El frío de Vytegra se colaba por las rendijas de las ventanas, cubriendo el pequeño pueblo con un manto de silencio helado. Alexei llevaba una semana instalado en su modesto departamento en el extremo del pueblo, cerca del bosque. Cada día recorría las calles con la excusa de tomar fotografías de los paisajes nevados, pero su verdadera misión siempre estaba presente en su mente. Había aprendido a ser paciente, a esperar el momento adecuado para actuar, y esta vez no sería diferente.
El amanecer aún no había asomado cuando Alexei salió de su cabaña, vestido con ropa de entrenamiento. El aire cortaba como navajas, pero apenas lo sentía. Había elegido ese lugar por su tranquilidad, pero también por su proximidad al bosque, un entorno ideal para entrenar sin levantar sospechas. Corrió durante unos quince minutos a lo largo de un sendero cubierto de nieve hasta llegar a un claro que conocía bien. Los altos árboles lo rodeaban como centinelas, y el único sonido que rompía el silencio era el crujido de sus pasos sobre la nieve.
Alexei comenzó con ejercicios de calentamiento, haciendo flexiones y estiramientos antes de pasar a su verdadero entrenamiento: combate cuerpo a cuerpo. Simulaba movimientos de lucha, lanzando puñetazos al aire, imaginando enemigos invisibles. Sabía que en cualquier momento su misión podía volverse física, y necesitaba estar listo. Golpe tras golpe, patada tras patada, cada movimiento era preciso y letal. A pesar del frío, su cuerpo ya estaba cubierto de una fina capa de sudor. Nadie en el pueblo sospechaba lo que realmente era capaz de hacer.
Mientras entrenaba, Alexei repasaba mentalmente la información que había reunido hasta el momento. Nina Baranova seguía siendo un enigma. No había muchas pistas, salvo el ticket de lavandería que seguía siendo un misterio para él. Tal vez, solo tal vez, ese pequeño papel fuera la clave para saber más sobre ella.
Después del entrenamiento, se dirigió a la lavandería local, un discreto establecimiento en el centro del pueblo. La campanilla en la puerta sonó al entrar, y un hombre mayor, con cabello gris y gafas, levantó la vista desde el mostrador.
—Buenos días —dijo el hombre con una sonrisa—. ¿Qué puedo hacer por ti hoy?
Alexei asintió, mostrando el ticket que había encontrado.
—Me encontré esto tirado por ahí. No estoy seguro de si es mío o de alguien más. Quería ver si puedes ayudarme a identificar a quién pertenece —dijo con un tono neutral, manteniendo la fachada de un habitante más del pueblo.
El hombre tomó el ticket y ajustó sus gafas, revisándolo con detenimiento.
—Ah, este pedido ha estado aquí por un tiempo. Es de una chica, si mal no recuerdo... —murmuró, y tras buscar en el sistema, añadió—. Sí, aquí está: Nina Baranova. Vino hace unos meses, dejó la ropa, pero nunca regresó a retirarla. ¿Es conocida tuya?
Alexei asintió lentamente, midiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.
—Sí, es una amiga. Vine al pueblo a buscarla porque desapareció hace unos días. No he podido contactarla y estoy preocupado. ¿Sabes algo más de ella? ¿Algo que pueda ayudarme a encontrarla?
El hombre se encogió de hombros, con un gesto de desinterés.
—No la conocía muy bien, la verdad. No venía seguido, solo a dejar la ropa de vez en cuando. Me parece que no se hospedaba en el pueblo, vivía más alejada. No tengo más detalles.
Alexei lo observó detenidamente, buscando alguna señal de que el hombre pudiera estar ocultando algo, pero parecía sincero. Aún así, decidió insistir un poco más.
—Entiendo... Si pudieras ayudarme con cualquier pista, te lo agradecería. Estoy bastante preocupado.
El hombre lo miró con más simpatía.
—Lo único que te puedo decir es que nunca la vi relacionarse con nadie aquí. Venía, dejaba la ropa y se iba. Como te dije, no vivía en el pueblo. Si no la han visto por aquí, tal vez estaba en alguna casa más apartada.
Alexei asintió, guardando cada palabra en su memoria. Las afueras del pueblo... No era mucho, pero era algo con lo que podía empezar.
