Capítulo 3

1232 Palabras
Mira todos mis movimientos y nuestros ojos se conectan cuando alzo la mirada para ver su reacción. El deseo intenso que proyecta en los suyos, solo me caliente y me incitan a darle eso que ella quiere, y que yo quiero darle. Luce tan frágil y, al mismo tiempo, tan ardiente, seductora y maliciosa con esos bonitos ojos que tiene. Luce tan caliente como el infierno teniéndola con las piernas abiertas solo para mí. Entonces llego a mi objetivo. Mi pulgar le presiona el clítoris de manera lenta. Tan lenta que le vuelve a erizar la piel y la hacer soltar un suspiro largo y de absoluto placer. La humedad aumenta entre sus piernas. Sus caderas se alzan es desesperación, buscando más de ese toque. Y sé que no aguanta más, en el momento que la escucho decir: —¡Fóllame ya! —pide, con la respiración hecha un desastre y casi en un lloriqueo. Así que no demoro más. Mi boca se cierra alrededor de su v*gina, y un lloriqueo —mitad gemido— cargado de placer, escapa de su garganta. —Sigue. —La escucho decir, con la voz ahogada por las emociones. —Mi lengua se pasea por toda su feminidad, se introduce en ella; lamo, chupo y acaricio su punto más sensible también. El sabor es exquisito, no puedo evitar tocarme al mismo tiempo que le doy placer. Así lo hago durante varios instantes más, causando sensaciones intensas por todo su cuerpo, al igual que el mío. Mi boca queda completamente empapada por sus fluidos. Mis labios se presionan contra sus pliegues húmedos y la observo desde ahí; desde esa posición dirijo mi mirada hacia ella. Tiene los ojos cerrados y no deja de gemir. Mis brazos pasan por debajo de sus muslos y la rodeo, de tal forma que puedo sostenerla sobre su sitio evitando que haga movimientos bruscos. Mi lengua se sigue moviendo con agilidad sobre su punto sensible, en ese preciso momento sus dedos se enredan en las hembras oscuras de mi cabello y tira suavemente de ellas cuando aumento el ritmo de mi caricia. Su cabeza se echa hacia atrás y cuando hace el intento de cerrar las piernas, mis manos se posan sobre estas, obligándola a abrirlas. —Demian... —Mi nombre escapa de sus labios, entre mi respiración agitada y ruidosa. Entonces, ocurre... Un gemido excesivamente alto abandona su boca. Las piernas le empiezan a temblar, sus manos se aferran con más fuerza sobre las hebras de mi cabello y un chorro largo me moja tanto la cara como el pecho. Me hago un lado cuando eso ocurre, y una sonrisa victoriosa es esbozada por mí. Solo me alejo de ella para hacerla acomodar sobre la cama —a pesar de que aún tiene las secuelas del orgasmo sobre su cuerpo— para ponerla de espalda, con las manos y rodillas sobre el colchón y todo su culo a mi disposición. Sin perder más tiempo y sin dejarla que procese alguna cosa, coloco la punta de mi m*****o en su entrada, el cual se encuentra hinchado y palpitando, y me introduzco en ella de un golpe. Un jadeo alto se le escapa, y a pesar de que he sido muy brusco, no me detengo de comenzar a moverme de la misma forma; puedo sentir cómo me rodea y aprieta por completo. Mi hombría resbala con facilidad dentro de ella, debido a los fluidos de ambos. —Mmm... Estás tan mojada —murmuro, con la voz enronquecida. Lo hago fuerte y profundo. La penetro de tal forma que no permito que deje de gemir. Incluso, cuando cambio el ritmo a uno más rápido, donde sus nalgas empiezan a golpear y hacer ruido contra mi vientre, me dan ganas de gemir también a mí, pero lo único que logra salir de mi garganta son jadeos bajos. Mis manos se dirigen a su cabello y tiro de este para seguirla embistiendo con rapidez. Una fina capa de sudor me cubre el cuerpo, mi respiración se vuelve tan ruidosa, por lo agitado que estoy, que pareciera que estoy gimiendo. Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas y hace ruido detrás de mis orejas. La fricción constante de su interior con mi m*****o, me hace cerrar los ojos. Provoca que un escalofrío me recorra entera y que se me haga un nuevo en el vientre en cuanto la penetro con más fuerza y ella gime delante mío. Estoy cerca. Demasiado cerca de terminar. El alivio que me recorre al saber que al fin pasará, es casi tan ridículo que quiero echarme a reír. —¿Dónde lo quieres? —le pregunto, refiriéndome a mi s*men. —En mis tetas —responde—. Ahí lo quiero. Cuando siento que no aguanto más, salgo de ella. Elisa enseguida baja de la cama y se arrodilla frente a mí mostrándome sus tetas grandes y redondas. Las sostiene con ambas manos, y tan solo ver la cara de malicia que esboza, me hace terminar de golpe. Le chorreo todo e, incluso, unos cuantos chorros le saltan a la cara y ella se pasa la yema de sus dedos para tomarlos y llevárselos a la boca. Tan sólo ver esa acción atrevida, me hace sonreír y las ganas que tengo de ahora colocarla encima mío se vuelven exigentes, casi difíciles de controlar. —Necesito irme —aviso, al tiempo que empiezo a recoger mi ropa del suelo y la acomodo en una silla de la habitación, para colocarmela después. Acto seguido, guío mi camino hasta el baño para darme una ducha rápido. —¿A dónde vas? —Recordé que debo entrenar por la tarde. El sábado hay un partido importante, y no puedo perder. Mentira no es. Elisa sonríe y acorta la poca distancia que nos separa. Se coloca de cuclillas y deposita un beso casto sobre mis labios. —Lo harás excelente, amor —dice—. Sé que ganarás como siempre. —Recuerda tomar las pastillas —inquiero, refiriéndome a las anticonceptivas que suele tomar cada veintiún días. Siempre se lo estoy mencionando, tomando en cuenta que en nuestros encuentros no usamos preservativos, solo cuando vamos a estar con otras personas. El otro tema del acuerdo, ya que es una relación abierta, tenemos que hacernos chequeos para verificar que todo está en orden. Elisa asiente. —Soy muy juiciosa a la hora de tomarlas —asegura. Sin decirle nada más —y solo dedicarle una sonrisa que me sale forzada, no sé por qué— me dirijo al baño; una vez dentro del cubículo, abro la llave. El agua fría me cae sobre la espalda y hace que mis músculos se relajen enseguida. Al menos aquí mis pensamientos son más amenos y menos tortuosos que hace unos instantes. La verdad, es que llevo sintiéndome extraño entorno inconforme desde antes de estar con Elisa; sólo que en aquel momento era menos la sensación, pasajera, y no le daba mucha importancia. Ahora se ha vuelto más frustrante y constante, lo cual me hace estar así de incómodo. Ignorando todo eso, y tratando de darle algo de paz a mi cabeza, me doy una ducha rápido y me dispongo a salir para tomar mi ropa —que debe estar por algún lugar de la habitación de Elisa—, para salir de aquí cuanto antes e ir a mi apartamento.
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