Gimió, con los ojos muy abiertos, mientras su chaqueta crujía. Movía las caderas, deslizando su pene dentro y fuera de mi boca. Se hundía más, rozando el fondo de mi garganta antes de retroceder hasta que solo quedaba la punta. Lo succioné con fuerza todo el tiempo, complaciéndolo, deleitándome con el placer s****l de chupar el pene de un hombre casado.
De ser una puta como Donna.
—Jesús —gimió—. ¡Qué boca tan caliente! Joder, sí que sabes chupar pollas. Oh, no tenía ni idea. ¿Tu madre chupa pollas así? —Se rió entre dientes—. Dudo que ese culo apretado haga algo más que estar tumbado como un pez muerto debajo de tu padre. No me extraña que se buscara otra zorra.
Me reí entre dientes mientras me frotaba el coño a través de las bragas. Si mi padre tenía que buscar a otras mujeres para satisfacerse porque mi madre era una mojigata, ¿qué decía eso de la destreza del diácono Bill?
Mis dedos rozaron mi clítoris, masajeando el botón duro. Pronto descubrí que era mi lugar favorito para tocar. Presioné el algodón contra él, saboreando la sensación de la tela en mi coño sensible mientras él me follaba la boca con su polla. Era tan perverso.
Me encantó.
Me retorcía mientras me frotaba el clítoris. Lo acariciaba en círculos lentos, succionando con tanta fuerza que la saliva me corría por la barbilla. Era una zorra. Una puta. Tenía la polla de un hombre casado en la boca. Mi coño virgen se contrajo, la presión aumentando en sus profundidades.
Y entonces mi orgasmo me recorrió por completo.
Me estremecí, cerré los ojos con fuerza y gemí sobre su enorme pene mientras las maravillosas oleadas inundaban mi cuerpo pecaminoso. Me froté el clítoris con fuerza y acaricié su pene con rapidez mientras el placer burbujeaba en mi mente.
Fue maravilloso.
Fue tan cruel de mi padre intentar asustarme con la condenación para impedirme disfrutar de esta dicha. Fue cruel de mi madre susurrarme al oído que tocarme haría llorar al niño Jesús y me dejaría ciega. Esto era maravilloso. Asombroso.
—Mierda.— maldijo el diácono Bill. —Puta descarada. Acabas de correrte. Joder, tienes un coño caliente. Ojalá tuviera tiempo de ponerte a horcajadas sobre mi escritorio y follarte ese agujero tan caliente. ¡Joder, joder, joder!—
La última eyaculación estalló en su boca mientras su pene se introducía en la mía. Abrí los ojos de par en par, sorprendida por el chorro de su semen salado que me salpicó la boca. Era cremoso y caliente, y el sabor era perverso. Otro escalofrío, un mini orgasmo, me recorrió al tragar la primera descarga.
Seguido de un segundo y un tercero.
Se deslizó por mi garganta. Gemí, saboreando la maldad que sentía. Era tan traviesa. Una zorra. Era maravilloso. Me estremecí, engullendo todo lo que pude. Mi boca se separó de su pene, mi lengua girando alrededor de mis labios.
—Mierda —gruñó, y rápidamente volvió a meter su polla—. Mierda, tienes que limpiarte. Ve al baño. Tienes semen y saliva chorreando por tu boca. —Negó con la cabeza, con arrepentimiento en el rostro—. Y no le digas ni una palabra de esto a nadie, puta.
—No lo haré —prometí. Saqué los dedos de debajo de mi falda. Estaban cubiertos de mis fluidos. Con un aire travieso, los lamí, preguntándome a qué sabrían.
Maravilloso. Ácido con un toque de sal. Me estremecí cuando gimió de nuevo, murmurando algo sobre que yo era una puta. Me levanté y salí con paso despreocupado, moviendo las caderas con un sensual vaivén que esperaba que apreciara.
Recorrí el pasillo de la oficina y entré al pequeño baño. Cerré la puerta con llave y me miré en el espejo. Mi rostro inocente estaba sonrojado, el sudor brillaba en mi frente y la saliva y el semen blanco goteaban por mi barbilla.
Observé tanto a la virginal como a la prostituta. Sonreí, adorando los labios, y parpadeé con mis ojos azules frente al espejo mientras posaba.
