Cuando la luz del sol empezaba a filtrarse entre las ramas de los cerezos, llenando el mundo de un suave tono rosado, me sentía aliviada en nuestro pequeño refugio, ese rincón especial donde tantas veces había compartido risas y lágrimas con Aster. La pequeña colina bajo el árbol, cubierta de pétalos caídos y suaves hojas, nos otorgaba un momento de paz en medio del torbellino que azotaba mi vida. Ese día, cuando mi amado llegó y me abrazó con ternura, mi corazón latió más rápido. —¿Qué ocurre, mi querida Padma, qué es eso que te agobia? —preguntó él, mientras sus labios tocaban suavemente mi frente. Sentí como si el peso del mundo se deslizara un poco de mis hombros, pero la preocupación seguía presente. Después de un instante de silencio, comencé a hablarle sobre Nilu y Shanhaz, la com