—Gracias —dijo, tomando la bolsa con la ropa de Nina—. Esto podría ayudar.
—Suerte —respondió el hombre con un tono neutral—. Espero que la encuentres.
Alexei salió de la lavandería, apretando la bolsa entre sus dedos. La mención de las afueras del pueblo le daba una nueva dirección a seguir, aunque no sabía cuán lejos o qué tan difícil sería rastrear a Nina en esa área. Pero al menos tenía una pista.
De vuelta en su cabaña, Alexei extendió la ropa sobre la mesa. Había camisas, pantalones y un abrigo n***o, todo perfectamente limpio. Revisó cada prenda con cuidado, buscando algo, cualquier cosa que pudiera darle una pista. Pero no había nada. Ningún papel olvidado en los bolsillos, ni manchas, ni rastros que pudieran llevarlo a una conclusión. Era como si todo hubiera sido limpiado de cualquier rastro de su verdadera identidad.
Frustrado, Alexei se dejó caer en la silla, mirando la ropa. Todo apuntaba a que Nina era una traidora, pero algo no cuadraba. Confiaba en su instinto, y su instinto le decía que no todo era lo que parecía. Sabía que debía seguir investigando, pero el tiempo se le escapaba.
Decidió que necesitaba un descanso. Tal vez un poco de aire fresco y una copa lo ayudarían a aclarar sus ideas. Recogió la ropa, la guardó, y se dirigió al bar, su refugio habitual en el pueblo.
Mila's Bar, el único sitio en Vytegra que ofrecía algo más que el silencio, se había convertido en su refugio. Entrar ahí ya era parte de su rutina. Hoy no era diferente. Al abrir la puerta, el calor del interior le dio la bienvenida. Mila, la joven camarera con una sonrisa siempre en los labios, estaba detrás del mostrador. Sus ojos se iluminaron al verlo entrar, y una sonrisa coqueta se formó en su rostro.
Alexei se dirigió a su esquina habitual. Mientras esperaba, varios de los habituales lo saludaron con familiaridad.
—¡Oye, Alexei! ¿Cuándo te pasas por la tienda para ver las herramientas que te dije? —le gritó uno de los locales, un hombre mayor que siempre estaba tratando de venderle algo.
Alexei sonrió de lado y levantó la mano en señal de saludo, manteniendo la charla ligera, aunque su mente estaba en otro lugar. Este tipo de interacciones eran esenciales para su fachada; debía parecer uno más del pueblo, alguien normal.
—Mira quién está aquí de nuevo, —dijo Mila, acercándose con su habitual descaro—. Siempre tan puntual. ¿Vienes a verme o sólo a escapar del frío?
Alexei sonrió de lado, manteniendo su mirada fija en ella. Sabía el juego que ella estaba jugando, pero no tenía tiempo para distracciones. Aunque, admitía, había algo intrigante en la forma en que ella lo miraba. Coquetear con ella era fácil, pero él mantenía el control.
—Quizás un poco de ambas cosas, —respondió, mientras tomaba asiento en su esquina habitual, donde podía ver la entrada y parte del bar sin ser el centro de atención—. ¿Alguna novedad en el pueblo?
Mila se acercó con una taza de café humeante. El aroma era lo único en ese lugar que le recordaba algo de normalidad. Alexei agradeció mentalmente el calor de la bebida entre sus manos mientras la escuchaba hablar.
—Nada muy emocionante, hasta donde sé, —dijo Mila, inclinándose ligeramente hacia él, su voz baja y juguetona—. Pero... he oído algunos rumores. Se habla de una fiesta clandestina en las afueras. Drogas, alcohol, y ya sabes cómo terminan esas cosas...
El comentario hizo que Alexei levantara una ceja, pero mantuvo su expresión impasible. En su interior, el instinto de agente despertaba. No era la primera vez que escuchaba mencionar a la mafia rusa desde que había llegado, pero este rumor en particular lo intrigaba.
—¿Una fiesta, dices? —preguntó, manteniendo la conversación casual—. ¿Sabes cuándo es?
Mila se encogió de hombros, jugando con un mechón de su cabello.
