—Eso es, puta —gruñó papá mientras me penetraba por detrás tras inclinarme sobre la mesa del comedor. A través de la puerta batiente que conectaba esta habitación con la cocina, podía oír a mi madre tarareando mientras preparaba el desayuno, ajena a las perversiones que su marido, mi padre predicador, cometía contra mi cuerpo de dieciocho años. —Papi —chillé, arqueándome hacia atrás ante sus embestidas—. ¿Qué estás haciendo? Cuando puse la mesa para el desayuno, no me esperaba que papá se acercara por detrás, me subiera la falda, me bajara las bragas y me doblara sobre la mesa antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando. Y entonces su polla se clavó en mi coño. Y esa excitación ardiente, maravillosa y húmeda me recorrió a pesar de que mi madre estaba en la habitación de a

