El eco del Sello Mayor siguió retumbando toda la noche. No era un sonido. Era una advertencia. Aria no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presencia de esa “otra puerta” en algún lugar del mundo, vibrando al mismo ritmo que la suya. Como dos corazones tratando de sincronizarse. Elías se quedó cerca, sentado contra la pared, fingiendo que vigilaba. Pero en realidad la vigilaba a ella. —Si duele —dijo en voz baja—, decime. Ella negó. —No duele. Me preocupa que no duela. Silencio. El tipo de silencio que pesa. Más tarde, Damián se acercó con una manta sobre el hombro. No miró a Elías. No necesitaba hacerlo para sentir que él ya lo estaba mirando. —Te vas a resfriar —dijo, extendiendo la manta. Aria sonrió apenas. —Gracias. Cuando sus dedos rozaron los de ella,