—Dicen que hoy por la noche, a unas dos horas de aquí, en un viejo almacén abandonado. No suelo meterme en esas cosas, pero... —le lanzó una sonrisa pícaramente— si te interesa, podría conseguirte una invitación.
Alexei mantuvo su sonrisa de lado, sin comprometerse. Sabía que Mila estaba jugando a ver hasta dónde llegaría, pero él no tenía tiempo para juegos. Sin embargo, la información era útil. Muy útil. Tal vez, esa fiesta fuera su oportunidad para obtener más pistas sobre Nina y su conexión con la mafia.
—No hace falta, —respondió, cambiando el tema con suavidad—. Por cierto, ¿Alguna pelea esta noche? —preguntó, refiriéndose a los borrachos habituales que a veces causaban problemas.
Mila negó con la cabeza, aunque con una sonrisa maliciosa.
—No, nada. Pero si pasa algo, ya sabes a quién llamaré... —dijo, acercándose un poco más—. A mi héroe particular, claro.
Alexei se limitó a sonreír, manteniéndose siempre un paso adelante. Sabía que Mila coqueteaba con él porque veía algo en él, algo peligroso. Y aunque esa atracción podía convertirse en algo más, por ahora, él solo tenía una cosa en mente: su misión.
Alexei regresa a su cabaña, asegurándose de que no lo sigue nadie. Al entrar, se quita el abrigo y enciende la luz tenue de su escritorio. Abre un compartimiento secreto bajo la mesa y saca un mapa viejo del almacén abandonado. Con la ayuda de una pequeña linterna, examina cada detalle del plano, trazando mentalmente las posibles rutas de escape, puntos ciegos y posiciones ventajosas. Sabe que si algo sale mal en la fiesta, necesitará estar preparado para moverse rápidamente.
Mientras estudia el plano, su teléfono vibra. Es una llamada de Dmitri Petrov, su contacto en la misión, quien lo llevó al pueblo y se asegura de supervisar sus avances sin llamar la atención. Alexei contesta al instante, manteniendo la conversación breve pero precisa.
—¿Cómo va todo, Alexei? —preguntó Dmitri, sin perder tiempo en formalidades.
—Progreso lento, pero constante. Esta noche hay una fiesta organizada por la mafia. Podría ser una oportunidad clave para obtener información sobre Baranova.
Hubo un breve silencio en la línea antes de que Dmitri respondiera.
—Ten cuidado. No subestimes a esa gente. Ya sabes cómo se manejan. Mantén un perfil bajo, no quiero tener que explicarle a la base por qué perdiste la vida en medio de una jodida fiesta.
—Lo sé —respondí, manteniendo mi tono serio—. Estoy en eso. Les informaré si encuentro algo, pero por ahora todo parece estar bajo control.
—Recuerda, Alexei. No estás autorizado para iniciar ningún enfrentamiento directo. La misión es encontrar a Nina, no comenzar una guerra con la mafia.
Me apoyé en el borde de la mesa, observando de nuevo el plano bajo la luz tenue de la linterna.
—Mantendré la discreción. No te preocupes.
—Bien. Solo cuídate. Sabes que la mafia rusa no deja cabos sueltos —dijo con un tono más serio—. Mantendré informado al superior de todo esto, pero no hagas nada imprudente. Si las cosas se complican, sal de ahí.
—Tranquilo. No soy tan fácil de matar —dije, intentando quitarle peso a la situación.
Dmitri suspiró al otro lado de la línea.
—Buena suerte, Alexei.
Dmitri suspira al otro lado de la línea antes de despedirse, y Alexei cuelga. A pesar de su tono despreocupado, sabe que Dmitri tiene razón. La mafia rusa es peligrosa, y cualquier paso en falso podría costarle la vida. Pero si la fiesta le daba alguna pista sobre Nina, estaba dispuesto a correr ese riesgo.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se concentró de nuevo en el mapa. Cada línea del plano trazaba rutas y caminos que podría usar para infiltrarse y salir del almacén sin ser detectado. Sabía que esta fiesta podría ser la clave para acercarse más a Nina, y la posibilidad de que la mafia rusa estuviera detrás de todo solo lo motivaba más.
