El templo se alzaba ante nosotros con una majestuosidad que desafiaba el tiempo. Sus columnas de piedra estaban cubiertas de grabados que narraban historias olvidadas, mientras que las paredes, brillantes como el diamante, reflejaban la luz de la luna que se colaba a través de las grietas. Ese era el epicentro de la magia, el lugar donde todo poder del mundo germinaba y encontraba su esencia. A medida que nos acercábamos, podía sentir cómo la energía vibrante del lugar resonaba en cada fibra de mi ser. Al llegar a la puerta, tan grande como un castillo, sentí un escalofrío recorrerme. Aster, a mi lado, apretó mi mano con fuerza, como si supiera lo que iba a suceder. Al cruzar ese umbral, los pasillos oscuros parecían cobrar vida, brillando con un gran resplandor. La atmósfera estaba carga

