Amalia intentó mantener la compostura. La conversación con Álvaro había sido demasiado pesada: sus palabras, su seguridad, la forma en que hablaba de poder como si lo controlara todo, la habían dejado con un nudo en la garganta. Quiso salir de la oficina para despejar su mente, pero apenas dio unos pasos, todo se tornó extraño.
El aire se volvió espeso, como si le faltara oxígeno. Las luces parecían brillar con más fuerza, hasta cegarlas, y un zumbido agudo invadió sus oídos. Los pasillos del edificio se distorsionaban como un reflejo en el agua. Amalia intentó apoyarse en la pared, pero sus fuerzas la abandonaron.
Lo último que sintió fue el suelo frío recibiéndola, antes de que todo se apagara en un silencio absoluto.
Cuando abrió los ojos, lo primero que notó fue un olor distinto: limpio, casi estéril. Se incorporó sobresaltada, respirando con dificultad. No estaba en la oficina, ni en el edificio de la universidad. La habitación era moderna, demasiado diferente… blanca, luminosa, con muebles minimalistas.
Buscó con la mirada algún punto de referencia, algo que le confirmara dónde estaba. En la mesa de noche había un teléfono. Lo tomó con manos temblorosas. El diseño era más estilizado, más liviano que el suyo. Encendió la pantalla y se quedó inmóvil.
Un iPhone 14.
El corazón le dio un vuelco.
—No puede ser… —susurró, sintiendo que la garganta se le cerraba.
Revisó con torpeza las notificaciones. Mensajes recientes, contactos distintos, información que no correspondía con lo último que había vivido. Ya no estaba en aquel tiempo, en esos días donde todo con Santiago y Rose parecía devorarlo todo.
Estaba de vuelta. En el presente.
Las lágrimas comenzaron a brotar, no de tristeza ni de alivio, sino de pura confusión. ¿Por qué ocurría? ¿Quién la estaba arrastrando de un tiempo a otro? ¿Cuál era el límite entre la realidad y lo que recordaba?
—Tranquila… —una voz firme, aunque cargada de tensión, la hizo girar.
Álvaro estaba sentado en una butaca junto a la cama. Su mirada era distinta a la del pasado; no había arrogancia, ni frialdad. Había preocupación real.
—Te desmayaste —explicó, sin apartar los ojos de ella—. No sabías dónde estabas, así que te traje aquí. No podía dejarte sola.
Amalia lo observó, incrédula. Ese Álvaro no se parecía al del pasado. La idea de que él hubiese sido quien la socorrió le resultaba difícil de aceptar, pero ahí estaba, frente a ella, esperando que recuperara fuerzas.
—Yo… no entiendo nada… —murmuró, llevándose la mano a la frente.
Álvaro hizo una pausa, respirando hondo antes de hablar.
—Los médicos me dijeron algo. No quise ser yo quien lo supiera primero, pero tienes derecho a conocerlo.
Amalia lo miró, sintiendo que el pecho se le comprimía.
—¿Qué cosa?
—Estás embarazada.
La palabra retumbó en la habitación como un trueno.
Amalia se quedó paralizada, con los ojos fijos en él.
—¿Qué… qué has dicho?
—Apenas un par de meses —continuó Álvaro, con voz más baja, como si temiera herirla—. Es reciente. Quizás no lo notaste por el estrés, por todo lo que has vivido… pero es real.
Ella llevó una mano temblorosa a su vientre. La sensación era irreal. No había señales claras, nada que la hubiera hecho sospechar. Y sin embargo, la verdad estaba allí, instalada como un peso invisible que lo cambiaba todo.
Un pensamiento se clavó en su mente con una fuerza insoportable:
¿De quién?
El pasado y el presente se entremezclaban en su memoria. Su vida parecía una sucesión de piezas desordenadas, sin un orden claro, y ahora ese embarazo lo complicaba aún más.
—No… no puede ser… —susurró, con la voz quebrada.
El silencio de Álvaro solo lo confirmó. Él no estaba ahí para juzgar, solo para acompañarla, pero eso la asfixiaba aún más.
Entonces, un golpe seco en la puerta interrumpió todo.
Amalia giró bruscamente y lo vio. Santiago estaba en el umbral, inmóvil, con la mirada fija en ella. Sus ojos brillaban con un fuego oscuro, cargado de sospecha y rabia contenida.
—¿Qué significa esto? —preguntó con voz grave, cada palabra cargada de veneno.
Amalia abrió los labios, pero no pudo articular palabra. La sensación de vulnerabilidad la paralizaba.
Álvaro se incorporó lentamente de la butaca, enfrentando a Santiago con un aire calculado.
—Llegas justo a tiempo. Creo que deberíamos hablar.
Santiago lo miró con una mezcla de furia y desdén, pero luego sus ojos volvieron a clavarse en Amalia. Ella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
El secreto que apenas había descubierto estaba a punto de explotar frente a los dos hombres que podían destruirlo todo.
Amalia aún no lograba asimilarlo. La palabra embarazo seguía flotando en su cabeza como un eco imposible de detener. Tenía la mirada fija en el suelo, las manos temblorosas sobre las sábanas, sin atreverse a levantar los ojos hacia ninguno de los dos hombres presentes.
El silencio en la habitación era pesado, tan denso que el sonido de su respiración entrecortada parecía llenar todo el espacio.
Entonces, Santiago dio un paso dentro. Sus ojos no se apartaban de ella. No había gritos, no había insultos, solo una intensidad peligrosa, un fuego contenido en su mirada que la hizo estremecer.
—¿Cómo… ha pasado eso? —su voz era grave, casi un susurro, pero lo suficientemente clara para que tanto Amalia como Álvaro entendieran el peso de la pregunta.
Amalia quiso responder, pero su garganta se cerró. Apenas logró balbucear un “yo… no sé…”. La verdad era que ni siquiera ella podía explicarlo. El tiempo, los recuerdos, las dudas… todo se mezclaba como piezas rotas de un rompecabezas imposible.
Álvaro se adelantó un poco, como si quisiera interponerse, pero se detuvo. El aire estaba cargado, cualquier palabra de más podía encender una chispa que lo arruinara todo.
La tensión apenas duró unos segundos más antes de que la puerta se abriera de golpe. Un hombre entró con paso firme: el médico que había estado revisando a Amalia. Su rostro reflejaba molestia al ver a los dos hombres discutiendo con miradas y silencios sobrecargados.
—Señores —dijo con tono autoritario, levantando la mano—, necesito que abandonen la habitación ahora mismo.
—Doctor… —intentó replicar Santiago.
—No hay peros —lo cortó de inmediato—. La paciente está en un estado delicado, necesita tranquilidad, no un interrogatorio.
Álvaro permaneció en silencio, pero la forma en que apretaba la mandíbula demostraba que tampoco estaba conforme. Sin embargo, dio un paso hacia atrás, como aceptando la instrucción.
Santiago no se movió al principio. Sus ojos siguieron fijos en Amalia, como si buscara una respuesta en su silencio, una confesión que ella no podía darle. Finalmente, respiró hondo y dio media vuelta, saliendo sin pronunciar otra palabra.
Álvaro lo siguió de cerca, aunque antes de cruzar la puerta giró para mirar a Amalia una última vez, con una mezcla de preocupación y algo más que ella no alcanzó a descifrar.
Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó en un silencio casi absoluto. Amalia se llevó las manos al rostro y dejó escapar un suspiro tembloroso. El eco de la pregunta de Santiago seguía persiguiéndola:
"¿Cómo ha pasado eso?"
No tenía respuesta. Y lo peor era que, en el fondo, temía que nadie más pudiera dársela.