Guardó el mapa en su compartimiento secreto y apagó la linterna. Afuera, la oscuridad del bosque envolvía la cabaña, recordándole que en ese pequeño pueblo, todo parecía calmo en la superficie, pero bajo esa quietud, algo peligroso se gestaba.
Alexei se puso de pie y fue hasta la ventana. Su instinto le decía que se estaba acercando a algo grande, pero aún no podía precisar qué. ¿Y si Nina realmente había traicionado a todos? ¿Y si todo lo que había hecho hasta ahora estaba fundamentado en una mentira? Aun así, no podía permitirse dudar demasiado. Lo que fuera que estuviera ocurriendo, lo descubriría pronto.
La música vibraba a través de las paredes del viejo almacén, como un eco que retumbaba desde adentro. Alexei se acercaba, sus ojos recorriendo el exterior mientras sus sentidos se agudizaban. Afuera, la fiesta no se limitaba solo a las paredes. Grupos de personas estaban dispersos alrededor del lugar: algunos completamente borrachos o drogados, apenas conscientes de su entorno, tambaleándose entre risas y murmullos incoherentes. Otros se veían más serios, apartados, observando desde las sombras con miradas que no dejaban duda de su conexión con la mafia.
Uno de esos grupos, más alejado, le llamó la atención. Eran tipos que claramente no estaban allí para disfrutar. No intercambiaban más que gestos discretos, y una sospecha punzante se asentó en el pecho de Alexei. Desde allí podía escuchar las voces de un par de adolescentes, hablando con emoción sobre carreras ilegales para apostar. Había un caos estructurado en todo esto, un mundo subterráneo que parecía operar tanto fuera como dentro del almacén.
Mantuvo la cabeza baja mientras se dirigía a la entrada. Un guardia en la puerta, apenas prestándole atención, lo dejó pasar sin hacer preguntas. Dentro, el ambiente era sofocante. Las luces parpadeaban al ritmo de la música, lanzando sombras en tonos rojos y azules sobre la multitud que se movía al compás de los graves ensordecedores. El olor a alcohol, sudor y drogas impregnaba el aire.
Alexei avanzó lentamente, sus ojos en constante vigilancia. Nada parecía fuera de lugar, pero en un lugar como este, eso en sí mismo era una señal. Su mirada se detuvo en la barra, donde se dirigió para tomar algo. Pidió un vaso de vodka, esperando poder mezclarse mejor con la multitud mientras continuaba observando a su alrededor. El vaso frío en su mano le ayudó a mantener la calma, pero su mente seguía alerta.
Pasaron algunos minutos antes de que algo lo sacudiera. En la distancia, entre las luces intermitentes y las sombras, un hombre capturó su atención. No sabía exactamente por qué, pero algo en él se le hacía dolorosamente familiar. El golpe sordo de un dolor de cabeza repentino lo invadió, como un eco distante que reverberaba en su cráneo. Sus recuerdos se agitaban en su mente, fragmentados, dispersos. La sensación de reconocimiento estaba ahí, pero no podía conectar las piezas. Ese zumbido persistente en su cabeza lo hizo fruncir el ceño por un segundo. Sabía que había algo en ese hombre, algo de su pasado, pero no lograba alcanzarlo.
El tipo, sin embargo, desapareció en un pasillo oscuro. Alexei lo siguió con la mirada, viendo cómo se deslizaba hacia una puerta casi oculta por las sombras, un acceso que pocos notaban. Sin pensarlo dos veces, dejó su vaso en la barra y comenzó a seguirlo, moviéndose con cuidado entre la multitud, como un depredador acechando su presa.
El pasillo al que entró era estrecho, más oscuro que el resto del lugar, y la música se amortiguaba a medida que se adentraba. Las paredes estaban desgastadas, como si nadie hubiera pasado por allí en años, excepto para negocios turbios. Podía escuchar murmullos apagados, sonidos de apuestas ilegales, risas nerviosas y conversaciones susurradas detrás de puertas cerradas.
A medida que se adentraba más, la atmósfera cambiaba. Ya no había música, solo voces apagadas que venían de alguna habitación cercana. Podía distinguir algunas palabras en ruso:
"Где она? Мы не можем больше ждать!" ("¿Dónde está? ¡No podemos esperar más!").