Me lavé y me retoqué el pintalabios con el tubo que llevaba en el bolso. Luego salí del baño con paso tranquilo y me crucé con el diácono Bill en el pasillo. No me miró, sino que se apresuró hacia el auditorio. Lo seguí con paso despreocupado.
—Aquí estás —dijo mi madre cuando entré en la sala de culto. Otros feligreses entraban, tomando asiento en los bancos, algunos mirando los folletos impresos en papel azul que mi madre y Donna habían repartido. —¿Qué estabas haciendo?
—Hablé con el diácono Bill sobre la próxima iniciativa de ayuda a las personas sin hogar— sonreí.
—Qué amable de tu parte —dijo sonriendo. Mi madre era una mujer hermosa con su vestido de cuello alto y sin mangas. Era de un corte similar al mío, solo que el suyo era rosa salmón. Su cabello rubio estaba corto y peinado igual que el de la Primera Dama. Mi madre pensaba que Jackie Kennedy era una mujer refinada y elegante, el modelo perfecto de cómo vestir y comportarse.
Me incliné y le di un beso rápido en la mejilla. Casi me río. Acababa de practicar sexo oral con esos labios y ahora besaba la mejilla de mi madre con ellos. Ella jamás practicaría sexo oral. Jamás descubriría los placeres que yo había aprendido.
Tenía un secreto que me hacía sentir mucho más mujer que mi madre, a pesar de que ella me doblaba la edad.
Charlábamos y cotilleábamos, yo con mis amigas, ninguna consciente de mi despertar s****l. Creían que aún era pura, inocente. Fingía sonreír, como la hija del buen pastor, aunque mis bragas seguían mojadas por mis travesuras. Disfrutaba del momento mientras me sentaba en la primera fila junto a mi madre.
El coro cantó, se rezaron oraciones y se repartió la comunión. Sentí un cosquilleo travieso mientras comía la galleta y bebía el jugo de uva; no usábamos vino como los católicos. Y entonces mi padre subió al púlpito y pronunció su sermón.
«El matrimonio es honorable en todos, y el lecho conyugal puro; pero a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios», bramó mi padre, con el rostro duro y apuesto. Sus fuertes manos sujetaban el borde mientras vestía sus vestiduras negras, con el cuello almidonado blanco alrededor de su garganta. «Hebreos 13:4». Miró a la multitud. «Incluso en esta sala, los pecados de la carne se infiltran. Debemos estar vigilantes contra ellos, mantenernos puros a los votos que hicimos ante Dios, a nuestro compromiso con él. Porque el matrimonio…»
Sonreí mientras escuchaba. Era un hipócrita, criticando el mismo acto que él mismo había realizado en esa iglesia. Miré a mi izquierda, donde Donna, la pelirroja, estaba sentada junto a su marido, asintiendo con la cabeza y mostrándose de acuerdo con todo lo que decía.
¿Se imaginaba cómo sería cometer adulterio con mi padre? ¿Tenía el coño mojado, jugoso y deseando su polla?
Puta.
Me lamí los labios, saboreando el gusto del semen de su marido mientras me volvía y asentía al sermón de mi padre. Era un hombre tan sexy. Tanta pasión en su voz, en su rostro. La misma pasión con la que se follaba a la puta.
Y a mi madre no le gustó nada.
Después del sermón de mi padre, que me dejó con ganas de más, me hizo pasar la bandeja de la colecta. Mi madre me deslizó un billete nuevo de 5 dólares para que lo echara. Nunca lo entendí. El sueldo de mi padre se pagaba con el diezmo. Entonces mi madre me dio 5 dólares para que los depositara en la bandeja.
Un ciclo sin fin.
Mientras esperaba el plato, deslicé la nota que había escrito antes dentro del billete de 5 dólares doblado y me estremecí al dejarlo caer en el plato de latón forrado de terciopelo rojo, junto con los billetes, cheques y monedas. Se lo pasé a mi madre, quien depositó un cheque. Los ujieres lo recogieron y lo llevaron a la tesorería.
Entonces mi nota sería descubierta.
Un cosquilleo ardiente me recorrió el cuerpo al terminar la misa. Soporté la charla interminable de mis amigos, con la piel ardiendo. Mi madre se fue a organizar el almuerzo posterior al servicio mientras yo me quedaba, prometiendo ordenar el auditorio mientras mi padre cumplía con sus obligaciones.