El rostro de Andrómeda estaba rojo cómo el carmesí y las pequeñas pecas resaltaban haciendo la ver más infantil, sus labios temblorosos y resecos eran humedecidos constantemente por su lengua para apaciguar el nervio que sentía en esos momentos. Frente a ella se encontraba el hombre por el cual había dado todo, fue el hombre que amo desde el primer momento que lo conoció. Fue a él a quien ella entregó de manera irresponsable su cuerpo sin importarle que él estuviera comprometido con otra mujer la cual en su momento la ridiculizó y humilló delante de todos los compañeros de la universidad convirtiéndola en el flanco de batalla. Ahí estaba el ser qué ella amaba pero también despreciaba porque por causa de él ella perdió a un ser muy querido, su propio hijo. - ¡No seas ridículo!- le g