"Она где-то здесь. Найдите её." ("Está en algún lugar cerca. Encuéntrenla.").
Alexei se detuvo frente a una puerta entreabierta. Asomó la cabeza lo justo para no ser detectado. Dentro, dos hombres discutían acaloradamente, mientras un tercero, sentado en una silla y claramente torturado, apenas podía mantenerse consciente. El tipo de la mandíbula cuadrada estaba allí también, y ahora Alexei recordaba. Su nombre era Boris, un antiguo contacto de la mafia rusa. Pero el recuerdo no llegaba del todo claro, como si estuviera enterrado bajo capas de olvido.
—"Барaнова... она предала нас. Где она?" ("Baranova... nos traicionó. ¿Dónde está?") —gruñó uno de los hombres, golpeando al prisionero en la cara.
El nombre de Nina resonó en la mente de Alexei como una alarma. ¿La estaban buscando? Era evidente que Nina había escapado, pero la mafia la quería de vuelta a toda costa. Esta información era vital, pero antes de que pudiera procesarla, un ruido lo distrajo.
De repente, una voz grave lo interrumpió.
—¿Qué haces aquí? —dijo en ruso, su tono cortante.
Alexei se giró lentamente, encontrándose con un hombre corpulento, claramente parte de la seguridad de la mafia. Sabía que estaba en problemas.
—Buscaba el baño —respondió Alexei, manteniendo su voz tranquila y su postura relajada.
El hombre lo miró, desconfiado.
—Te mostraré el camino —dijo, su tono insidioso. Alexei supo al instante que lo estaba llevando a una trampa, pero lo siguió sin protestar, preparando cada músculo de su cuerpo para lo inevitable.
Salieron por una puerta trasera que daba a un callejón oscuro. El contraste entre el ruido ensordecedor del almacén y la calma sofocante del exterior era palpable. Solo se escuchaba el eco lejano de la música, ahogado por las gruesas paredes del lugar. Las luces de neón parpadeaban en la distancia, proyectando sombras inquietantes en el suelo.
En cuanto estuvieron solos, el mafioso se giró bruscamente, sacandoun cuchillo largo y oxidado de su chaqueta. Los ojos de Alexei captaron el destello metálico, pero no mostró sorpresa. En un movimiento rápido y calculado, interceptó el ataque del hombre, atrapando su muñeca y torciéndola con una fuerza brutal. Un crujido seco resonó en el aire cuando la muñeca del mafioso se rompió, haciendo que el cuchillo cayera al suelo con un chasquido metálico.
El hombre gritó de dolor, cayendo de rodillas mientras sujetaba su muñeca herida. Alexei no perdió tiempo. Aprovechando la posición vulnerable del hombre, le propinó un rodillazo directo a la cara, sintiendo el crujido de hueso cuando la nariz del mafioso se rompió bajo el impacto. La sangre comenzó a fluir inmediatamente, cubriendo su rostro y tiñendo de rojo su boca.
Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Alexei lo levantó con fuerza y lo estrelló contra la pared de ladrillo detrás de ellos, haciendo que el aire escapara de los pulmones del mafioso en un jadeo doloroso. Lo mantenía firmemente contra la pared, su brazo presionando con fuerza sobre la garganta del tipo.
—¿Dónde está Nina Baranova? —gruñó Alexei, acercándose más, su voz baja y amenazante.
El mafioso, con la cara ensangrentada, esbozó una sonrisa torcida y débil, y luego, con un esfuerzo visible, escupió sangre directamente a la cara de Alexei. El ruso se rió entre dientes, un sonido ahogado por el dolor.
—En cuanto la encuentre, no dudaré en matarla —dijo con odio—. Esa perra traicionera morirá primero.
La furia de Alexei se encendió. Con un gruñido de rabia, lo empujó al suelo con fuerza. El tipo cayó sobre su brazo roto, soltando otro grito de dolor. Sin dudarlo, Alexei se lanzó sobre él, agarrando su brazo sano y torciéndolo con precisión, usando una técnica letal que lo inmovilizó. El crujido de huesos rotos resonó en el callejón mientras Alexei le rompía el brazo en varios puntos. Los gritos desesperados del mafioso se elevaron, pero Alexei no se detuvo.
