con techo metálico y luz amarilla parpadeante —exactamente el tipo de sitio donde uno espera menos problemas... o donde se fijan los ojos de quienes buscan.
Mientras rellenaban, un grupo de tres hombres apareció a la salida de la tienda: abrigos oscuros, voces en ruso, miradas que se clavaban en el todoterreno con interés calculado. Alexei lo percibió de inmediato: patrones, señales, vigilancia profesional. Nina notó lo mismo; su mano se posó instintivamente en la palanca del freno de mano, la mandíbula apretada.
—No me gustan —murmuró.
Ella terminó de pagar y volvió al coche con pasos silenciosos, ágiles como un depredador.
—Nos desviamos por un tramo de tierra hacia el viejo molino. Menos tránsito. Si nos siguen, los perderemos entre los árboles —dijo sin mirar a Alexei.
Él asintió, apretó el botón de bloqueo y subieron al vehículo. Arrancaron en silencio.
El auto de los hombres se puso en marcha detrás, al principio lento, luego constante. Cuando tomaron la ruta de tierra, la amenaza se hizo tangible. Nina pisó a fondo para tomar una curva cerrada, levantando polvo y nieve tras de sí; el coche perseguidor replicó la maniobra con fría precisión.
—Nos siguen —dijo Alexei, calibrando la distancia entre vehículos—. Prepárate.
El primer estruendo fue instantáneo: balas impactaron la chapa del copiloto, astillando pintura y cristales. El claxon de un camión resonó a lo lejos y las aves nocturnas estallaron en el bosque.
Nina maniobró defensivamente: zigzagueó entre claros, con frenadas controladas que volvían casi imposibles los disparos. Alexei extrajo su pistola, abrió la ventanilla lo justo para asomar el brazo y disparar hacia las ruedas del perseguidor.
Dos tiros certeros a la rueda delantera lateral: la precisión de un profesional. El coche contrario, con un alarido metálico, perdió tracción y describió un arco que lo lanzó contra un talud de nieve. Un golpe seco. El perseguidor chocó contra un árbol y quedó inmóvil.
Aun así, la intensidad no se disipó. Alexei y Nina no podían arriesgarse: necesitaban asegurarse de que no quedara ningún testigo. Descendieron del todoterreno, cubriéndose entre los árboles, atentos a cualquier movimiento.
Del vehículo siniestrado emergieron dos hombres armados, malheridos, abriéndose paso entre la nieve con miradas de cazadores acorralados. Alexei buscó cubrir a Nina: disparos interrumpían el silencio, el ruido de la pólvora se mezclaba con el latido en sus oídos.
En uno de los intercambios, una bala rozó su antebrazo. El impacto fue seco, una quemadura de fuerza que lo hizo soltar un gruñido. Sintió la sangre caliente filtrarse entre los dedos; la ropa absorbió una mancha rojiza.
—¡Maldito! —maldijo, ajustando el agarre y fijando la vista en el tirador que se ocultaba tras el capó del coche.
Nina respondió como si fuera una extensión de su propio instinto: se arrojó hacia un costado, rodó entre la nieve y reapareció disparando su arma corta, con puntería desigual pero efectiva. Su tiro rompió la visera del hombre que apuntaba a Alexei, obligándolo a cubrirse.
Con un movimiento medido, Alexei tomó la culata del rifle, disparó al costado para obligar al otro a exponerse, y cuando este asomó, le dio justo en la frente. Un tiro limpio, certero. Peligro abatido.
Nina se arrastró hacia el lateral del coche y le examinó el brazo herido.
—Maldición —dijo con poca compasión y mucha práctica clínica—. Tengo que suturarlo. Va a doler.
Alexei se sentó, apretando la herida para contener la hemorragia. Nina sacó un kit, limpió la piel con gasas y aplicó una sutura apretada que dolió hasta el hueso, pero era necesaria. Sus manos se movían con precisión, y cada gesto era una mezcla de profesionalismo y algo que, en otra persona, podría llamarse ternura.
Alexei miró la nieve caer, incapaz aún de bajar la adrenalina que le golpeaba las venas.
—¿Estás bien para seguir? —gruñó.
—Sí, pero no vamos a volver por la carretera. —Nina se incorporó, asegurando su arma—. Iremos directo por el bosque hasta la cabaña. Limpiamos el coche y lo ocultamos en un camino lateral a diez kilómetros, en la trinchera muerta. Si alguien viene, lo encontrará sin placas y cubierto.
Encendieron el motor con cuidado. El todoterreno tenía arañazos de bala y el parabrisas astillado, pero arrancó.
Tomaron una ruta alternativa: más lenta, más curva, con pasos por lodazales y puentes de madera que chirriaban bajo el peso. A lo lejos, las luces del coche siniestrado ya eran apenas puntos inmóviles.
Llegaron al punto que Nina había señalado: un hueco entre abedules donde un sendero antiguo hacía de camuflaje natural. Con maniobras discretas, ocultaron el vehículo al borde del barranco, cubriéndolo con ramas y nieve.
Después, cargaron lo esencial —el arma de repuesto, mochilas con documentos, botiquín— y cerraron el maletero con el sonido seco de quien sabe que cada cierre puede ser una sentencia.
El camino final hacia la cabaña era un laberinto de pinos. La atmósfera se volvió más densa: los árboles se alzaban como sombras gigantes, la luna se escondía y el frío mordía los dedos. Llegaron justo cuando la primera claridad del amanecer comenzaba a palidecer el horizonte.
Nina abrió la puerta con llave, encendió una luz tenue y dejó que el olor a café y madera caliente los envolviera.
—Llegamos —dijo, soltando el cinturón por primera vez desde que salieron—. Aquí hay más de lo que parece: armas, una radio de largo alcance, latas de carburante, algo de comida enlatada y una pequeña impresora con filtro de aire. No te preocupes, tengo contactos que nos abastecen cuando hace falta.
Alexei dejó la mochila en el suelo, respiró hondo y la miró.
—Bien. Ahora hay dos frentes: la mafia y la agencia. Alguien nos quiso fuera del tablero. Tenemos que averiguar quién metió las pruebas y por qué.
Nina lo observó con la misma dureza de siempre, aunque ahora había menos distancia.
—Lo haremos —respondió—. Y Alexei... cuando te recuperes, revisaremos lo que sacamos del auto y trazaremos un plan. Tengo a alguien que puede traer más suministros en cuarenta y ocho horas si lo necesitamos.
Se sentaron a la mesa. El amanecer se filtraba por las rendijas de la cabaña, y afuera el bosque era apenas un rumor. Dentro, dos profesionales heridos, con más preguntas que respuestas, conscientes de que la partida recién estaba comenzando... y que cada movimiento, a partir de ahora, contaría el doble.