Freya empujó la puerta de su oficina sin decir nada. Penny la miró por encima de la pantalla, lista para preguntar, pero al ver la expresión de su jefa, solo dijo: —¿Café? Freya asintió. —Fuerte. n***o. Y en silencio. Se metió a su escritorio como una tormenta. Soltó la carpeta sobre la mesa, abrió su laptop y se dejó caer en la silla. No con frustración. Con enfoque. Abrió el documento. Lo miró. Y por primera vez no se sintió ofendida por los tachones de Alexander. Se sintió impulsada. —No lo voy a copiar —murmuró para sí—. Voy a hacer algo mejor. El teclado empezó a sonar. Como una máquina en plena marcha. Sus dedos bailaban entre párrafos y subtítulos, cambiando el enfoque, reordenando las ideas. Alexander había quitado el drama. Ahora Freya lo estaba reemplazando co