Se subió sobre el cuerpo del hombre, sujetándolo firmemente con sus piernas para inmovilizarlo por completo. Le agarró el cabello ensangrentado y le levantó la cabeza, golpeando su rostro contra el suelo sucio del callejón. La sangre manchó el pavimento, pero Alexei no aflojó su agarre.
—Te lo repito nuevamente —murmuró, su voz gélida y controlada—. ¿Qué sabes de ella?
El hombre jadeaba, escupiendo más sangre y tratando de recuperar el aliento. Sus ojos estaban llenos de miedo y dolor, pero aun así, seguía resistiendo.
—No... sé... nada... —balbuceó.
La paciencia de Alexei se agotó. Con fuerza, golpeó la cara del hombre contra el suelo tres veces más, cada impacto resonando como un martillazo. La piel y el hueso se rompían con cada golpe, y el mafioso quedó aturdido, con la sangre brotando más intensamente de sus heridas.
—¿Dónde está? —repitió Alexei, acercándose más a su oído—. No me hagas repetir la pregunta.
El tipo respiraba con dificultad, su resistencia finalmente quebrada.
—La vieron... hace poco... —soltó entre jadeos—. La andaban siguiendo, pero... la perdieron. Solo rumores...
Alexei frunció el ceño. Si la mafia la estaba buscando, entonces la tortura que había presenciado adentro comenzaba a tener más sentido. La información sobre Nina era limitada, y su rastro parecía haberse enfriado, pero algo seguía sin cuadrar.
—¿Dónde fue la última vez que la vieron? —preguntó Alexei, su tono amenazante aún más intenso.
—Cerca... de un puerto, —dijo el mafioso, apenas pudiendo articular las palabras—. A cinco kilómetros de aquí... por la carretera oeste...
Alexei lo miró fijamente, evaluando cada palabra. Sabía que el hombre no tenía motivos para mentirle en este punto. Pero antes de matarlo, algo más lo detuvo. El mafioso, a pesar de su estado, comenzó a reír entre dientes, una risa gutural y extraña.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Alexei, frunciendo el ceño.
El hombre lo miró con ojos llenos de desprecio y una sonrisa torcida, sus dientes ensangrentados.
—Cuando se enteren... de que estás de vuelta... habrá una matanza horrible, —murmuró, su voz apenas audible—. No descansarán hasta encontrarte... y matarte. El jefe te quiere muerto, Volkov. No olvides eso...
El zumbido en la cabeza de Alexei volvió con fuerza, una sensación de desconcierto y de recuerdos fragmentados. Algo en esas palabras activó algo en su mente, pero no lograba descifrarlo por completo. El mafioso sabía quién era él, lo conocía antes de perder la memoria. Había algo que Alexei había hecho, algo que lo había convertido en el objetivo de la mafia.
Sin más vacilación, Alexei cerró sus manos alrededor del cuello del hombre y, con un movimiento rápido y eficiente, lo mató. El cuerpo quedó inerte bajo él, y Alexei se incorporó lentamente, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de la mano.
Justo en ese momento, un ruido al final del pasillo captó su atención. Se giró rápidamente, pero solo alcanzó a ver una figura escurrirse por una esquina y desaparecer en las sombras. Sin perder tiempo, corrió tras ella, sus pies resonando contra el suelo de concreto, pero la persona ya estaba lejos. Maldijo en voz baja, sabiendo que había perdido su oportunidad.
Cuando llegó al final del pasillo, vio algo en el suelo, un pequeño objeto caído. Se inclinó para recogerlo, sus dedos envolviendo lo que parecía ser un colgante de plata. Lo observó por un momento, y una sensación de familiaridad lo invadió. Lo reconoció.
Era de Nina.
Alexei guardó el colgante en su bolsillo, su mente procesando la nueva información. Nina había estado allí, tan cerca, y ahora sabía hacia dónde se dirigía.
El puerto.
Con una mirada final al cuerpo del mafioso, Alexei se dio la vuelta y desapareció en las sombras del callejón, con el recuerdo de las palabras del mafioso y el colgante de Nina ardiendo en su mente.